Nicolas Bouvier, un suizo en Japón

El literato y fotógrafo suizo convirtió sus largas andaduras por Asia en auténticas aventuras poéticas, con libros que fueron y son una referencia para toda una generación de escritores-viajeros contemporáneos.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Viajar

El acordeón, la Remington y provisiones de Gauloises en el maletero; la cámara de fotos, Montaigne y el magnetófono. No cabía mucho más en el Fiat Topolino con el que Nicolas Bouvier (1929-1998) comenzó su memorable travesía asiática: “Rehusábamos todos los lujos menos el más preciado: la lentitud”. Era el tercer hijo de una buena familia ginebrina; un hogar intelectual que tenía a Herman Hesse y a Marguerite Yourcenar como habituales a cenar. Jack London le hizo trazar ríos Yukón de mantequilla en las tostadas; con los cromos de los chocolates Nestlé descubrió Saigón y Samarkanda. Su primer viaje en solitario lo emprendió con 17 años a Borgoña. Unas noches de vivac en Laponia excitaron su espíritu nómada: Italia, el Sahara, España... Pero fue en 1953, justo al acabar la carrera de Derecho y Letras, cuando partió en coche de Yugoslavia a Afganistán. Su amigo el dibujante Thierry Vernet le acompañaba. Por el camino se cruzaron con músicos cíngaros, las llanuras de Anatolia, fumadores de narguile, las ruinas de Persépolis... A partir de Kabul continuó hacia India solo. En Ceilán lo acecharon el paludismo y el desánimo: “El viaje no te enseña nada si no le das la oportunidad de que te destruya”. Cuando llegó a Japón habían pasado tres años. Para costear gastos, vendía artículos periodísticos y fotos. También trabajó como guía e iconógrafo. Murió de cáncer de pulmón siendo ya un escritor famoso.

No te aflijas si el viaje es amargo y la meta invisible. / No hay camino que no conduzca a una meta.
Estos versos de Hafez los grabó en persa en la portezuela de aquel Fiat. Nunca ponía fecha de vuelta cuando se despedía.

Viajar

Nicolas Bouvier no podía escribir en estado nómada. Durante los viajes tomaba notas; dejaba reposar sus vivencias en la memoria y tiempo después se sentaba ante la máquina de escribir con el cigarrillo en la boca para darles forma. “La precariedad de una larga vida itinerante es lo que me llevó a susurrar historias”. De su dilatada travesía por Asia surgió su obra más apreciada: una trilogía compuesta por Los caminos del mundo, El pez escorpión y Crónica japonesa. El texto a continuación corresponde a un fragmento de este último libro, publicado en español por La Línea del Horizonte Ediciones.

“Si algo caracteriza a los viajes largos es el traer consigo algo muy distinto de lo que se iba a buscar”, Nicolas Bouvier.

No tanto para buscar habitación, pero un extranjero es por fuerza rico, pues ha podido viajar. Los agentes serios me ofrecían casonas de quince habitaciones; los que lo eran menos se negaban a creer que a un extranjero pudiera interesarle una habitación de cuatro esteras (cuatro metros y medio) y en general terminaban por proporcionarme mujeres. Cuando por un casual tenían algo, había que depositar de buenas a primeras el shkikin (garantía), el ken rikin (derecho de llave) y el tesuryo (comisión); es decir, diez meses de alquiler.

Más valía explorar la más grande capital del mundo puerta a puerta y barrio por barrio, para conciliar el sueño cada noche en un sector de nombre singular: Akihabara (planicie de hojas de otoño), Yotsuya (cuatro valles), Otchanomizo (agua de té), Nabeya yokocho (encrucijada de la marmita), cada día más agotado, pero más fascinado por aquel océano de caras de nariz chata, lámparas aceitosas, ropa tendida, casitas de madera gris apiñadas las unas contra las otras entre el vapor yodado y agrio de la cocina local. Pasé unos siete días trajinando de un lado a otro. Sin éxito. Al octavo, el patrón del Bar Poema me encontró algo. Compré una estera, una colcha, una pequeña almohada rellena de cascarilla de arroz –aquí no hace falta mucho más para mudarse– y me instalé por un año en casa de un vigilante nocturno, en el barrio de Araki-Cho.

