Yakarta y el árbol de la vida, por Luis Pancorbo

En el teatro de las sombras de Yakarta, la marioneta del árbol de la vida, el “kayon”, separa los mundos contrapuestos.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Como ciudad aquejada de elefantiasis –ya ha superado los diez millones de habitantes– Yakarta no suele consolar al viajero desprevenido. Rascacielos, centros comerciales, un tráfico infernal, todo eso arrasa. ¿Qué pinta uno ahí? Indonesia tiene dieciocho mil islas. Si es verdad que cada cual tiene una estrella en el cielo, uno podrá encontrar en los mares de la Sonda su isla especial, o su peña, o su banco de arena. Supongamos que hay que estar en Yakarta más tiempo que el de una escala. No conviene atrincherarse en un hotel donde se reproducen los mismos esquemas que en medio mundo. Yakarta es también Batavia, lo que queda de la antigua capital holandesa. Un milagro de resistencia de los materiales con epicentro en la Plaza Fatahillah, un lugar que a uno le recuerda Malaca y otros pocos lugares del sur de Asia que se han librado de la piqueta. En Fatahillah hay un café, el Batavia, al estilo del viejo Raffles de Singapur, y un edificio colonial lleno de recuerdos holandeses, y el gran museo nacional de marionetas. No lejos de ahí se encuentra el taller de marionetistas de la calle Kibesar Timur. Allí trabaja, como sus padres y sus abuelos, el joven Ki Edan Aldy Sanjaya. Él es también un dalang, un maestro del wayang, o teatro de sombras.  

Aldy construye las marionetas con las que representa mil historias. Son unas figuras planas, hechas en cuero de búfalo, y sus brazos y piernas se mueven mediante varillas de cuerno. Esas marionetas sin corpulencia atrapan la luz y proyectan sombras. Como imágenes de un cine que se echa en una pared como un sueño a punto de deshacerse cuando estamos despertando.

Me fijo en una marioneta distinta a las demás. Es el árbol de la vida, o kayon, la que abre el espectáculo, la que da paso a los actos, la que separa mundos contrapuestos y anuncia tensiones dentro del drama. El kayon tiene una forma cónica, como una punta de lanza o una llama, y está teñida de colores vivos como el oro y el añil. De sus dos caras, la más brillante es un paraíso abigarrado, como todo lo javanés, lleno de flores y de animales que se suponen benignos, como Garuda, que al nacer era un infierno todopoderoso y luego aceptó reducirse hasta ser un imbatible pájaro humanoide.

Pero un ligero giro de muñeca y la marioneta del árbol se convierte en un decidido averno, un lugar desaconsejable, aunque tan cercano al cielo que es simplemente su otra cara. No siendo nunca un infierno occidental sino el que está regido por Kala, el tiempo. No es entonces un árbol del bien y del mal, sino una marioneta que organiza el mundo y da paso, por ejemplo, al dios Rama (Visnú) y a su esposa, Sinta (Sita). Siendo ambos dioses, tienen un problema eterno. Sinta se encapricha de un ciervo dorado en el bosque. Y empieza el error. Ese ciervo es el reclamo del demonio Rávana, el que, avivando el deseo de Sita, logra poner en marcha el mecanismo de la lujuria, de la contradicción. Por eso Ravana puede secuestrar a Sita y llevársela a su reino de Lanka. Es el Ramayana, aunque sea contado con las sombras. Al final, Sita no cae en la tentación, ni siquiera estando secuestrada por el demonio. El dios Rama puede respirar tranquilo.

Aldy, el marionetista, ha estado en medio mundo con sus marionetas. Pone los ojos en blanco al recordar su visita al Puerto de Santa María. Para ver cómo funciona la sombra de un árbol de la vida usa la linterna de su móvil. Y en la pared aparece el cielo como pespunteado desde el infierno.