Verano y ludismo

España es una tierra lúdica en grado sumo y quizás sea esa la más honda y genuina razón de ser de su unidad.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Agosto sería un mes insufrible si no existieran las fiestas populares. Y la verdad es que se trata de su mes festivalero en grado sumo y no hay un solo día agosteño en el que, en algún lugar de España, no se disfruten celebraciones patronales o matronales durante los treinta y uno que dura el mes. O quizás me equivoque y la pintura sea inexacta, porque probablemente no hay una sola jornada en todo lo que dura el año en que no haya un festejo en algún lugar perdido de la piel del toro. España es una tierra lúdica en grado sumo y quizás sea esa la más honda y genuina razón de ser de la unidad de un país tan desunido en lo político. Si uno pasa la raya de Portugal, encontrará un territorio hermoso, culto, sosegado, educado y amable. Pero melancólico, inundado de saudade. Si uno cruza los Pirineos, dará con una tierra en donde la gente proclama con orgullo el hecho de ser francés, cuidado su paisaje y su cultura y sabe ser gentil al mismo tiempo. Pero son algo aburridos y, quizás por ello, una de las expresiones que usan casi a todas horas es “pardonne”. Si uno cruza el Mediterráneo por el estrecho de Gibraltar, encontrará una tierra exótica y cálida. Pero absolutamente antitética a la nuestra, como si diera un salto en los siglos. Si uno, en fin, salta el Cantábrico hasta las Islas Británicas, dará con unos seres de piel blanquecina que, al cabo de los siglos, pueden presumir de una cultura y de una historia portentosas. Pero aún no han aprendido a guisar ni disfrutan comiendo.

Ludismo: ese es el hispánico nexo de unión. Muchas veces pienso que no es casual el hecho de que nuestro himno nacional no tenga letra. ¿Qué íbamos a decir? No podemos exaltar nuestras victorias en la guerra porque hemos perdido casi todas desde el enfrentamiento de Rocroi y porque casi todos los triunfos que podemos contar han sido de unos españoles sobre otros. No podemos cantar a una revolución porque todas perdieron. Ni tampoco a un militar vencedor de todas las batallas porque no lo tenemos desde Juan de Austria. Ni recordar a nuestras tierras feraces porque la mayoría son yermos. Ni a los políticos, porque una buena parte de ellos nos engañaron. ¿Qué nos queda entonces para exaltar el sentido de la patria? El ludismo, repito. Por ejemplo, nuestro amor a la gastronomía. Y más aún, si me apuran, incluso circunscribir una letra del himno nacional a la tortilla de patatas, el plato español por excelencia. Creo que no habría ni un solo catalán independentista, por ejemplo, que pitara en una final de la Copa del Rey de fútbol cuando sonase el himno si su letra exaltara la tortilla de patatas. ¿A quién diablos iba a ocurrírsele negar las virtudes de este exquisito manjar que no saben preparar más allá de la raya de Portugal, de los Pirineos o de las orillas de nuestros Cantábrico y Mediterráneo? Pero, fuera de bromas, es cierto que comienza un mes que en el calendario suena a canciones populares, a cohetes, a fuegos artificiales, a danza de pasodoble, sardana, muñeira o jota y, a menudo, a mugido de toro bravo corriendo calles en pos de mozos atrevidos. Y todo ello regado con buenos vinos y  aderezado con paellas, marmitas, asados y calderetas.

Mi infancia está repleta de agostos verbeneros, vírgenes y santos amigos de la risa y esos petardos y voladores que rasgan los cielos limpios de la noche veraniega, dejando detrás una estela de estampidos alegres. Disfrutemos de agosto.