Mary Kingsley, la reina de África

La más osada y divertida de las viajeras inglesas fue una antropóloga autodidacta que a finales del XIX se adentró en “la tumba del hombre blanco” para explorar y escribir sobre su apreciada cultura africana.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Viajar

Aventurarse sola por selvas remotas del África occidental no era lo que se esperaba de una dama victoriana, pero Mary Kingsley (1862-1900) no era como sus coetáneas. Si hasta los 30 apenas había salido de casa era porque debía cuidar de su madre enferma y de su hermano pequeño mientras el padre, que era médico, acompañaba a pacientes cresos en expediciones por el mundo entero. Cuando sus progenitores murieron, calculó que la renta le daba para viajar el resto de su vida (siempre que esta fuera breve y sencilla). Tras visitar en 1892 las Canarias, recorrió el Golfo de Guinea con el fin de estudiar las costumbres indígenas. Se había instruido por su cuenta, leyendo ensayos científicos, etnográficos... y relatos de su admirado Burton.

Fue la primera mujer en escalar los 4.090 metros del monte Camerún, ataviada con unas faldas aparatosas donde ocultaba un revólver y una navaja. El formol y los frascos eran para recolectar los peces que le habían encargado los del Museo Británico. Que pusieran su nombre a tres nuevas especies le hizo tanta ilusión como aprender a descender por los rápidos del Ogooué. Abofeteó a un cocodrilo con el remo y un hipopótamo se las vio con su parasol; tuvo otro encontronazo con un leopardo, trapicheó con antropófagos y criticó a la Administración colonial por no entender prácticas como la poligamia.

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Llenó su apartamento de Kensington de añoranzas, decorándolo con fetiches, talismanes, máscaras... y poniendo la calefacción a temperaturas propias del trópico. La Guerra de los Bóers fue la excusa para acabar sus días en África: se ofreció como enfermera y falleció en Ciudad del Cabo de una fiebre entérica.

Mary Kingsley era el personaje de moda. Había vuelto de su segunda exploración al Congo francés y todos querían escuchar sus historias de caníbales: “No me parece que representen un peligro para los blancos. La única molestia consiste en tratar de impedir que alguno de tus acompañantes negros sea comido”. Impartía conferencias en las sociedades geográficas que no siempre le dejaban leer a ella, por fémina (situación que la antisufragista aceptaba sin ningún resquemor). Su libro Viajes por el África occidental fue el fenómeno narrativo de 1897; a él pertenece el texto siguiente, publicado por la editorial Valdemar.

“Dadme un río del África occidental y una canoa para sentir un placer auténtico”

Nuestro primer día de marcha fue realmente duro y largo. Senderos como tales, no encontramos ni uno. Hora tras hora, milla tras milla, caminamos por una senda profunda, densa, agobiante. La marcha de los fang, sin duda los africanos más veloces y resistentes que he conocido, agotó también a mis ajumba, más lentos, y acaso por más civilizados, menos diestros, casi como yo misma, para valerse en tierras tan difíciles. Los ajumba son, desde luego, excelentes navegantes de río, y así me lo demostraron desde Arevooma a la región en donde habíamos tomado contacto con los fang, la de M’fetta, pero por la selva no parecían ni tan fuertes ni tan frescos. Incluso creí que alguno de ellos enfermaría. Los fang, por el contrario, se mostraban en aquel ambiente como peces en el agua, daba gusto verles sortear obstáculos –árboles caídos, vegetación extenuante, pedruscos del tamaño de auténticas rocas de acantilado, etcétera– como si nada. El que peor parecía llevar aquello era el igalwa, Ngouta, que daba la impresión de ir a desmayarse, si no morirse, de un momento a otro.

