Sefarditas en Curaçao

La sinagoga sefardita de Curaçao es de todas las de América la que ha mantenido el culto durante más tiempo.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

El puente de la Reina Emma se merece su mote de “la vieja dama que se balancea”. A veces pitan para que la gente se apresure en cruzar ese puente que vibra sobre pontones. Llega a abrirse en canal para que pasen los grandes navíos por la bahía de Willemstad, la capital de Curaçao. Al otro lado queda el malecón de Handelskade, con sus casas de colores del XVIII que parecen cajas picudas de galletas. Y recién traídas de Ámsterdam a esta isla antillana que aún pertenece a los Países Bajos, lo mismo que Aruba y Bonaire.

Tras cruzar el puente ya estás en Punda, el barrio más antiguo y elegante de Curaçao. La isla tiene una topografía rocosa, pero se suele asociar a cierta laxitud. Es donde se hace un licor de naranjas amargas que ni tiene color naranja ni supone un homenaje a la casa real holandesa. Se trata más bien de una bebida con un color azul que se saca de las flores del guisante mariposa. En las tiendas de Punda venden eso y artículos de las franquicias más caras del mundo. Punda, con tantos edificios de solera, parece un parque temático del pasado y del presente, pero a uno le sorprende más su sinagoga, calcada del antiguo templo sefardita de Ámsterdam, aunque aquí luzca un alegre color crema.

No hay problema en visitar el museo y la sinagoga en sábado. Resulta toda una experiencia presenciar ritos sefarditas en el templo judío más antiguo de América. Es decir, la sinagoga sefardita de Curaçao, llamada Mikvé Israel-Emanuel, es de todas las de América la que ha mantenido el culto durante más tiempo, concretamente sin interrupción desde 1732. Aunque en 1651 ya se estableció en Curaçao la primera comunidad sefardita, doce familias de colonos procedentes de Recife, un enclave holandés en Brasil. Tras ser expulsados de España y de Portugal, muchos sefarditas fueron a Holanda y luego a América. Cuando llegaron a Curaçao vieron qué poco podían cultivar en una isla tan seca. En cambio, los comercios y fletes se les dieron bien.

Pisar el suelo de la sinagoga, que aquí llaman snoa, un diminutivo local del portugués esnoga, causa una impresión más intensa que cuando cruzas el puente hacia Punda. El suelo es de arena, igual que el de una playa, mientras sobre ello triunfa la caoba en la tebah, la tarima del tabernáculo donde se lee la Torá, y en los bancos donde se sientan los fieles representando a las doce tribus de Israel.

Avery Tracht, judío de origen ashkenazi, nacido en Dayton (Ohio), es el actual hazzan, el cantor y director religioso de la sinagoga. Su comunidad apenas cuenta hoy con doscientas personas. Me confiesa que le contrataron porque en estos tiempos es más difícil encontrar un rabino sefardita y que pueda además mudarse con su familia a vivir en las Antillas. Avery está contento de que le hayan elegido. Está soltero, y al haber estudiado música clásica y canto de ópera, ahora puede también desplegar aquí su maestría en antigua música religiosa con ecos de la vieja Sefarad.

Le pregunto por el suelo de arena, orgullo de su sinagoga, y de las de Kingston, Saint Thomas, Paramaribo y Ámsterdam. La arena evoca –dice Avery– los cuarenta años del éxodo de los judíos por el Sinaí. Y subraya que, según el Génesis, las simientes de Abraham se multiplicarán como las estrellas del cielo y las arenas del mar. Pero para Avery los sefarditas también pusieron ese suelo de arena para no olvidar cuando en España lo usaban a fin de amortiguar el ruido de sus oraciones y ritos y evitar así ser apresados por la Inquisición.