La Selva Negra, el secreto encanto del sur de Alemania

Una vegetación virgen tan sumamente espesa que no dejaba pasar la luz propició que los romanos llamaran Selva Negra a esta región del sur de Alemania, en el Estado de Baden-Wurtenberg. Un territorio natural rico en contrastes, con bosques de abetos, cascadas, granjas con tejados a cuatro aguas, enormes relojes de cuco, ricas tartas de cereza y mujeres con sombreros de pompones. La Selva Negra esconde la Alemania más verde

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

Ciento cincuenta kilómetros de largo, de norte a sur, y cincuenta de este a oeste son aproximadamente las dimensiones de la Selva Negra (Schwarzwald, en alemán), la región montañosa más grande de Alemania después de los Alpes bávaros. Por eso cuando uno llega a este territorio de bellos pueblos y granjas centenarias, donde la naturaleza siempre se descubre a los cinco minutos de salir de cualquier población, lo que más desea es pasear para apreciar el encanto de uno de los bosques más antiguos de Europa.

En invierno, a los alemanes les encanta disfrutar de los deportes de nieve en las pistas del Monte Feldberg (1.493 metros de altura), el más alto de esta Selva Negra y colindante con Francia y Suiza. Quizás porque les atrapa ese silencio blanco invernal que contrasta con la rica gama de colores rojizo y dorado que regala el otoño y con el majestuoso verde, repleto de matices, que se impone durante la temporada veraniega en este cruce de caminos histórico, entre las cuencas del Rhin y el Danubio. Una vasta zona formada por más de 70 cumbres que se alzan a más de 1.000 metros y 24.000 kilómetros de rutas señalizadas para practicar el senderismo o la bici de montaña.

Friburgo, la puerta de entrada

La mejor manera de iniciar un viaje por la Selva Negra es por su capital, la monumental Friburgo. Situada en la depresión del Rhin, es una ciudad universitaria, animada y magníficamente restaurada tras el bombardeo sufrido el 27 de noviembre de 1944. Más de un 90 por ciento de Friburgo quedó entonces reducido a escombros, pero casi como se tratara de un milagro, al igual que sucedió en otros tres conflictos bélicos anteriores a la II Guerra Mundial, su catedral permaneció intacta, sin apenas rasguños. Un edificio siempre bello y desafiante desde sus 116 metros de altura, como cuando fue concluido en 1620, cuatro siglos después de su inicio, aunque lo cierto es que todo aquel que lo haya frecuentado siempre recuerda algún andamio en sus muros.

Solo en dos ocasiones, coincidiendo con la visita a la ciudad de los pontífices Juan Pablo II y Benedicto XVI, la catedral se ha mostrado inmaculada, exhibiendo su grandioso exterior adornado con 91 gárgolas, incluida la más popular, que muestra a un individuo con su trasero al aire. En el interior de la catedral impactan sus vidrieras policromadas, originales del siglo XIII, y un ramillete de esculturas de la Virgen María, la patrona de la catedral y de los patronos de la ciudad, los santos Gregorio, Lamberto y Alejandro.

No corrió la misma suerte que la catedral el viejo almacén histórico (Kaufhaus) situado enfrente del templo, aunque ahora aparece también resplandeciente tras seis restauraciones, la última de ellas en 1988, que sirvió para agregar su actual balcón, junto a las imágenes de cuatro grandes miembros de la familia Habsburgo: Maximiliano I, Felipe el Hermoso, Carlos I y Fernando III. Debajo, ya en la calle, corre el agua por los canalillos (bächle) construidos hace casi 600 años, que le dan un encanto especial a la ciudad. En la Edad Media servían para abastecerse de agua y como desagüe, para dar de beber a los animales, lavar la ropa, regar las plantas... Hasta que la autoridad prohibió tirar la basura en ellos, bajo el castigo de perder una mano en caso de desobediencia.

Hoy Friburgo figura entre las nueve ciudades más limpias del mundo. Turistas y vecinos introducen sus pies en el agua de los canales durante el verano en busca del frescor y, también, por la leyenda que cuenta que quien lo haga tendrá asegurado el pronto regreso a esta ciudad.

Eduardo Grund

En Friburgo da gusto recorrer sus calles y plazas a pie. Hermanada con nuestra Granada –ambas poseen una Universidad de merecido prestigio y tienen similares tamaño y población (unos 230.000 habitantes)–, su casco antiguo es acogedor y está lleno sorpresas. Además de sus dos puertas históricas en la muralla, dedicadas a San Martín y a los Suabos, llama la atención la curiosa cabeza de un cocodrilo en la Pequeña Isla, situada en el canal del Barrio de los Curtidores; el hotel Bären (1358), el más antiguo de Alemania; la calle de los Convictos, también llamada la Boca del Lobo por ser la más peligrosa en la época medieval (el verdugo ocupaba una de sus viviendas); la Casa de la Ballena, que fue residencia de Erasmo de Rotterdam entre 1529 y 1532, y la nueva Biblioteca Universitaria, el espolón más moderno del casco viejo, levantada junto al Gran Teatro.

