Ríos muertos, por Javier Reverte

He navegado muchos ríos y puedo dar fe de que las poblaciones veneran su paso casi con la calidad de un dios.

Javier Reverte
 | 
Foto: Viajar

Para mí, hay pocas visiones tan siniestras como la contemplación del cauce de un río muerto. Esas torrenteras vacías en donde una vez cantó el agua son el retrato de un gran desastre: la sequía, la sed, la ausencia del frescor de una ribera y de la sombra amable de los árboles, la inexistencia, en suma, de vida. En los desiertos del sur los llaman wadis, que en español equivale a avenida o rambla. A veces los flanquean hierbajos macilentos y árboles escuálidos, y quien no haya visto uno de estos torrentes inundado súbitamente de agua, arrastrando todo cuanto se opone a su paso, no ha presenciado uno de los espectáculos más dislocados de la Naturaleza, cuando el vacío se torna en bronca y destructiva cabalgada de agua enloquecida. Los meteorólogos llaman a ese fenómeno “gota fría”.

Yo amo los ríos desde que era un crío y esa pintura de los cursos secos me remite a negros presagios. Si dentro de unas centurias, como dicen, el agua será un bien escaso, ¿cómo aparecerá ante los ojos del hombre la futura imagen del planeta?: ¿será una costra dura con las huellas marcadas de las heridas con que le hemos torturado?, ¿será una faz surcada de cicatrices amargas? La historia de nuestros ríos es la crónica de un maltrato sin medida.

Hemos desviado sus cursos, contenido sus aguas, envenenado sus lechos y redibujado sus orillas hasta hacerlos contrarios a su naturaleza. Cuando se rebelan, les asiste toda la razón para salirse de madre, destrozar poblaciones y anegar sus riberas. Un río loco tiene algo de Sansón en el templo: nos hemos ganado su furor, nos merecemos su ira destructiva. Cuando veo en la televisión el reportaje de una ciudad inundada por las avenidas de un curso fluvial desbocado, junto a la lástima por todo lo que se pierde siento crecer un sentimiento de culpa: el río se está vengando.

Los antiguos egipcios, muy poéticamente y refiriéndose al Nilo, decían que los ríos nacen de las bocas del cielo. Y no les faltaba razón, ni geográfica ni poéticamente hablando. En el primer caso, porque todo cauce de agua se origina en las lluvias y las nieves y, en el segundo, porque hay pocas obras de la Naturaleza que hayan convocado tanto la atención de los vates humanos. Ya Heráclito, en el alba de la filosofía, comparaba la entidad del ser con un río en el que no es posible bañarse dos veces, dando al cambio permanente la esencia de todo lo que es. Y siglos después, nuestro insigne Jorge Manrique inculcaría al río la naturaleza de camino hacia la muerte, de senda que conduce al mar, “que es el morir”.

Pero el río ha sido, justamente, todo lo contrario: vida. Por donde ha pasado ha regado las tierras y ha transformado en feraces los desiertos. Ha hecho crecer las plantas y ha criado con ellas a los animales domésticos. Ha sido el gran aliado del hombre en la lucha por sobrevivir y miles de pueblos, si es que no casi todos ellos, han nacido a sus orillas. El río ha negado la muerte y ha afirmado la existencia humana. He navegado muchos de ellos y puedo dar fe de que, en las poblaciones ribereñas, se venera su paso casi con la calidad de un dios: el Amazonas, el Nilo, el Congo, el Mississippi..., reyes de la tierra.

Por eso, cuando contemplo las huellas de los ríos muertos, las cicatrices que labraron a su paso, no puedo dejar de sentir pavor. Y me digo: si ese es el futuro que les espera a ellos, ¿qué será de nosotros?