Edith Wharton, pasión por la carretera

La novelista norteamericana más destacada del siglo XX fue una viajera infatigable y una fanática de los viajes en automóvil. Condujo vida y escritura por los caminos menos frecuentados de su tiempo.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: VIAJAR

La carrera viajera de Edith Wharton (1862-1937) empezó a los 4 años… “Y como buen retoño de unos padres aficionados a los viajes, se esperaba de mí que supiese cómo se viaja, incluso en la infancia”. La pequeña Pussy Jones nació en una pudiente familia estadounidense que emprendió un largo tour por Europa para esquivar la recesión económica. “¡Qué feo es esto!”, pensó cuando regresó con 10 años a Nueva York. En casa, su inquietud intelectual preocupaba; lo propio de una dama no era leer libros a escondidas sino casarse con alguien de su categoría. Edward (Teddy) Wharton valía; compartían fervor por los perros y los trayectos kilométricos: “Cada año nos marchábamos al extranjero en febrero y dedicábamos cuatro meses a viajar; era entonces cuando realmente me sentía viva”. En una ocasión alquiló un yate para navegar por las islas del Egeo cual Odiseo, pero su destino preferido era Italia, que recorrió en diligencia y en su estimado Panhard. Fue de las primeras norteamericanas en tener coche propio. Amaba la velocidad; esto es, conducir a 40 km/h por rutas no transitadas. Marruecos lo visitó cuando era un país sin guías turísticas, sobre el que escribió In Morocco. Otros de sus libros de viaje son The Cruise of the Vanadis, Italian Backgrounds y A Motor-Flight Through France.

La primera mujer ganadora de un Pulitzer cruzó el Atlántico 66 veces, hasta que, ya divorciada, fijó su residencia en Francia; allí se quedó cuando estalló la Gran Guerra: prestó ayuda a refugiados, mandó crónicas desde los frentes y recibió la Legión de Honor por su labor. Solo la enfermedad –murió de un derrame cerebral– puso freno a su pasión por el movimiento.

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Edith Wharton viajó por primera vez a España con sus padres, cuando recorrer la península en carros destartalados “era considerado todavía una ardua aventura, y la más patente muestra de locura emprenderlo con una niña pequeña”. Siendo ya una escritora famosa, recorrió con amigos las dos Castillas, Cataluña, Aragón, Cantabria, Asturias y Galicia. El texto a continuación corresponde a sus peregrinajes por el Camino de Santiago en la década de 1920, con fragmentos extraídos de la antología Del viaje como arte. Travesías por España, Francia, Italia y el Mediterráneo, publicada por La Línea del Horizonte.

“Debe de haber gran cantidad de peregrinos que llegan en tropel al santuario de Santiago y no saben nada ni de Santiago ni de España”

Ya desde la frontera pirenaica, el recuerdo y la esperanza de Compostela comienzan a batir sus alas celestiales en la mente de cualquier persona que ya ha estado allí. ¿Era verdaderamente un sitio único, como me había parecido? ¿Volvería a suscitar, como en la primera impresión, el mismo efecto de totalidad, de satisfacer todo aquello que ha soñado el corazón del hombre, la misma sensación que solíamos atribuir únicamente a la Acrópolis y a Segesta?

Hay tiempo suficiente para reflexionar sobre estas cosas. Aunque los cinco años que les solía llevar el camino a los peregrinos medievales se han reducido a cinco días desde la frontera francesa, o tres días, incluso, para aquellos faltos de espíritu que hagan caso omiso de la belleza y la dejen a un lado. No obstante, sálgase desde donde se salga, váyase a la velocidad desorbitada que se vaya, siempre parecerá que Santiago de Compostela está en los confines del mundo occidental, más lejos aún que Finisterre, que está más allá, en el Atlántico gris. Parte de su magia reside en su lejanía, que resulta, en cierta forma, independiente de vías de tren o de carreteras –las últimas casi perfectas ahora en España–. Un distanciamiento sagrado que parece caracterizar el lugar, emanar de él, refrenando al viajero ardiente con leguas que se despliegan a partir del vacuo paisaje montañoso.

