Los pueblos más bonitos de La Alpujarra

Blancos, aislados, colgados de las montañas y con una arquitectura típica, estas son las paradas imperdibles por estos bellos parajes a caballo de Granada y Almería.

Noelia Ferreiro
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Foto: ISTOCK

Este rincón del sur rugoso y escarpado como pocos, este territorio místico tocado por el exotismo musulmán, esconde bonitos pueblos, blancos como copos de nieve, que se agarran a pendientes imposibles entre carreteras serpenteantes y huertos que se asoman al abismo. Son los pueblos de La Alpujarra, esa región andaluza compartida por Granada y Almería que se desparrama por las faldas de Sierra Nevada. A espaldas de la Alhambra y a un paso del Mediterráneo, estos parajes que cautivaron a los escritores románticos del siglo XIX se conservan congelados en el tiempo, desarrollando una gastronomía, una artesanía y un modo de vida hilvanado de sosiego y de belleza.

La Alpujarra fue el último baluarte de los moriscos en España, el refugio de Boabdil después de perder Granada, el territorio que más tardó en someterse al Reino de Castilla. Y esta huella se aprecia en el paisaje agrario, en la arquitectura con reminiscencias bereberes, en el tejido de las alfombras y jarapas, en muchos de los nombres de clara resonancia árabe. Estos son sólo algunos de los pueblos que no hay que perderse:

Lanjarón

No sólo es la puerta de entrada de la Alpujarra granadina, sino también el pueblo del agua, famoso en todo el país. Porque en esta villa de corte aristocrático, el agua que se desliza de los picos se impregna de minerales por el camino y acaba manando de cinco fuentes con sus propiedades curativas. Por eso su correr, ese runrún continuo y fresco, es como una banda sonora en el pueblo donde, dicen, reside una población que se cuenta entre la más longeva del mundo. Más allá de esta anécdota, Lanjarón cuenta (también relacionado con el líquido elemento) con un romántico balneario de estilo neomudéjar y un interesante Museo del Agua.

Órjiva

Oculta en la hondonada de un valle a orillas del río Guadalfeo, la capital de la Alpujarra Granadina destaca sobre el paisaje por las torres gemelas de su iglesia mudéjar de Nuestra Señora de la Expectación. Y también porque está abrazada por campos de olivos seccionados por una carretera retorcida que, según ascienda hacia la parte más alta, se volverá más encrespada y rebelde. A Órjiva llegaron muchos hippies atraídos por su aislamiento, por el misticismo de esa irresistible combinación de sol, sierra y silencio.

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Pitres

Su autenticidad, típicamente alpujarreña, lo convierte en uno de los más encantadores pueblos, plagado de cuestas empinadísimas, pasadizos techados y cientos de plantas en macetas de colores contrastando con los muros inmaculados. Es tal vez la muestra mejor conservada de la arquitectura popular de la zona, con sus casas de tejados planos (los terraos) coronadas por chimeneas redondas. Desde aquí se puede subir a la pequeña aldea de Capilerilla, hermosa también en su soledad.

Trevélez

Imposible no detenerse en esta localidad famosa por su jamón serrano (cuyo aroma se siente por las calles) y por tratarse del pueblo más elevado de España, encaramado a la ladera del Mulhacén, a casi 1.500 metros. Es precisamente el frío que le otorga la altura, incluso en los meses estivales, el que permite a este manjar secarse al viento con un resultado magnífico. En la plaza se pueden comprar piezas a buen precio.

Capileira, Pampaneira y Bubión

Agrupamos estos tres pueblos, recostados en el Barranco de Poqueira porque comparten el mismo modelo en su entramado urbano, la misma esencia de reducto de vida imposible en un territorio quebradizo y hostil expuesto a los vientos y la altura. Casas en terraza, calles estrechas, bares donde sirven ricas tapas de migas, tiendas que lucen al sol sus coloridas jarapas y sus capazos de esparto. Y senderos en sus alrededores a los que llega el aire más puro de las montañas y donde, en los días claros, se divisa en el horizonte el perfil de África con las cumbres del Atlas sobre la bruma.

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Canjáyar

Incluimos esta villa de la alpujarra de Almería, a los pies de Sierra Nevada, cuajada de patrimonio andalusí. Un enclave rodeado de frescos huertos que aún hoy se siguen refrescando con acequias centenarias y que, vistos de lejos desde un mirador cercano, regalan una bonita estampa: el contraste del caserío encalado entre ese verde tan fértil.