Este edificio, terminado en 2015, simula un diamante tallado por su fachada cristalina compuesta de acero y cromo. En ella se reflejan, dependiendo de la hora del día, otras construcciones neoclásicas de los alrededores y los movimientos de los estudiantes. Estos jóvenes se han quejado últimamente por los reflejos del sol que les deslumbran y por la pequeña puerta giratoria de acceso que, al ser lenta, se traba ante la llegada masiva de los alumnos (la población estudiantil casi alcanza los 60.000 individuos), produciendo muchos accidentes. Esta Universidad fue la primera que matriculó a una mujer en Alemania, en 1899.

A una media hora en coche de Friburgo, por una carretera salpicada de curvas y con mucho tráfico, surge en el horizonte el lago Titisee, el punto más turístico de toda la región de la Selva Negra, sobre todo en verano. A principios del siglo XX, solo dos granjas rodeaban este lago de aguas oscuras y profundas (50 metros) al que dio nombre el emperador Tito. Hoy, numerosos hoteles ocupan las orillas del lago. La Seestrasse, la vía principal de la localidad de Titisee, está tan abarrotada de visitantes en temporada alta que resulta imposible andar por ella sin toparse con algún turista asiático o ruso. Lo mejor, sin duda, es tomar un barco por este lago de 2 kilómetros de largo, darse un baño en sus aguas y practicar alguna actividad deportiva como la vela o la pesca. En Titisee la temperatura puede alcanzar los 35 grados en época estival

Cascadas y relojes de cuco

Triberg solo dista 40 kilómetros del lago Titisee. Conviene visitar este pueblo de 5.000 habitantes en época de carnaval, ya que alberga una de las fiestas más vistosas del sur de Alemania. La recompensa de sus alrededores es vistosa y ruidosa, con sus magníficas cascadas, las más altas de Alemania. Estos saltos provienen del medio de la población, cuando el agua del río Gutach desciende por siete niveles que suman una altura de 163 metros, creando hermosas cascadas y proporcionando unas originales vistas panorámicas desde un puñado de miradores de muy sencillo acceso. Se puede contemplar y sentir el frescor del agua, que ruge envuelta en espuma, desde una nueva pasarela con plataforma que ha sido construida recientemente.

Triberg tiene también fama por ser la cuna de los relojes de cuco. En sus tiendas hay una amplia oferta de relojes para elegir. Desde los 80 euros que cuesta el reloj de cuco que viene desarmado y enloquece a los turistas chinos hasta los más grandes, con un precio de entre mil y tres mil euros, los favoritos de los visitantes norteamericanos, pasando por el más lujoso, adornado con joyas Swarowski, que se puede adquirir en La Casa de los 1000 Relojes por casi 27.000 euros. La oferta de estos relojes con música es toda una locura en este Triberg que propone también un interesante Museo de la Selva Negra, con una curiosa colección de organillos e instrumentos musicales.

Eduardo Grund

Pero la visita más popular tiene como meta el reloj de cuco más grande del mundo, que está entre Triberg y Hornberg y fue fabricado de forma individual durante cinco años. La pieza pesa seis toneladas, mide 4,5 metros de largo por 4,5 de ancho, con un péndulo de 8 metros y el cuco que asoma al exterior pesa 150 kilos. En la tradición de estos relojes el sonido del cuco sustituyó al del gallo, que fue el primero en el que se pensó porque era más sencillo de trasladar al mecanismo de los relojes, pero los primeros mercaderes lo exportaron con el clásico cucú a Francia, Holanda y Rusia.

Una región muy tradicional

En el terreno gastronómico la fama la ha cosechado la tarta Selva Negra, típica y clásica en Triberg. Jozsef Smetanjuk, chef y dueño del mesón rural Lilie, lleva cincuenta años fabricando este sabroso pastel y asegura que su fórmula es muy sencilla. “No estamos ante una tarta como la Sacher, que inventó una mujer en Viena –comenta mientras realiza una degustación ante un grupo de turistas estadounidenses en su restaurante–. La nuestra empezó a elaborarse con licores, mermelada y compota hasta que se mezcló con las cerezas, la nata y el kirsch, y es una tarta muy fácil de preparar...”.

Unos veinte minutos emplea el señor Smetanjuk en preparar su deliciosa tarta de la Selva Negra, que degustamos antes de continuar el viaje por el estrecho valle escarpado del Gutach, atravesando 36 túneles ferroviarios que conducen al pueblo de Gutach, uno de los puntos más auténticos y tradicionales de la Selva Negra, donde se puede palpar la cultura rural de esta región. Para comprobarlo no hay nada como visitar el Museo al Aire Libre Vogtsbauernhof. Lo componen seis magníficas granjas de un solo tejado que representan las construcciones clásicas de este rincón alemán. El mejor ejemplo es la granja de Vogt (1612), la única que se mantiene en su emplazamiento original y que da nombre al museo. Es la joya del conjunto por su tamaño y profundidad. Merece la pena recorrer el resto de granjas, así como el aserradero, un molino todavía activo, hornos, estufas y el huerto con hierbas medicinales en el que hay que hacer una pequeña parada para degustar un fresco zumo de manzana natural por un euro.

