Charles Darwin, el viaje que cambió todo

El naturalista, geólogo y biólogo inglés dio la vuelta al mundo en un viaje de investigación que duró más de lo esperado: cuatro años y nueve meses que cambiaron su vida y el conocimiento de la evolución de la especie humana.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Viajar

“Paréceme que nada hay tan provechoso para un naturalista joven como un viaje por apartadas tierras”. Charles Darwin (1809-1882) hablaba con conocimiento de causa, pues contaba con 22 años cuando circunnavegó el globo con el Beagle avante. El objeto de la expedición, impulsada por la Corona británica, era medir las corrientes oceánicas, cartografiar las costas de América del Sur y explorar islas del Pacífico. “Es indudable que se experimenta viva satisfacción contemplando países tan diversos (…), pero esa satisfacción no compensa ni con mucho todas las penalidades”. Combatía los mareos tumbándose en la hamaca y comiendo uvas pasas, si bien la mayor parte del crucero lo pasó en tierra firme, recolectando animales y plantas.

Darwin tenía afición por coleccionar minerales, conchas, huevos de pájaro... desde la infancia, cuando jugaba a realizar experimentos químicos con su hermano. Nunca fue un alumno aplicado. El padre, un médico rural adinerado, trató de encauzarlo: le envió a la Universidad de Edimburgo para que siguiera sus pasos, pero la sangre le daba grima; entonces le mandó a Cambridge a estudiar Teología, carrera que dejó colgada para unirse a la tripulación del capitán Fitzroy.

Se marchó como naturalista bisoño y regresó hecho un científico famoso; las más de 1.500 especies que recopiló le sirvieron para forjar la Teoría de la Evolución. Se casó con su prima Emma y no volvió a salir de Inglaterra por culpa de una enfermedad tropical que le provocaba dolores y fatiga extrema. Recluido en Down House, su casa de campo, el anciano achacado recordaba aquella travesía como los días más felices de su vida.

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El diario de Darwin fue un éxito de ventas cuando se publicó en 1839, quitándole protagonismo al propio informe de la expedición, escrito por el capitán Fitzroy. El texto a continuación pertenece a Viaje de un naturalista alrededor del mundo, editado por Akal, donde el científico relata su escala en Tahití. Llegaron a la isla el 15 de noviembre de 1835. Atrás habían dejado las selvas vírgenes de Brasil, el tormentoso Cabo de Hornos, las excursiones por los Andes, la pampa, los gauchos, las tortugas de las Galápagos (aunque algún ejemplar subió de pasajero al barco)... Solo se quedó con ganas de visitar las Canarias.

“El mapamundi deja de ser una vaga imagen para un viajero y se convierte en un cuadro cubierto de las más animadas y diversas figuras”. Charles Darwin

Al rayar el día llegamos a la vista de Tahití, isla clásica para todos los viajeros del Mar del Sur. Vista a cierta distancia es poco atractiva: no se distingue todavía la admirable vegetación de las tierras bajas y casi no se ven, entre el celaje, más que los picos abruptos y los precipicios que forman el centro de la isla. Gran número de canoas vienen a rodear nuestro barco tan pronto como echamos el ancla en la bahía de Matavai; para nosotros es domingo, para Tahití es lunes, pues de otro modo no hubiésemos recibido ni una sola visita; porque los habitantes obedecen con exactitud la orden de no echar al mar una canoa en domingo. Después de almorzar desembarcamos para disfrutar de todas las deliciosas impresiones que produce siempre un país nuevo y, sobre todo, cuando ese país es la encantadora Tahití. Una porción de hombres, de mujeres y niños, todos alegres y divertidos, se reúnen en la célebre punta Venus para recibirnos, y nos llevan a casa de Mister Wilson, misionero del distrito, que nos acoge con la mayor cordialidad. Después de descansar allí unos momentos vamos a dar un paseo.

