Isabelle Eberhardt, espíritu nómada

La escritora y reportera suiza fue una intrépida aventurera de personalidad nómada, enamorada de las soledades saharianas y del errar sin fin por las arenas turbulentas del Magreb colonial de principios del siglo XIX.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Viajar

Para unos era Isabelle Eberhardt (1877-1904); para otros, Mahmoud Saadi, el nombre que la escritora suiza usaba cuando se disfrazaba de caballero árabe en sus vagabundeos por el norte de África. Con chilaba blanca, turbante y chechia, pasaba desapercibida en los tugurios de Argelia y Túnez. Le daba al alcohol, al kif y al juego, desprendiéndose de su identidad masculina en las noches de sexo. Con la misma pasión espiritual abrazó el Islam; debatía con los mulá y recitaba el Corán en versión original.

El idioma del profeta lo aprendió en su Ginebra natal de pequeña, junto a otras siete lenguas, entre ellas la materna. Era hija de una aristócrata rusa que, exiliada de su país y de su marido, vivía con un ex pope armenio reconvertido al anarquismo, el preceptor de sus hijos. Se cree que él fue el padre de Isabelle; cierto o no, se ocupó de educarla como a un chico. Las primeras revelaciones del mundo musulmán le llegaron a través de los libros, si bien hasta los 20 años no cruzó el Mediterráneo; su madre le acompañó, pero a los pocos meses falleció. La pena encontró consuelo en el desierto, cabalgando sola o entre beduinos y espahíes. Con uno de estos soldados se casó en Marsella, de donde fue expulsada por "agitadora extranjera" después de que un fanático intentara partirle el cráneo. Ya la tenían en la lista negra por criticar la política colonial, aunque también colaboró como mediadora entre las tribus rebeldes y la Administración francesa. Solo la inmovilizaban la sífilis y la malaria. Sin dientes y medio calva, la joven murió enterrada por una riada en la ciudad argelina de Aïn Séfra. Dos nombres rezan en su lápida: Mahmoud y Eberhardt.

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La misma Isabelle Eberhardt decía que tenía dos vidas: "Una está llena de aventuras y pertenece al desierto; la otra, apacible y tranquila, está consagrada al pensamiento…". Su corta existencia le dio para escribir más de dos mil páginas de anotaciones, relatos y artículos; no obstante, la mayor parte de su obra se publicó post mortem. En cuanto a sus trabajos como corresponsal de guerra, nunca le sacaron de la pobreza. El texto a continuación corresponde a fragmentos de El Meddah, un cuento sobre un rapsoda árabe recopilado por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo en el libro País de arena.

"Ningún otro lugar de la Tierra me ha embrujado y encantado como las soledades movedizas del gran océano desecado"

En los estrechos y deteriorados compartimentos de tercera, una multitud de albornoces polvorientos se amontona ruidosamente. El tren ha salido ya e, indolente, marcha sobre los raíles recalentados, mientras los beduinos no se han instalado todavía. Hay una enorme y alegre algarabía... Pasan una y otra vez por encima de las pequeñas mamparas que separan unos compartimentos de otros, ponen los bolsos y los hatos andrajosos unos sobre otros y se organizan para un largo viaje... Acostumbrados a los grandes espacios libres, se llaman a voces, ríen, bromean e intercambian palmadas amistosas. 

Al fin, todo el mundo está en su sitio, en la creciente atmósfera asfixiante de los reducidos compartimentos constantemente invadidos por remolinos de pesado humo, cargado de hollín negro y viscoso. Se hace un relativo silencio. De los informes petates y de los bolsos emergen los yuak, gasba, benadir y una gaíta, la orquesta inevitable de todas las peregrinaciones árabes. En el compartimento central se levanta entonces un hombre alto, robusto y orgullosamente revestido con un albornoz cuya blancura contrasta con el tono terroso de los otros... Su rostro, más hermoso y regular, de hombre del sur, es moreno y está curtido por el viento y el sol. Sus ojos, alargados y muy negros, brillan con una particular vivacidad bajo sus cejas bien arqueadas. Impone silencio con su mano larga y delgada de ocioso. Es El Hach Abdelkader, el meddah. Se prepara para cantar y los demás, de rodillas sobre las banquetas, se inclinan para escucharle por encima de las mamparas. (…) Los entusiastas oyentes realzan ciertos pasajes con unos admirativos ¡Al-lah! ¡Al-lah! Y el tren, sierpe negra, desaparece a través del campo calcinado, llevando a los ziar, su música y su inocente alegría hacia alguna blanca kubba de la tierra africana.