Gutach es famoso por sus célebres y llamativos sombreros de pompones (ver recuadro) y por los desfiles de trajes regionales y de boda que organiza. Otra tradición que se mantiene en la región es la del soplado de vidrio, iniciada en el siglo XII, con la última fabrica artesanal que sigue en activo, que cuenta con 32 trabajadores y ninguna máquina moderna. La Dorotheenhütte Wolfach Betriebs-GmbH, en Wolfach, es una cita muy recomendable para las familias. En sus instalaciones sorprende su Museo del Vidrio y, sobre todo, el Pueblo de Navidad de Cristal, con cientos de adornos para el clásico árbol que han sido fabricados artesanalmente con la técnica del soplado. Además, cualquier visitante puede soplar su propio jarrón de vidrio y plomo y llevárselo de recuerdo a casa.

La Ruta del Vino

Este recorrido por la Selva Negra concluye en dos pueblos: Oberkirch y Baiersbronn. En el primero de ellos, considerado como la capital europea del aguardiente, existe una amplia tradición licorera. Cuenta con 1.300 destilerías caseras e industriales que producen coñacs selectos y aguardientes a lo largo de la conocida Ruta del Vino de Baden. En el segundo se pueden degustar los mejores caldos de la región tras practicar lo que se llama en estas tierras el trekking culinario. La experiencia consiste en caminar por los bosques y disfrutar de diferentes paradas técnicas que proporcionan un autoservicio muy especial, con frutas, licores y vinos colocados en puestecillos o fuentes sin vendedor que ejerza control alguno.

Eduardo Grund

El precio de cada producto debe ser introducido en una caja de seguridad con ranura, lo que demuestra un alto grado de confianza de los vecinos hacia sus visitantes. Un sistema de venta ciertamente único en esta Selva Negra que atrapa y cautiva a los que la descubren. No en vano la Selva Negra, la Schwarzwald, es una de las regiones más visitadas de Alemania y de Europa, tanto por su belleza como por las tradiciones que mantienen sus pueblos y la gastronomía, que la sitúa asimismo como un destino especial para los viajeros gourmets.

Los famosos sombreros de pompones

Solo las mujeres de Gutach y de los pueblos vecinos de Kirnbach y Reichenbach tienen derecho a llevar el famoso sombrero de pompones en la Selva Negra. Creado hace 200 años, este sombrero de paja consta de 14 borlas de lana, aunque solo 11 de ellas son visibles, y es la pieza clave que completa el traje tradicional femenino en blanco y negro de la región. Las solteras deben lucir los pompones rojos, acompañados de unas perlas muy coloridas que tapan el cuello de la chica, y las casadas o con compromiso matrimonial tienen que exhibir pompones negros, como marca la tradición. Las mujeres utilizan estos sombreros en las bodas y en las fiestas populares que se celebran en verano. Son la postal más clásica de la región.

Cinco experiencias en la Selva Negra

1- Probar los destilados de cereza en Oberkirch Daniel Walter y su esposa, la malagueña Belén Aragón, regentan en Oberkirch una de las 900 destilerías artesanales que producen licores dulces y afrutados, entre los que destaca el de frambuesa. Hay visitas organizadas. www.hoellberg.de

2- Soplar el vidrio. Fundada en 1947, la Dorotheenhütte Wolfach es hoy la última fábrica de vidrio de la Selva Negra en la que se elabora y trabaja el cristal según los métodos más tradicionales. Ver ese proceso cuesta cinco euros y el visitante puede soplar su propia pieza artesanal por 15 euros.

3- Disfrutar de un menú gourmet. Jorg Sackman es el alma mater del restaurante Schlossberg, donde se busca la perfección en los detalles y en el uso creativo de los productos más frescos. Le acompañan en esta exclusiva oferta gastronómica los hoteles Traube y Bareiss en Baiersbronn. Entre los tres suman ocho estrellas Michelin. www.hotel-sackmann.de

4- Degustar los vinos blancos y rosados de Baden. Esta región en Alte Wache propone una oferta de un vino y cinco tapas por 12 euros o en Weingut Bähr, junto a las viñas, disfrutar de un picnic muy especial formado por cinco vinos diferentes (10 euros) y la visita de la bodega.


5- Recorrer el sendero de los duendes. En Feldberg, a unos 45 kilómetros de Friburgo, la Casa de la Naturaleza muestra la flora y la fauna de la zona y organiza un recorrido de dos horas por el bosque. Ideal para familias. www.wichtelpfad.info