El chiringuito

Recuerdo los chiringuitos como un oasis, llenos de hombres delante de una caña fresquita de cerveza.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Ahora que se esfuma el verano, comienza a entrarme una irrefrenable nostalgia de los chiringuitos, pues prácticamente todos cierran en los melancólicos inviernos de playas vacías. No sé quién los inventó y creo que la palabra viene de un vocablo cubano para nombrar a un tipo de café: chiringo, una forma de llamar al expreso. En todo caso, se trata de una soberbia creación. La playa es una suerte de apetencia visceral de millones de humanos, aunque para algunos es una especie de potro de tortura, sobre todo cuando tienes una familia numerosa. Ignoro la razón por la que una buena parte de los españoles y de los europeos consideran casi una necesidad el pasar una quincena de días, cada estío, arrimados al agua de los mares, preferentemente los meridionales. No creo que haya razones de salubridad que avalen el agua marina y los rayos de sol playeros, sino que más bien sucede lo contrario: deshidrataciones, quemaduras, algunos que se ahogan cada año... Pero hay que ir a la playa, qué demonio: de otro modo, las vacaciones no son vacaciones.

No obstante –ya digo–, el mito de la playa resulta cuanto menos estresante, si es que no insoportable en grado extremo. Por lo general acuden matrimonios de treintañeros con niños pequeños y, a menudo, acompañados por la suegra o los dos suegros (raro es el suegro solitario). Y la mayoría de las familias ocupan pequeños apartamentos en los que imagino que la gente duerme casi de lado y amontonada. Supongo que en las familias habrá sorteo para ver quién se levanta a las siete de la mañana y se acerca a la arena para colocar las toallas y la sombrilla en la primera o segunda o tercera línea, las más cercanas al agua. Y luego, ya entrado un poco el día, todos bajarán en alegre compaña a disfrutar del sol y andar medio en pelotas, cargados de flotadores, colchonetas, gafas de buceo, tubos, botellas de agua fresca para combatir la solanera y cremas contra el achicharramiento. Habrá también quien se lleve los bocadillos de media mañana. Y los padres se tumbarán al sol, la suegra se meterá en el mar hasta media barriga ocultando las varices y los niños se harán pis en el agua y luego correrán por la playa poniendo a todos los que están tumbados perdidos de arena. Si la familia tiene perro, qué voy a decirles: se secará la mojadura sacudiéndose como un cilindro lavacoches al lado de cualquiera que le pille cerca. Y así toda la quincena. Una delicia.

Yo pasé mi tortura particular en mis años de padre joven. Y recuerdo los chiringuitos como el extraviado en el desierto que da con un oasis. Siempre estaban llenos de hombres que componían gestos de alivio delante de una caña fresquita de cerveza, de esas que dejan empañado el cristal de puro fría. Y si estaba próxima la hora de comer y había unos boquerones fritos en un plato, mejor todavía. Los chiringuitos no requerían paredes y sí un buen techado de paja. Por ellos corría el aire húmedo y hasta allí no llegaban los niños cavernícolas con sus rociadas de arena. La suegra y la mujer te miraban con odio desde la sombrilla, pero tú hacías como si no las vieras. Y un par de cañas te convertían en el hombre más feliz del universo, en la certeza de que el mar está hecho para mirarlo.

Ahora que se esfuma el verano y que las familias se han ido y no hay a la vista ni perros ni niños, los chiringuitos cierran y tan solo quedan sus terrazas vacías y sus casetas de madera atrancadas. Y yo siento nostalgia de los veraneos.