Viajero o turista

Chesterton decía que el viajero ve lo que ve, mientras que el turista ve lo que ha venido a ver.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Hay una extraña tendencia dando vueltas por ahí según la cual ser viajero es un rasgo de nobleza vital, en tanto que ser turista posee connotaciones de vulgaridad. A mí me preguntan a menudo en entrevistas de prensa cuál es la diferencia que hay entre ambas opciones cuando una se carga la mochila a la espalda o saca del armario la maleta con ruedas; y, con franqueza, es una cuestión que me resulta algo molesta. Suelo responder con evasivas e, incluso, a veces, con cierto malhumor: “¿Y qué tiene de malo ser turista?”. Una vez se me ocurrió decir que el viajero no saca billete de vuelta y que esa es la diferencia con el turista, que sí lo tiene comprado. Y me lo han repetido más de una vez. Lo malo es que es mentira: el viajero parte, en la mayor parte de las ocasiones, con billete de vuelta. Y lo que debe de procurar es no perderlo o evitar que se lo roben.

¿Por qué el descrédito del turista? Creo que el asunto reside en la masificación, en el desarrollo de los medios de comunicación, en la escasez de tiempo y en el rechazo a la improvisación. Hoy en día, merced a la baratura de los viajes, desplazarse a otros lugares del mundo se ha puesto al alcance de millones de bolsillos y la mejora de los medios de transporte –se puede llegar a América en unas horas cuando, hasta hace algo más de dos siglos, se tardaban meses– ayuda y mucho en ese proceso de expansión del turismo. Pero esa masificación, curiosamente, ha jugado a favor del descrédito del viaje, pues se considera que resta de carácter aventurero al hecho de irse, ya que la gente se mueve sobre fechas e itinerarios prefijados de antemano y que todo quisque acaba por ir más o menos a los mismos sitios. El tiempo es oro en nuestros días y, ante el hambre viajera de estos tiempos, los grandes operadores de turismo han entendido que concentrar sus programas en pocas jornadas y en un determinado número de visitas es un buen negocio. De ahí surge también uno de los elementos que condicionan a quienes gustan de echarse mundo adelante por los senderos –de agua o de tierra– del planeta: la improvisación. Un viajero de hace un siglo se enfrentaba a multitud de situaciones inesperadas a lo largo de su ruta y ningún recorrido se cumplía entonces como estaba previsto. Era una parte importante de la actividad viajera y, sin duda, contenía una enorme emoción y, por qué no, incluso encanto. Había que estar preparado para lo impensable y con todos los sentidos en alerta permanente. Hoy, sin embargo, se planea casi todo al milímetro, para no dejar nada en manos de la casualidad. Y apenas hay sorpresas. Y es en ese punto en donde puede surgir la diferencia entre turismo y viaje. Chesterton decía que el viajero ve lo que ve, mientras que el turista ve lo que ha venido a ver. En términos parecidos se expresa Theroux, quien afirma que los turistas no saben en dónde han estado mientras que los viajeros no saben adónde están yendo.

La palabra diferencial sería incertidumbre, un concepto que contiene la salsa de la aventura y el picante de la sorpresa. Si no sabemos lo que nos espera al emprender un viaje, más rico en emociones será, sin duda. Y en ese punto, cuando el viaje deja de ser turístico por causa de lo imprevisible, comienza a parecerse al amor y a todo acto creativo: se sabe cómo comienza, pero no se sabe cómo termina.