Verney Lovett Cameron, raza de explorador

El explorador británico fue el primer europeo en cruzar de costa a costa el África ecuatorial, aventurándose en territorios desconocidos bajo las sombras legendarias de Burton, Speke y Livingstone.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: VIAJAR

Fueron Burton y Speke quienes despertaron con sus relatos las aspiraciones aventureras de Verney Lovett Cameron (1844-1894). Seguramente ya soñaba con expandir sus horizontes más allá de la vicaría de su padre cuando veía a los navíos alejarse por el Canal de la Mancha en Dorset. Se alistó en la Royal Navy con 13 años y fue subiendo de rango hasta comandante; estuvo destinado en el Mediterráneo, en el golfo de México y en las Indias Orientales; sirvió en Abisinia y combatió la trata de esclavos en el Este africano. Allí aprendió el idioma suajili y se planteó en serio explorar el continente negro; David Livingstone le sirvió de pretexto: ahora no había que encontrarlo –por aquel entonces, Stanley ya le había saludado–; solamente entregarle provisiones de parte de la Royal Geographical Society.

Cameron partió de Zanzíbar en 1873 y a mitad de camino se enteró de la muerte del doctor; aun así, continuó adelante con la expedición: recuperó los diarios de Livingstone y siguió la cuenca del Congo hasta llegar a Angola en 1875, fuertemente golpeado por el escorbuto, pero con el orgullo de ser el primer europeo en cruzar de este a oeste el África tropical. Narró la hazaña en Across Africa; en el libro Our Highway to India cuenta un viaje que emprendió a este país desde Turquía; To the Gold Coast for Gold lo escribió con Richard F. Burton cuando le acompañó a sondear los recursos auríferos de Ghana, comprometido como estaba con el desarrollo comercial de África. Durante los últimos años de su vida publicó varias novelas de aventuras para niños. Quizá algún joven lector se convirtiera gracias a él en explorador...

Mi meta es que esta sea una guía para que aquellos interesados en la exploración de África puedan seguir mis pasos. (…) Con este fin me he dedicado a detallar las características de mi ruta, las peculiaridades del país, los modos y costumbres de los nativos, los métodos utilizados para llevar a cabo el repugnante tráfico de esclavos (…), y a mostrar las posibilidades de civilizar África y abrirla al exterior”, cuenta Cameron en A través de África. El texto a continuación corresponde a un fragmento de este libro, publicado originalmente en 1877 y traducido al español en Ediciones del Viento.

Alejandro González Docampo

Las crueldades perpetradas en el corazón de África (…) casi resultan imposibles de creer para aquellos que habitan tierras civilizadas
Verney L. Cameron

El 18 de febrero, quince años y cinco días después de que Burton lo descubriese, mis ojos se posaron sobre el inmenso Tanganica. Al principio casi ni me di cuenta. Al fondo de un tramo muy empinado se veía una zona azul claro que medía, más o menos, una milla de longitud, después unos árboles y, más allá, una gran extensión gris que parecía un cielo en el que flotaban las nubes. “¿Eso es el lago?”, dije desdeñoso, mirando aquel pequeño tramo azul a mis pies. “Tonterías”. “Es el lago, amo”, insistieron mis hombres. Entonces comprendí que la gigantesca extensión gris en el Tanganika, y que lo que yo había tomado por nubes, eran las lejanas montañas de Ugoma, mientras que el trozo azul no era más que una pequeña ensenada iluminada por un rayo de sol pasajero.

Me apresuré a descender y a cruzar el terreno llano del fondo –que estaba cubierto de juncos y de bambúes, y atravesado de senderos hechos por los hipopótamos–, y así llegamos a la orilla y vimos dos grandes canoas que nos habían enviado los árabes de Ujiji. Enseguida las llenamos de hombres y de provisiones y, después de una hora, llegamos a Kawele.