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Creo que, en realidad, lo que nos salvó a todos, paradójicamente, fue el apetito de los fang: cada dos horas, más o menos, hacían un alto y comían algo de lo que llevaban en sus zurrones, por así llamarlos, algo de lo que nos ofrecieron y también comimos nosotros, pues sabíamos que era solo pescado y carne de hipopótamo... Después de un trago de alcohol, se fumaban una pipa de tabaco, tranquila y relajadamente, y otra vez a caminar. Sobrevivimos, o al menos aguantamos su ritmo infernal, sin duda por alimentarnos tantas veces como ellos lo hacían, aunque también acudiendo a nuestras propias vituallas. Yo, además, a mi té, que compartía con Ngouta. Y a seguir a los fang, a través de la selva, como si fueran la estrella que nos guiara, la estrella de nuestra buena suerte. La buena estrella que me guió, más en concreto, en aquella tarde ya avanzada de nuestro primer día de periplo selva traviesa, cuando descendíamos con mucho cuidado por un barranco. Abajo había varios elefantes, unos cinco, quizá seis... Y vi llegado el momento de demostrar a aquellos hombres quién era yo. Nunca antes había disparado un rifle contra ningún animal, solo contra alguna botella, y nunca había supuesto que fuera capaz de acertar a un animal, por muy grande que fuese, pero en aquel punto y hora, ya cuando bajamos por el barranco y estuvimos a cierta distancia de los elefantes, pedí su rifle a uno de mis hombres, me lo eché a la cara, me acerqué un poco más, apunté a la cabeza de uno de aquellos elefantes, apreté el gatillo... y el gigantesco animal cayó mortalmente herido, ante mi sorpresa y ante la admiración de mis hombres y de los fang. Ya ninguno de ellos podría contar que había tenido que salvar del ataque de un elefante furioso a una damisela europea, pues los otros pobres y nobles brutos, al oír la detonación, salieron en estampida. Nunca creí que estas cosas ocurrieran de manera tan sencilla, mas fue tal y como lo refiero. Me sentía muy orgullosa de cómo me miraban mis hombres y los tres fang. En lo sucesivo, nada podrían reprocharme si me entretenía más de la cuenta recogiendo plantas de cuscuta, que había por allí a montones, y que también quería llevarme a Inglaterra, aunque fuera ya secas, pues sus aplicaciones medicinales en África atraían la atención de muchos investigadores (…)

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Seguimos por zonas cada vez más difíciles de transitar: en alguna rodeados de ciénagas, y lo que es peor, de arenas movedizas. Fuimos en fila india, tomados de la mano, yo como un hombre más, pues creo que así me consideraban ya después de lo del elefante, para ayudarnos y evitar malos pasos, o para poder tirar rápidamente del que tuviera la desgracia de caer en una de aquellas trampas, terriblemente mortales, con que la naturaleza ha dotado el corazón de la selva africana.

Después, en tierras menos peligrosas, otra nueva parada para comer. Y seguimos... Hasta un punto de la selva, en un lodazal, en el que había otro grupo de elefantes retozando. Kiva, entonces, el más valiente cazador de elefantes, como me lo habían presentado, acaso por considerarme ya de su gremio, me llamó para que los observara. Sugerí que nos acercásemos más, pero rehusó, dijo que, en caso de tener que hacer uso de los rifles, acaso no dispusiéramos de munición suficiente y era preciso guardarla para situaciones de emergencia. Estaba claro que, al hablar de la munición, se refería únicamente a la que él y yo podríamos disparar... No tenía en cuenta ni a los ajumba ni al igalwa, acaso ni a los otros dos fang que nos acompañaban. Así que nos limitamos a ver cómo aquellos elefantes tomaban pacíficamente su baño de lodo, sus patas enormes como las mesas de Madeira, sus trompas que enlazaban para saludarse en señal de amistad y de alegría. Creo que aquellas muestras de deferencia que me ofrecía el fang molestaron algo a mis ajumba. (…) El desprecio que les hiciera a propósito de los elefantes, considerando que solo él y yo éramos capaces de abrir fuego contra los pobres animales con alguna garantía de éxito, había hecho mella en su ánimo, sin duda. Bueno, ya se les pasaría.