El museo de Moby Dick, por Mariano López

Mariano López
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Foto: VIAJAR

El museo de New Bedford está cerca del muelle del que partió Melville cuando se enroló en el ballenero Acushnet y no muy lejos de la iglesia de torre cuadrada que visita Ismael, en el capítulo VII de Moby Dick, antes de embarcarse en el Pequod. Caía una suave pero gélida lluvia cuando lo visité, hace un par de meses, uno de esos días en que la ciudad aún no se había recuperado del paso del temporal Stella –malo cuando las tormentas tienen nombre–, que obligó a declarar el estado de emergencia en toda la costa, desde Nueva York hasta Boston. Me llevaba hasta el museo –me empujaba, más bien– un libro que trata sobre otro libro: Leviatán o la ballena, de Philip Hoare, un magnífico relato que persigue y documenta la vida de Melville, los símbolos y misterios de Moby Dick y los usos de la industria ballenera cuando New Bedford era su capital. Trescientos barcos balleneros tenían su base en este puerto conectado por ferrocarril con el resto de Nueva Inglaterra. Un sitio extraño, dice Melville en Moby Dick, lleno de paletos, caníbales y arponeros. Un lugar donde todavía hoy, dice Hoare, los barcos tienen preferencia sobre los coches; huele a gasóleo y a pescado, y no hay rincón donde no resuene el inquietante graznido de las gaviotas.

La entrada al museo conduce de inmediato a una luminosa y grandísima galería de dos pisos de cuyo techo cuelga el esqueleto de una ballena azul, el animal más grande que jamás haya poblado la Tierra. Es uno de los seis únicos esqueletos de esta especie que se pueden ver en el mundo. Perteneció a una joven ballena que apareció muerta en una playa de Rhode Island en marzo de 1998. La llamaron Kobo, siglas de King Of the Blue Ocean, el rey del océano azul. No es el único gigante de este museo, que acoge también la mayor reproducción a escala de un barco ballenero, un modelo de 30 metros de eslora que permite recorrer el incómodo mundo de quienes buscaron fortuna y gloria con arpones de mano y barcas de remos, la madera que solía acompañarles, cuando la muerte remataba su locura, hasta el fondo del mar.

Hay una sala dedicada a Herman Melville, grabados y pinturas que recogen las formas que se atribuían a las ballenas cuando se las consideraba monstruos marinos, máquinas que reproducen el sonido de los cetáceos y mapas que explican las rutas de los balleneros, desde Nantucket hasta las Azores, conexión con Portugal que aún pervive en New Bedford. Al salir del museo intenté probar el bacalao en la tasca más popular de la ciudad, la Taberna de Antonio, pero su cocina cierra cuando a este lado del Atlántico es la hora de merendar. Lástima, porque tuve que acudir de nuevo a la hamburguesa. Pero me gustó el ambiente del garito cervecero donde me la sirvieron: The Pour Farm, la Granja Pobre. Tenía música en directo –que no falta en ninguna taberna que se precie en todo el país– y parroquianos con rastas y tatuajes como los que lucían los arponeros cuando la caza de la ballena era el Salvaje Oeste del mar.

Como recuerdo del museo y de New Bedford me traje un ejemplar de Moby Dick en su idioma original. No sé si alguna vez seré capaz de leerlo, pero me gustaría intentarlo. Con la ayuda, otra vez, de Philip Hoare, quien ha creado una versión sonora de la novela, una página web en la que se puede escuchar la voz de 135 artistas que leen con unción cada uno un capítulo del texto de Melville. La actriz Tilda Swinton comienza la narración. Con “Llamadme Ismael”, el principio de todos los sueños y de todos los viajes a los que nos ha llevado Moby Dick.