El paisaje resultaba grandioso. Hacia el oeste se elevaban las gigantescas montañas de Ugoma, mientras que la margen oriental era una inmensa mata de juncos de un verde muy fuerte. De vez en cuando, algún claro dejaba ver playas de arena amarilla y rojos acantilados en miniatura, con palmeras y aldeas muy cerca del agua. Había muchas canoas y las gaviotas, los colimbos y las anhingas daban vida a la escena. Las islas de hierba flotantes que se veían a lo lejos parecían barcos de vela. […]

Alejandro González Docampo

Ahora necesitaba hombres que me pudiesen enseñar los nombres de los distintos lugares que rodeaban el lago, que me señalaran los sitios donde podríamos acampar para pasar la noche, y que actuasen como intérpretes. Me trajeron a dos que habían viajado hasta el extremo norte con Livingstone y Stanley. Pero en el importante asunto de la contratación, el mutwale y los wateko tenían mucho que decir, y cobraron más por su comisión que lo que recibieron los hombres por su trabajo. Como la fiebre volvió a atacarme y me duró dos o tres días, aquellos hombres, creyendo que yo tenía mala suerte, se arrepintieron de su compromiso y se negaron a acompañarme. Me devolvieron su paga y la comisión de los ancianos, según el principio de “sin trabajo no se cobra”, y tres días después conseguí los servicios de dos hombres muy decentes, Parla y Regwe, de los que el último, sin ser el mejor, era quien mandaba. La cantidad que iban a recibir por el viaje era de diecisiete dólares y medio por cabeza, mientras que la comisión de los ancianos se elevaba a treinta y cuatro. Era un alto precio a pagar a dos nativos desnudos por solo un par de meses; pero no debemos olvidar que los territorios desconocidos siempre son los más caros para el viajero, aunque no ha de ser así para el colono. […]

El 23 de marzo rodeamos Ras Kungwe, y nos adentramos en esa parte del lago que había permanecido, hasta entonces, inexplorada y sin que ningún hombre blanco la hubiese visto.

Ras Kungwe está situado cerca de la zona más estrecha del lago, donde no tiene más de quince millas de ancho y, después de rodearlo, pasamos bajo unas enormes colinas cubiertas de árboles, con cristalinos torrentes y cascadas que se lanzaban al vacío desde sus laderas. Al pie de dichas colinas, sobre todo cerca de la desembocadura de los torrentes, había muchas playas pequeñas, algunas de fina arena y otras de guijarros gruesos y angulosos de granito, cuarzo y mineral de hierro.

VIAJAR

En medio de la selva se veían terrenos plantados de maíz que indicaban los lugares donde se refugiaban los desgraciados fugitivos que huían de los cazadores de esclavos. Aquellas pobres criaturas estaban condenadas a vivir una existencia miserable, porque las pocas aldeas que eran fuertes se dedicaban a perseguir a sus vecinos más débiles, para cambiarlos con los comerciantes de Ujiji por alimentos que no producen ellos mismos porque son demasiado vagos.

De noche nos quedamos en el río Luuluga, cerca de la aldea Kinyari, donde los bajiji que venían costeando con nosotros cambiaron su maíz, aceite y cabras por esclavos, que era el único producto del lugar, y después regresaron a su casa. El precio de un esclavo variaba entre cuatro y seis dotis, o dos cabras; y como podía adquirirse una cabra por una shukkah en Ujiji, donde los esclavos valían veinte dotis, los beneficios de los bajiji debían de ser enormes. […]

Los guías nunca eran capaces de ponerle nombre a un lugar hasta que se hallaban cerca de él, y tenían muy poca idea de dónde estaba la tierra junto a la que habían navegado en innumerables situaciones. Los conocimientos de los lugareños son buenos, pero parecen incapaces de comprender algo que implique una idea general. Se quedaban mirando mi mapa y les parecía de una ejecución maravillosa; y cuando les dije que, gracias a él, en Inglaterra la gente conocería la forma y el tamaño del Tanganika, y los nombres y la situación de los ríos y de las aldeas, creo que me tomaron por un mago.

Texto extraído de “A través de África”.
Verney Lovett Cameron. Ediciones del Viento, 2010.