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Al norte, las altas montañas se levantan como muros en el horizonte, encerrando la Meyua. De cresta en cresta, van descendiendo hacia el sur hasta la inmensa llanura de Hodna. En la cumbre de una colina elevada, sobre una especie de agrietada y roja terraza desarbolada y sin una brizna de hierba, se levanta una pequeña kubba de un blanco lechoso, abandonada en medio del desolado caos de áridos y abruptos collados en los que la luz incandescente del verano proyecta reflejos de incendio. (…) Los beduinos, entre fuertes y melodiosas invocaciones, van y vienen en torno al makam erigido allí en honor de Sidi Abdelkader, señor de las Tierras Altas. Debajo de unas tiendas rasgadas de tela color pardo, unos cabileños en blusón y turbante despachan café mal molido en tazas desportilladas. Atraídas por el líquido azucarado y exasperadas por el calor, las moscas se ensañan en las caras sudorosas, en las manos y en los ojos de los consumidores. Zumban las moscas y los beduinos discuten, se ríen, se pelean, sin cansarse, como si su gaznate fuera de bronce. Hablan de los asuntos de su tribu, los mercados de la región, los precios de los comestibles, la cosecha, los astutos trapicheos con el ganado y los impuestos que pronto habrá que pagar. Aparte, bajo una gran tienda rayada y baja, las mujeres cuchichean, invisibles, pero siempre atrayentes, fascinantes con su sola cercanía para los jóvenes de la tribu. (…)

Recostado sobre una estera, con los ojos entornados, el meddah descansa. El Hach Abdelkader, muy apreciado por su hermosa voz y su inagotable repertorio, no se deja llevar por el auditorio. Indolente y de modales delicados, sabe mostrarse terrible cuando le atropellan. Se considera a sí mismo como un personaje importante y canta solo cuando le place. Perteneciente a la tribu de los Uled-Nail –hereditariamente viciada por la prostitución secular–, vagabundo desde la infancia y acompañante de los meddah que le habían enseñado su arte, El Hach Abdelkader había conseguido ir en peregrinación a las ciudades santas en el cortejo de un piadoso e importante morabito. Hábil y egoísta, pero de espíritu curioso, al volver había tomado el camino más largo: había recorrido Siria, Asia Menor, Egipto, Tripolitania y Tunicia, recogiendo, de aquí y de allá, historias maravillosas, cantos piadosos e incluso las cantinelas de amor y de nefra tan queridas de los beduinos... Sabe contar esas historias y sus propios recuerdos con un talento natural. (…)

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En carros, en mulas, a pie o arreando sus cargados borriquillos, los ziar de Sidi Abdelkader se van y, llegados al pie de la montaña, se dispersan para alcanzar sus aduares allí ocultos en el melancólico resplandor de la campiña. Y el meddah, con su atillo de pingajos atado con una cuerda, toma al azar una pista cualquiera. (…) Despreocupado, durmiendo en los cafés moros, donde le albergan y alimentan por unas cuantas coplas o algunas historias, El Hach Abdelkader atraviesa tribus beduinas y cabilas, sedentarias y nómadas, subiendo en verano al norte y franqueando en invierno las Altas Mesetas heladas para llegar a los puertos sonrientes del Sahara: Biskra, Bu Saada, Tiaret... Así, de mercado en mercado, de taam en taam, yerra feliz, con la dicha fugaz y poco complicada de los vagabundos natos. (…).

Texto extraído de País de arena. Relatos argelinos. Isabelle Eberhardt. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 1989.