La primer vez que fui a Santiago me acerqué paso a paso, por así decirlo, haciendo pausas pías en cada etapa de nuestra versión particular de los Siete Caminos de Peregrinación: el que va de Pamplona a Estella, Puente de la Reina, Carrión de los Condes, Frómista, Sahagún, hasta llegar a la fachada de conchas de la preciosa Casa de los Peregrinos –el Hospital del Rey– cerca de Burgos; y así sucesivamente, parando una y otra vez para retomar y seguir las huellas cansadas de los viajeros medievales. La segunda vez, cinco años más tarde, me apresuré a llegar a la meta en dos etapas en coche, que nos llevó, en los largos días de primavera, de Madrid a León, luego de León a las montañas cantábricas hasta nuestro destino.

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Precisamente la misma impresión de distancia, de incalculable lejanía de lo real, era tanto fruto de este viaje rápido como de nuestro avance gradual anterior. Santiago no parecía estar menos lejos de todo, ni menos inviolado entre sus colinas.

El efecto se debe, sin duda, en parte al hecho de que, cuando la carretera más allá de Astorga comienza a ascender hacia las colinas, las mismas tierras altas y saludables se extienden, pliegue tras pliegue, milla tras milla, llano tras llano, de tal forma que, durante horas, se encuentra uno rodeado por la misma distancia interminable y desarbolada, sonrojada por el brezo rosado y púrpura, o con muchos acres blancos como la nieve llenos de Genista alba, sin siquiera un pueblo o una casa para marcar las etapas del camino. Incluso los antiguos “marcadores de leguas” siguen ahí, lo que indica que, en muchas carreteras españolas, han sobrevivido a la introducción del sistema kilométrico, y muy a menudo engañan al cansado viajero, haciéndole creer que está a cinco millas de su destino en lugar de a quince. No hay nada, en estos amplios territorios de la sierra leonesa, para medir el tiempo y la distancia, mientras la carretera blanca se hunde y resurge, una y otra vez, y las mismas laderas de color rosa, violeta y lila, del color de las plumbagináceas, se funden con los mismos picos azules, todavía estriados y surcados de nieves eternas.

Para distancias iridiscentes el paisaje gallego es inigualable, a no ser por el de Grecia. Nunca existió tal juego de colores traslúcidos como el que nos circundó durante toda aquella larga tarde, hasta que de repente llegamos al verdor oscuro y lujurioso del Bierzo, esa hermosa región ajardinada entre las sierras de León y Cantabria. […]

Aquí y allá, pero frecuentemente en este bendito país, encontrábamos villas, o incluso una o dos ciudades pequeñas: Bembibre, con bellos restos de un castillo y cuatro torres con bases sólidamente plantadas entre los tejados de la villa, y Villafranca del Bierzo, con una preciosa fachada palaciega de color miel, risueña y con terrazas, que era la residencia de alguna antigua familia ducal. Pero todos estos lugares eran demasiado irreales, demasiado seguros, apartados de las vías del tren, de los tablones de anuncios, de las exasperantes estaciones, y de todos los signos de la estresante vida moderna, como para que hicieran añicos nuestras ilusiones. Santiago está más lejos, pero el Bierzo está, con mucho, también lejos.

Más allá de este valle escogido, nos sumergimos en más dunas y páramos, pelados e infinitos bajo la luz del sol poniente. Los pasamos al fin, y la carretera cae una vez más en un mar de verdor primaveral, de pastos para ganado, pintorescamente amurallados con losas de piedra colocadas en vertical; riachuelos serpenteando entre los álamos, más pueblitos, aunque estos todavía escaseaban, y ningún “monumento”. Nada hecho por el hombre que sobresaliese como para llamar la atención y distraer la imaginación. ¿Quién, tan cerca de Compostela, habría parado a otear el horizonte, o a rezar, ante cualquier obra menor hecha por manos humanas?

Texto extraído de Del viaje como arte. Travesías por España, Francia, Italia y el Mediterráneo. Edith Wharton. La Línea del Horizonte Ediciones, 2016.