Girasoles, bambúes, glicinias. Casas inclinadas y carcomidas. Olores a serrín, té verde, bacalao. Al amanecer, el canto desordenado de los gallos resonando un poco por todas partes. Un alboroto tremendo y omnipresente maridado con la escritura más bella del mundo.

En suma, Araki-Cho es un pueblo olvidado en medio de la ciudad, cuyas cuatro señeras casas de geishas le dieron renombre antaño. Se quemaron, como casi todo el resto, sin dejar más rastro que una pequeña escuela donde acude un puñado de jovencitas delicadas y emperifolladas, flexionando mucho las rodillas al caminar sobre sus altos zuecos de maderas, para aprender a hacer de shamisen, a descomponer el paso en veintiséis movimientos distintos, a manejar frases de poetas clásicos o alusiones libertinas. Pero el listín de geishas de la ciudad las relega hoy a la quinta fila –al borde de la prostitución– y el barrio lleva tiempo fuera de la memoria. Ningún mapa lo menciona y los taxistas que bordean sus fronteras a menudo ignoran su nombre.

Viajar

[…] Obviamente, he aprendido cuanto he podido de japonés hablado; en cuanto al escrito, los dos mil ideogramas a los que se limitan los periódicos y que constituyen una especie de dialecto demótico me llevarían varios años de estudio. Comencé por memorizar proverbios. Los proverbios japoneses sobre la desgracia, la tristeza, el infortunio, son de una gran riqueza expresiva. “Una picadura de abeja en una cara llorosa” equivale, creo, a nuestro “Los males nunca vienen solos”. Por lo demás, son igual de sentenciosos, romos y secos que los nuestros, pero en mi modesta opinión tienen la ventaja de que los conocen y los aprueba cuando menos tres generaciones de hablantes anónimos. Un proverbio no está obligado a significar algo; su función es tranquilizar: ¡al menos sabemos por dónde van las cosas! En cualquier caso, hacen maravillas. Cada vez que los coloco en el momento oportuno suscitan el mismo asombro incrédulo con que se recibe la menor muestra de tacto, saber o ingenio por parte de un extranjero. O-djosu êêêê! (“¡Si será listo!”). Exactamente esta misma frase puede significar también: “Trabaja mucho, que aún falta mucho”. Pero aquí no se la emplea en este sentido. No hay malicia, sino circunspección, y escasa voluntad de entablar una relación si no se cuenta con la manera de abandonarla.

[…] Oto san, mi casero, me visitó el otro día para “preguntar por mi salud”. Manera delicada pero precisa de recordarme que le debo un pago. Sus negocios dejan bastante que desear y los horrendos mueblecitos de oficina que fabrica apenas se venden ahora: ¿quién puede plegar las rodillas debajo de una mesa y trabajar en este bochorno? Yo no. Hace siglos que las revistas japonesas no me compran una línea. A la espera de que vuelva la suerte, me las arreglo con sesenta yenes (un franco francés) por día: diez de lavandería (importante), veintitrés para el baño público (indispensable), diez de pan, diez de leche y un huevo (al peso) por siete yenes cuando encuentro uno lo bastante pequeño. Lío cigarrillos de papel de seda con un viejo resto de tabaco para pipa y los pego con agua de arroz. Cuando Oto san los vio –aquí nadie lía sus cigarrillos–, se marchó con una risa irreprimible, infantil, deliciosa. Con su vieja cara arrugada, sus calcetines zurcidos, su traje abolsado en los codos, las rodillas, el fondillo, sus dientes amarillentos y separados, parecía un conejo salaz, un poco apolillado. Le ofrecí un cigarrillo que guardó como una reliquia en su cartera, y que sin duda enseñó en todas partes. Ni una palabra sobre el alquiler.

Texto extraído de “Crónica japonesa”, de Nicolas Bouvier (La Línea del Horizonte, 2016).