El gen de la aventura

Novoa amaba la aventura, pero solo si servía para aprender, para conocer, para mejorar nuestra vida.

Mariano López
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Foto: Victoria Iglesias

José Manuel Novoa tenía el gen de la aventura. En los años 70, le dejó una novia y se fue al Amazonas. Estuvo cuatro meses en la selva, malviviendo con la renta que le procuraron dos guitarras que vendió en los mercados sin nombre que se levantan de día donde luego duermen los caimanes. A su regreso se empeñó en conocer a los tuareg. Viajó por el desierto, en las caravanas de camellos que llevaban la sal desde Bilma hasta Tombuctú: 600 kilómetros por el territorio más cálido del planeta, el desierto del Teneré. Compartió tienda con los hombres azules y luego mula con los bereberes. El primer número de esta revista VIAJAR llevaba un reportaje de Novoa dedicado al santuario de las mujeres cheloh, bereberes autóctonas del Alto Atlas a las que entrevistó en las aldeas de Imilil, dispersas entre picos y barrancos, y en el Santuario de Sidi Chamaruch, el misterioso templo de la fecundidad. Su primer libro trata sobre otro misterio: la secta de los bandjis (iniciados), una sociedad secreta de Guinea cuyos extraños cultos se apoyan en el consumo de iboga, la droga que comunica con el Más Allá. Novoa llegaría a probar la iboga para mostrar en persona sus efectos en uno de los 161 documentales que dirigió. La droga le paralizó el sistema locomotor, le sacó del tiempo durante 26 horas, pero no le mató. Como tampoco lo harían el mal de altura boliviano, el frío de la tundra siberiana, que recorrió, ni la ambición de los huaqueros armados de Perú, a los que se enfrentó. Hasta sobrevivió a un accidente de helicóptero. Novoa tenía baraka, la suerte que acompaña a la gente con buen karma que se entrega a la aventura. Hasta el pasado septiembre, cuando una tonta fiebre le quebró. En su entierro, saludé a Jesús González Green, el primer aviador que cruzó en globo el Atlántico de este a oeste. Un aventurero que despedía, esa mañana, a un camarada. 

En febrero de este año, Novoa publicó el que sería su último reportaje en VIAJAR. Un texto preciso y cautivador sobre la Ruta Moche, una de sus pasiones en Perú. En Perú comenzó su dedicación a la arqueología. Perú le fascinaba. Decía que era "el Egipto de América". Allí comenzó a explorar tumbas con Walter Alba, el Indiana Jones peruano, un tipo que no empezaba una excavación sin una pistola, sin disparar tiros al aire para que se marcharan los saqueadores de tumbas.

Novoa amaba Perú. Le recuerdo ahora con sus ojos vivaces, su anticuado bigote, y su expresión siempre feliz, de niño juguetón, hablándome de Perú, del Señor de Sipán, de la Dama de Cao o del Chavín de Huántar, donde había rodado su mejor documental, El Teatro del Más Allá, la fascinante historia de una casta de sacerdotes que mantuvo su poder en el Perú preincaico durante más de 800 años. Amaba Perú y amaba la aventura, pero solo si la aventura servía para aprender, para conocer. Durante cuatro décadas estudió la vida de otros pueblos, antiguos y contemporáneos, con el mismo fin: comprender mejor nuestra propia vida para tratar de mejorarla.

Escritor, documentalista, periodista, etnógrafo, curioso, aventurero, realizador y director de cine, Novoa disfrutó también con la radio. Empezaba una nueva temporada en el programa Gente Viajera, de Onda Cero, cuando falleció. Todos los que le conocimos, le leímos, le escuchamos, le echaremos de menos. Era un tipo excepcional, sencillo y humilde, con un gen aventurero, una disposición constante para la exploración. Descansa en paz, amigo. Donde quiera que estés, viajando.