Las tierras cultivables no son más que una faja de terreno de aluvión alrededor de la base de las montañas y protegida contra las olas del mar por un arrecife de coral que rodea toda la isla. Entre este arrecife y la costa está el agua tan tranquila como la de un lago; allí pueden echar los indígenas sus canoas con toda seguridad, y en el mismo sitio suelen anclar los buques. Las tierras bajas que se extienden hasta las orillas del mar están cubiertas por los admirables productos de las regiones intertropicales. En medio de los bananeros, naranjos, cocoteros y árboles del pan se labran algunos campos en que se cultiva la batata, la patata, la caña de azúcar y el ananás. […]

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Los habitantes son en realidad encantadores. Tienen sus facciones tal dulzura de expresión que no es posible imaginar que sean salvajes; y es tan grande su inteligencia que progresan en la civilización con suma rapidez. Los trabajadores van desnudos hasta la cintura, y así es como mejor puede admirarse a los tahitianos. Son altos, bien proporcionados, anchos de hombros; en una palabra, verdaderos atletas. No sé quién ha dicho que el europeo se acostumbra con facilidad al espectáculo de las pieles oscuras y que estas llegan a parecerle tan agradables y tan naturales como la suya blanca. Un hombre blanco que se baña al lado de un tahitiano hace el mismo efecto que una planta blanqueada a fuerza de cuidados al lado de un hermoso brote verde oscuro que crece vigoroso en medio del campo. Casi todos los hombres están pintarrajeados; pero acompañan tan graciosamente esas pinturas las curvas del cuerpo que producen un efecto muy elegante. Uno de los dibujos más comunes, pero cuyos detalles varían al infinito, puede compararse a la corona de una palmera. Parten estos dibujos, de ordinario, de la columna vertebral y se encorvan con arte a los lados del cuerpo. Podrá creerse que exagero, pero viendo el cuerpo de un hombre ornamentado en esta forma no he podido prescindir de compararlo al tronco de un hermoso árbol rodeado por delicadas plantas trepadoras.

Casi todos los viejos tienen los pies cubiertos de dibujos delicados, dispuestos de manera que simulan un zapato; aún cuando ha desaparecido ya en gran parte esta moda, siendo sustituida por otra. Aquí como en todas partes cambian las modas con bastante frecuencia; pero quieras o no quieras, hay que someterse a dejar que reine cuando se es joven. De este modo cada viejo lleva impresa, por decirlo así, su edad en su cuerpo y no puede jugar a los pollos. Las mujeres se pintan lo mismo que los hombres, y muchas veces llevan tatuajes en los dedos. Ahora (1835) se ha hecho casi universal la moda de afeitarse la parte superior de la cabeza, no dejando más que una corona de cabellos. Los misioneros han intentado reducir a los tahitianos a que abandonen tal costumbre, pero es moda, y esta razón es tan suficiente en Tahití como en París. Declaro que las mujeres me han desencantado; están muy lejos de ser tan hermosas como los hombres. Tienen, sin embargo, costumbres muy bonitas; por ejemplo: la de llevar una flor blanca o roja en la parte posterior de la cabeza, o en un agujerito echo en cada oreja. También suelen llevar una corona de hojas de cocotero, pero esto no es ya un adorno sino protección para los ojos. En resumen, paréceme que las mujeres ganarían mucho, más que los hombres, llevando un traje cualquiera.

Casi todos los indígenas saben algo de inglés, esto es, que conocen los nombres de las cosas más usuales; lo cual basta, con algunos signos, para poder conversar con ellos. Al volver por la tarde al barco nos detenemos para contemplar una escena deliciosa. Muchos niños jugaban en la orilla del mar; quemaban fuegos artificiales que iluminaban los árboles y se reflejaban en las aguas, otros agarrados de las manos cantaban canciones del país. Nos sentamos en la arena para presenciar la pequeña fiesta, y pudimos comprender que las canciones improvisadas se referían a nuestra llegada. Una niña cantaba una frase y las otras la repetían en coro. Solo esta escena bastaría para convencernos de que nos encontrábamos en la costa de una isla del célebre Mar del Sur.