D.R.

Grandes viajeros: Jules Verne

El escritor de aventuras francés habitó en Nantes, en París y en Amiens. Aunque sus periplos jamás fueron de veinte mil leguas, visitó una veintena de países y se propuso retratar la totalidad del planeta como una novela, “pero el mundo es muy grande y la vida muy corta. Para completar una obra así, tendría que vivir cien años y, entre nosotros, ¡eso es realmente difícil!”.

"Cuando más lejos se llega es cuando no se sabe adónde se va"

Vocación marinera y espíritu de aventura

Nunca fue un Phileas Fogg, ni un capitán Hatteras ni un Miguel Strogoff. No dio la vuelta al mundo ni llegó al Polo Norte, tampoco atravesó Siberia ni cruzó África en globo. Aun con todo, Jules Verne (1828-1905) era un alma aventurera: “¡La necesidad de navegar me devora!”. Tenía progenie naviera por parte materna: “No consigo imaginar nada más ideal que la vida de un marinero”. Se crió en una isla; una isla del Loira, pero isla, en definitiva. Jugaba a ser un Robinson y soñaba con timonear las goletas atracadas en el puerto de Nantes. Aspiración que encallaba con los planes de su padre: estudiar Derecho y heredar el bufete familiar. Su carrera siguió otros derroteros, sin embargo: “No sería más que un mal abogado, y puedo ser un buen literato”. 

Con las ganancias de sus libros se compró un barquito y le llamó Saint Michel, como a su hijo. “He recorrido el golfo de Vizcaya, el Báltico, el Mar del Norte, el Mediterráneo. Con una simple chalupa primero, luego con un sloop, después con un velero a vapor...”. Gabinetes de trabajo flotantes con los que fondeó en Vigo, Lisboa, Cádiz, Gibraltar, Tánger, Orán... “Soy un aficionado apasionado de los viajes...”. Hamburgo, Róterdam, Italia, Noruega, las Hébridas... “Pero con la edad me llegó un fuerte amor por la paz y la quietud y ahora solo viajo con la imaginación”.

Viajes y singladuras para la fantasía

“Me he dedicado a la navegación por puro placer, pero siempre con el objetivo de conseguir información para mis libros”. Aunque podía pasarse más de quince horas trabajando en su despacho –a ritmo de dos y tres novelas por año–, Jules Verne escribió buena parte de sus Viajes extraordinarios a barlovento, sirviéndose de notas, recuerdos e ideas sobrevenidas en alguna singladura. Su travesía en paquebote hacia Estados Unidos o un crucero por la ría de Vigo fueron materia prima para la fantasía. El texto a continuación pertenece a un fragmento de Viaje a contrapelo por Inglaterra y Escocia (editorial Nórdica), inspirado en la primera salida que el autor hizo al extranjero, en 1859.

"El domingo no se come en Edimburgo, ni en Escocia"

Ese domingo en Escocia las calles estaban más tristes, más abandonadas que nunca, y las tiendas, puritanamente cerradas sin excepción; apenas osaba algún impío transeúnte hollar el solitario pavimento; cualquier idea, cualquier acción parecía sepultada en el solemne hastío del protestantismo, viento seco y árido, cuyo soplo marchita la mente y el corazón. Aquello dejaba en el espíritu una triste impresión de los domingos de Edimburgo. 

Calton Hill es una colina poco elevada, sobre la cual la edilidad edimburguesa ha erigido diversos monumentos; siguiendo la costumbre, todos ellos imitan a algún monumento de la antigüedad. Así, en los primeros peldaños de su escalera, el monumento de Dugah-Stewart reproduce la linterna de Demóstenes; más arriba, el Observatorio está construido sobre el modelo del Templo de los Vientos en Atenas. En la cumbre se eleva hasta una apreciable altura el monumento a Nelson, coronado por una señal para los navíos que surcan el Forth: se trata de una torre con una forma deplorable, que ofende a la vista con su ingrato perfil.

Junto a ella se yerguen las doce columnas corintias del pórtico de un templo inconcluso; es el Monumento Nacional de Escocia; en un arranque de patriotismo, tras la batalla de Waterloo, y para perpetuar su memoria, fue votado por aclamación; pero pronto llegaron a faltar los fondos, y de aquel proyecto solo queda una ruina moderna; iba a ser la reproducción exacta del Partenón, la obra maestra de la arquitectura antigua. Por lo demás, ese pórtico incompleto tiene un bonito efecto sobre esa colina. Hay que decir que si todos esos monumentos, con su mala ejecución y sus horrendos detalles, aislados carecen de gracia y de estilo, en conjunto se complementan, y resultan bien en el paisaje. Es preferible esa pretensión de recordar otra cosa a la de no parecerse a nada, como tantos monumentos en Francia.

El panorama es muy hermoso desde la terraza de Calton Hill; ahí es donde la elegante sociedad de la villa saca su hastío a pasear cada vez que una fiesta o un domingo no les obliga a consumirlo a domicilio. Jacques y Jonathan estuvieron por lo tanto solos, y contemplaron en silencio el mar del Norte y las costas circundantes.

–¿Dónde almorzaremos? –no tardó en preguntar Jacques.

–Como siempre, ¡en nuestra taberna de High Street!

–Bien por la taberna; bajemos.

Pasaron frente a la Escuela Superior, vasto templo greco-egipcio con aires de haber llegado de Atenas con dedicatoria de Teseo; bordearon la prisión, y por el puente del Norte, que domina el mercado de frutas y verduras, y la General Railway Station alcanzaron su anhelada taberna. Pero nada de almuerzo, la puerta estaba cerrada; llamaron, y nada. El domingo no se come en Edimburgo, ni en toda Escocia; cocineros y vendedores están en la prédica o en el oficio. Los parisinos ignoraban sin duda esa particularidad; regresaron, pues, al hotel Lambert, cayéndose de inanición.

–Es una exageración –dijo Jacques–. ¿Es que los domingos solo tienen alma?

Por fin, en el hotel, pudieron almorzar copiosamente, y hasta demasiado copiosamente, pues dos pintas de esa copiosa ale de Escocia, de la que no receló lo suficiente, a punto estuvieron de enfermar seriamente a Jacques; tuvo que tomarse una hora de reposo, y se despertó con una fuerte jaqueca. En ese estado fue como Jonathan le llevó a encontrarse con mister B..., junto a la estatua de William Pitt.

El principal objetivo de esta nueva excursión era una visita al castillo de Edimburgo atravesando los jardines de Princes Street.

Tags:julio verne,grandes viajeros

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