Españoles en la Antártida, por Mariano López

Las bases de España en la Antártida deben gran parte de su existencia al profesor Antoni Ballester.

Mariano López

Algunos lectores me han llamado la atención sobre la falta de referencias a las dos bases que España posee en la Antártida en el reportaje titulado Antártida, al sur del fin del mundo, publicado en la pasada edición de VIAJAR. Tienen razón. El reportaje estaba dedicado a narrar el viaje de un crucero por las aguas y las islas antárticas. El barco no recala en ninguna de las dos bases, ningún otro barco las visita, pero, con todo, debería haber apuntado cómo y por qué España instaló esas dos bases y debería haber mencionado, con todo mi respeto y obligación, dos nombres a los que esas dos bases deben en gran parte su existencia: Antoni Ballester y Josefina Castellví. El primero de ellos, Antoni Ballester, fue el impulsor más entusiasta de la presencia española en la Antártida. En 1984, cuando yo le conocí, sus compañeros del CSIC decían que había sido inoculado por el virus antártico: no podía evitar la poderosa atracción del continente helado. Le recuerdo sentado en su despacho del CSIC, ya de noche, junto a un whisky, hablando de sus estudios sobre las fuentes de agua dulce en el interior de los océanos, de su primer viaje, en 1966, a los hielos del fin del mundo; de cómo consiguió tres invitaciones de la comisión antártica argentina para participar -junto con Marta Estrada y Josefina Castellví- en la campaña polar del rompehielos Almirante Irízar, en 1984; de las nuevas ideas que le habían surgido en aquel viaje y de su siguiente proyecto: la estancia de cuatro oceanógrafos españoles (Ballester, Castellví, Agustí Juliá y Joan Rovira) en la base Henry Arctowski, que la Academia de Ciencias de Polonia -donde Ballester tenía buenos contactos- mantenía en la isla Rey Jorge, la más septentrional de las Shetland del Sur.

Fue Ballester quien tuvo la idea de buscar emplazamiento para una futura base española en la Antártida. Convenció, nadie sabe cómo, al director de la base Arctowski, el polaco Stanislav Rakusa-Suszcewski, para que trasladara a los españoles hasta la desierta y helada isla Livingston, al sur de Rey Jorge. Rakusa-Suszcewski dio la orden y el día de Navidad de 1986 el barco polaco Koral ancló en las aguas de Livingston con los españoles a bordo. Los cuatro oceanógrafos desembarcaron en la solitaria isla de hielos perpetuos con una tienda de campaña, cuatro sacos de dormir, un camping gas y una escasa provisión de alimentos. Recorrieron la zona, evaluaron sus riesgos y determinaron que aquel lugar podía ser el perfecto emplazamiento de una futura base. Nadie, ninguna institución española pública o privada, se interesó por el proyecto. Pero, poco tiempo después, hubo un golpe de fortuna: el ministerio español de Asuntos Exteriores quiso aprovechar la renovación del Tratado Antártico, en su treinta aniversario, para que España formara parte del mismo, como miembro consultivo, y se encontró con que las normas del Tratado exigían que para ser miembro con derecho a voto había que contar con una base científica en la Antártida. Urgidos por esa necesidad, los responsables de Exteriores rogaron a los oceanógrafos comandados por Ballester que instalaran, a toda velocidad, en el siguiente verano austral, una estación en la isla Livingston. De la noche a la mañana, el sueño de Ballester pasó a ser una necesidad de Estado. Urgente. ¿Cómo se podía construir, transportar, montar, operar, una base antártica en un solo verano? Ballester llamó a sus amigos polacos. La base fue comprada en Finlandia. Costó 80 millones de pesetas. Sus módulos se cargaron en el buque polaco Garnulzewski. En Montevideo se unió a la expedición el buque chileno Río Baker, fletado por la Armada española. Los técnicos polacos de la base Arctowski desembarcaron, transportaron y ensamblaron los módulos de la base. Añadieron un regalo más: sus topógrafos levantaron un mapa de la zona donde por primera vez figura como Colina Reina Sofía la colina que está al norte de la base. Cuando se completó la instalación, los miembros de la expedición española, formada por cinco científicos -Ballester, Castellví, Joan Rovira, Mario Manríquez y Juan Comas- y cuatro técnicos -Jaime Ribes, Elías Meana, Félix Moreno y Roldán Sanz- izaron la bandera española, invitaron a una cena fría, muy fría, a los técnicos polacos, y mantearon al profesor Ballester, como si se tratara de un victorioso entrenador de fútbol. Así nació la Base Antártica Española Juan Carlos I. Gracias a su existencia, España fue admitida, en septiembre de 1988, como miembro consultivo del Tratado Antártico. Entre 1988 y 1991 se instaló en la isla Decepción, próxima a Livingston, la segunda base, Gabriel de Castilla. En abril de 1991, el CSIC recibió el primer buque polar español, el Hespérides, construido en los astilleros de Cartagena. Desde entonces a hoy, dos décadas después, han viajado a la Antártida más de 400 científicos españoles, apoyados por el trabajo de 2.000 militares. Debería haber incorporado estos datos en el reportaje, o, al menos, su resumen, esencial, que sólo ocupa una línea y dice: "gracias, Josefina Castellví y Antoni Ballester". Si me lo permiten, me gustaría añadir otra línea, muy personal, también de agradecimiento, a mi admirado y querido Antoni Ballester: por aquellas horas y horas de charla, por su entusiasmada pasión. Aún guardo algunas de sus notas. "No existe una sensación igual -me decía- a la que se produce cuando estás allí, solo, entre los hielos infinitos, que sabes que guardan el aire de hace millones de años. Algún día tienes que viajar a la Antártida. Que no se te olvide". Gracias, profesor. Por el virus.