Maru Valdivielso, actriz

Se hizo actriz por casualidad, después de rodar la película “Sahara”, con apenas 20 años. De no haber sido por esa aventura personal y cinematográfica, hubiera estudiado Derecho, para dedicarse luego a la política. Hoy recuerda algunos viajes de cine y confiesa su atracción por la cultura japonesa mientras representa en Madrid la obra teatral “Test”.

Javier del Castillo
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Foto: Victoria Iglesias

A Maru Valdivielso le cambió la vida el encuentro fortuito con un director de cine –Antonio R. Cabal– a principios de los años 80. Buscaba a una joven morena para protagonizar la película Sahara en los desiertos de Argelia y ella reunía las características y el perfil que buscaba. Maru estaba estudiando Derecho en la Universidad, pero convencieron a su padre –entonces directivo de la empresa Pegaso– para que la dejara embarcarse en aquella inesperada aventura. “Mi padre, que había estado viajando toda su vida por razones de trabajo, entendió que no podía robarme esa utopía de crecer, de salir y de vivir experiencias propias. Es algo que le agradeceré siempre”.

¿Cómo recuerda ese rodaje?

Acepté hacer la película porque se rodaba en el desierto. Y podría vivir el viaje de mi vida, la aventura de mi vida. Yo no soy actriz de vocación. Lo mío fue absolutamente casual, pero no podía haber nada más alucinante en aquel momento.

¿Qué es lo que más le impresionó del desierto?

Los espacios. Mirabas para un lado y veías el Sol poniéndose; mirabas para el otro lado y veías la Luna redonda, asomando espectacular por encima de las dunas. Cosas totalmente maravillosas. Cuando quedaban tan solo cinco minutos para terminar el día de rodaje, corríamos hacia el otro lado y entonces volvíamos a encontrar el sol que necesitábamos para continuar rodando.

Maru Valdivieso

Creo que los tuareg ofrecían por usted 12 camellos y 40 cabras…

Pero por la maquilladora, Ana López, que era rubia, ofrecían mucho más. Daban más camellos y cabras… Yo era muy morena. Parecía un conguito después de varios meses de rodaje en el desierto. Empezamos rodando en Orán y acabamos muy cerca de Libia.

¿No se sienten los actores un poco nómadas, como los tuareg?

La profesión te obliga a moverte por todas partes y en todas las condiciones. Estoy bastante acostumbrada a hacer la maleta, aunque últimamente hago más teatro y, salvo alguna gira, moverse con una función de teatro es más complicado. Aun así, el año pasado estuve en Colombia y hace dos años en Cuba.

 Gracias al cine ha visitado lugares que de otra forma quizás no hubiera conocido.

Pero no disfrutas de los sitios, porque vas a trabajar y no hay tiempo para hacer turismo. En Argentina estuve trabajando un año, con 27 o 28 años, y ahora quiero volver. Emocionalmente estoy todavía ligada a ese país. Estuve en Buenos Aires en la época de Raúl Alfonsín, durante aquel intento de que pasara algo nuevo, que lamentablemente se quedó en nada. Los argentinos estaban esperanzados, maravillosos, y Buenos Aires bullía. Me parecen muy creativos, unos supervivientes, unos artistas... Durante aquella estancia larga en Argentina aproveché para visitar las cataratas de Iguazú y el glaciar Perito Moreno.

Otra de sus películas, “Iguana”, se rodó en Lanzarote y en Roma.

En Roma solo se rodaron interiores, en los estudios de Cinecittà, pero en Lanzarote estuvimos un mes recorriendo la isla. Disfruté mucho de Lanzarote. Es una isla fascinante. Pero reconozco que al cabo de un mes tienes la sensación de estar allí algo encerrado. Al final eso nos pasó un poco de factura.

¿Puede contar algún viaje interesante que no haya tenido nada que ver con el trabajo?         

Hace diez años me fui yo sola a Birmania. No tenía a nadie que me acompañara, pero en ese momento necesitaba salir de España. Ahora es un país que se ha puesto de moda, como Vietnam, pero entonces lo visitaba muy poca gente. Cuando yo estuve había controles y no te dejaban ir a donde te diera la gana. Aun así, fue una experiencia buenísima y me encantó visitar ese país.

