Crónica japonesa, por Javier Reverte

A duras penas comprendemos qué es Japón y su historia, y quizás sea ese punto lo que más nos atraiga del país.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Siempre que cae un libro sobre el Japón en mis manos lo abro con deleite. Es un país que, si no amo, al menos aprecio sobremanera. Es el envés de China; o ni siquiera, pues los dos países se parecen tanto como Rusia a Tanzania o España a Vietnam. Me atrevería a decir que su único rasgo en común está en la forma rasgada de los ojos de sus habitantes. Por lo demás, nada les iguala; y, además, se detestan desde siglos.

Ahora ha aparecido un libro que abro con intensa curiosidad: Crónica japonesa, de Nicolás Bouvier, un escritor suizo que vivió varios años en el país y que, sin duda, constituye un interesante relato. Sin duda lo es, pero al tiempo resulta desconcertante. Primero de todo por su estructura, y, después, porque es el libro de alguien que intenta ser japonés sin serlo y que, además, sabe que no puede serlo. Sobre la nación nipona se han escrito numerosos libros viajeros. El genial Kipling –olvidemos un instante su cara imperialista– trazó un detallado retrato en las semanas que dedicó a recorrer el país. Y también los franceses Guillain y Loti, además del español Blasco Ibáñez. Pero ninguno ha intentado quizás penetrar tanto en el alma japonesa como el de Nicolas Bouvier.

Fíjense si no, ahora que está tan de moda en España la comida nipona, lo que Bouvier anota como triunfo de su voluntad por comprender el país: “Comenzaba a saber comer al estilo japonés. Tuve que aprender a no comer en absoluto (…) Al cabo de una semana de dieta, los aromas y sabores que poco tiempo atrás me parecían sospechosos me llegaban derechos al estómago. En cuanto sea posible, comeré de todo: ‘daicon’, ‘renkon’, grandes nabos obscenos con gusto fuerte y ácido que se maceran en salmuera; caldo de algas, limúlido crudo (‘tabiebi’) cortado en rodajas, grandes bivalbos negruzcos (‘sasae’), a los que el sake no les quita la amargura; incluso el ‘mishiro’, la sopa de algas del desayuno cuyo olor agrio y requemado me ha revuelto las tripas, me gustaban de sobra. Ya estaba aclimatado”.

La verdad es que es un país que puede parecerse a la comida tal y como la describe Bouvier: revuelve las tripas en cierto modo para gustarte según avanzas en su conocimiento. Como un bello cuerpo femenino vestido horriblemente al que vas descubriendo dejando caer sus velos.

El comienzo del libro pretende explicarnos ese galimatías que es la religión nipona, mezcla de sintoísmo y budismo. Y lo que logra es que no entendamos apenas nada, salvo que, para la primera creencia, el pecado no existe ni, en consecuencia, tampoco el castigo, y que la segunda es una religión sin Dios. Pero los japoneses se apañan sin problemas y Bouvier resalta esa convivencia interreligiosa. Con su historia pasa lo mismo: el autor la explica y a duras penas comprendemos qué es Japón, y quizás sea ese punto lo que más nos atraiga del país.

Pero lo mejor del libro está cuando Bouvier habla de Kioto. A los que conocemos la ciudad, nos parece su gema más preciada y, en cierta forma, es el alma misma de la civilización japonesa. “Con gusto –escribe el autor de la obra–... yo la situaría entre las diez ciudades del mundo donde merece la pena vivir un tiempo... Sin embargo, es una de esas ciudades donde la ‘densidad cultural’ es tal que a veces no tenemos tiempo de sentir...”. Y ha sacado de ello un excelente proverbio: “Arroja una piedra al azar y lastimarás a un profesor”.