¿Le gustaría vivir fuera de España?

No. Me gusta muchísimo nuestro país. Cuanto más salgo fuera, más me gusta España. Yo soy muy madrileña. Vivimos en una ciudad que tiene de todo, y que es muy abierta y muy hermosa.

Maru Valdivieso

¿Hay algún lugar de Madrid por el que sienta debilidad?

Va a chocar un poco, pero estoy enamorada de Lavapiés. Creo que es el único barrio que queda en Madrid al que todavía se le puede llamar barrio. Puedes salir a la calle y encontrarte a las vecinas de toda la vida, gente muy mayor que puede mantenerse en sus casas. Hay muchos inmigrantes, pero a mí la multiculturalidad me gusta. Me encanta ver gente de todos los países conviviendo. Es un barrio con mestizaje, en el que se debería invertir más dinero para mejorarlo.

Este verano pasado estuvo representando la obra teatral “Test” en Bilbao. ¿Qué destacaría de la capital vizcaína?

Bilbao me parece una ciudad alucinante. La gente es amabilísima, se come muy bien, está limpia, ordenada, bella y con un casco antiguo bien arreglado. Lo nuevo que han hecho tiene personalidad. Vine de Bilbao fascinada. Terminar viviendo en el País Vasco o en Asturias no me parece descartable.

¿Le gusta documentarse bien sobre los lugares que va a visitar antes de hacer la maleta?

Tengo un problema muy serio a la hora de viajar: me oriento fatal. Entonces, me da igual llevar mapas o guías porque sé que voy a perderme. A mí lo que me gusta es lanzarme a la calle y buscar. Al final acabo encontrando los sitios. El primer lugar que visito cuando llego a una ciudad por primera vez es el mercado. Se aprende mucho en los mercados. Ves cómo es la gente, cómo vende sus productos, si la madre va a comprar con los niños, si van los abuelos... Los mercados te ofrecen una cantidad bestial de información sobre la ciudad que visitas. Me gusta ir a los sitios despacio y dejándome llevar: hablar con la gente, moverme y visitar lugares que no están en el programa.

¿Podría contarnos alguna peripecia singular vivida en sus desplazamientos?

La situación más difícil por la que he pasado ocurrió de madrugada en el aeropuerto de Argel, cuando volvíamos para España. Me fui yo sola al baño y se metió detrás un policía. Fue un momento muy difícil. Era un hombre mayor, armado, y yo una chica de veinte años que nunca se había enfrentado a una situación así. No hablo francés, pero en aquel momento le dije en francés y por señas que no era soltera, que “mon mari” estaba arriba durmiendo y que, por favor, me dejara en paz. Al final me dijo: “Espera aquí, cuenta hasta treinta y sales”.

Si pudiera vivir en otra época, ¿cuál elegiría?

Me gustaría situarme como mera observadora en muchísimas épocas de la historia o de la prehistoria. Pero, como mujer, no querría vivir en otra época que no fuera el siglo XXI, que es cuando nosotras estamos empezando a coger las riendas de nuestra vida.

¿Qué viaje de su infancia le trae mejores recuerdos?

Una excursión que hice con mis padres a Ciudad Rodrigo (Salamanca), con 12 ó 13 años. Aquella ciudad, toda empedrada, me pareció mágica. Comimos un cordero estupendo y nos hicimos unas fotos en las que me veo horrible, de adolescente, medio creciendo.

¿Algún paisaje que le haya dejado huella?

Guardo un recuerdo especial de la selva de Irati, en Navarra. La conservo en mi retina como uno de los paisajes más alucinantes. Me recompuso el alma ese viaje; el contacto con esa naturaleza tan extremadamente bella, en otoño. 

¿Cuál será el próximo destino soñado?

Tengo muchas ganas de hacer un viaje largo a Japón. Quiero recorrerme durante un mes aquel país porque me gusta mucho su cultura, su arte y su teatro. Hay una fascinación mutua entre España y Japón. También me encantaría conocer Chile y la India.