Carmen de Burgos, periodista y viajera

La prolífica escritora andaluza fue una pionera del periodismo español que transgredió fronteras de género en su viajar incesante a principios del siglo XX. Este año se celebra el 150 aniversario de su nacimiento.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Viajar

No comprendo la existencia de las personas que se levantan todos los días a la misma hora y comen el cocido en el mismo sitio. Si yo fuera rica –fantaseaba Carmen de Burgos (1867-1932)–, no tendría casa. Una maleta grande y viajar siempre. Deteniéndome en donde me agradase, huyendo de lo molesto…”.

La primera huida fue de su Almería natal a Madrid. Se había casado a edad temprana, pero su matrimonio fracasó y al fallecer su segundo hijo se separó y se marchó de maestra a la capital, donde emprendió una vida nueva como intelectual. Fue la primera mujer española que un periódico contrató en plantilla, y la primera corresponsal de guerra cuando, en 1909, la enviaron a las trincheras de Melilla. Tanto prestigio tenía su nombre como el pseudónimo con el que firmaba: Colombine (también Perico el de los Palotes, Marianela, Honorine...). Escribía a favor del divorcio, el sufragio universal, la abolición de la pena de muerte... Relatos, novelas y libros de viaje “para que las mujeres como yo, que aún no pueden viajar solas por esa estúpida costumbre de acosar y hostigar a las damas que no están acompañadas de un hombre, puedan al menos soñar con mis escritos”. Sus peregrinajes fueron otra huida, de un país ultracatólico hacia una Europa moderna: “Cuanto más veo los decantados adelantos del extranjero, más pena siento por España”. Adoraba detenerse en París y Nápoles, acompañada de su hija o de Ramón Gómez de la Serna, su amante. Hasta que el corazón le empezó a fallar. Tuvo que anular conferencias en América por su enfermedad. Solo le quedaban fuerzas para escaparse a su estimada Portugal: “Si yo supiese que no iba a viajar más, me moriría".

Viajar

El de 1914 no iba a ser un viaje por Europa cualquiera; esta vez, Carmen de Burgos quería llegar a los confines del continente: salió de Suiza, continuó hacia Dinamarca, saltó a Suecia y subió hasta el Cabo Norte por Noruega. En el texto a continuación la escritora narra esta excursión apoteósica para contemplar el Sol de medianoche. Su intención era proseguir dirección Rusia, pero la Primera Guerra Mundial le fastidió el plan y tuvo que regresar a casa; como siempre, con la maleta cargada de crónicas para El Heraldo de Madrid, que luego recopiló en Mis viajes por Europa, editado por Libros de la Catarata.

“Un viaje es como una gran biblioteca puesta en fila, con los libros abiertos en lo más interesante, que vamos leyendo al pasar”

Desde que salimos de Hammerfest parece que caminamos hasta el fin de la tierra. Parece que en el Cabo Norte se va a acabar el mundo, que hay un abismo cortado a pico sobre lo infinito del espacio. Se van quedando atrás las altas montañas, con sus glaciares; desaparecen los fiordos como si se perdiesen en el interior de las tierras; ya no se ve vegetación ninguna; se ha perdido hasta ese festón de algas doradas que señala en las rocas de las montañas de los fiordos el límite de las olas. Aún vemos unas casitas y unos pequeños campanarios en la costa, mientras que frente a nosotros se borra esa guirnalda protectora de islas que nos ha resguardado y el océano se nos muestra con toda su pujanza; miramos hacia el Polo con cierta superstición, como si este mar naciera de allí y fuese tan terrible y omnipotente que tuviese fuerza hasta para deshacer las montañas.

Todos estos días ha hecho niebla, una niebla muy blanca y muy espesa que nos ha impedido ver el sol de medianoche, una de las ilusiones del viaje. No es solo un mero capricho ni una sugestión de lo extraordinario de ver el sol a esa hora los que disfrutamos de día y noche en las veinticuatro horas, es que el aspecto del cielo o, mejor dicho, de la luz, es aquí único. Las aguas del mar tienen un reflejo de azul muy lleno de luz, mientras que en el cielo aparecen, sin condensarse como vapores fluidos, las más bellas tonalidades de violeta, verde, rosa, grana y oro, como fuegos de artificio. Esta niebla es desesperante; por encima de ella alumbra la claridad a las montañas; parece hecha solo para reírse del largo viaje que hemos realizado para llegar hasta este sitio, pero al mismo tiempo ofrece otro espectáculo desconocido. Es una niebla blanca, pero blanca con un blancor de leche, de nieve, y de vez en cuando se eleva y se separa formando arcos de bóvedas inmensas y de mil caprichosas formas: ojivas, medio punto, herradura, arcos abocinados que nos impresionan como si fuesen la puerta de un lugar desconocido en el que hemos fatalmente de entrar. […]

El Neptuno echa el ancla al pie de esa roca de schiste, negruzca, a la que se ha llamado centinela del mundo, y muchos viajeros toman los volantines y se ponen a pescar, mientras otros miran al cielo. Unos cuantos se disponen a hacer la ascensión al cabo. Soy de ellos. No me gusta la pesca, aquí donde es tan fácil y abundante que no ha llegado aún al agua el anzuelo cuando ya lo ha cogido el pez. Es como si se le cogiese con la mano en un estanque.

Viajar

Tengo hambre en los ojos. Hambre de mirar, como si en las pupilas se hubiese de verificar el fenómeno de la cámara oscura que impresiona la placa y conserva la imagen; yo quiero guardar esta grandiosidad de mar, de cielo y de montaña dentro de mis ojos y poderlas reproducir; no me resigno a no volver a vivir estos minutos.

La ascensión es penosa; la roca se clava en los pies, el viento revuelve la ropa y dificulta la marcha; hay algas y un terreno pantanoso en la parte baja; caminamos más de una hora y media agarrados, primero, a una cuerda y después a un alambre, para llegar a poner el pie en la cumbre de la roca. Desagrada encontrar allí un pabellón en el que se venden refrescos y champagne. Una columna de granito conmemora la visita de Oscar II, y un varde la del káiser.

Me aparto de todos mis compañeros para mirar el paisaje y esperar el solemne momento de las doce de la noche, surge una ligera llovizna, que deseamos que continúe para librarnos de la niebla.

No se acaba aquí la tierra; no hay ese abismo dantesco a cuyo fondo hubiera querido asomarme para ver rodar debajo los mundos y contemplar nuestro globo rodeado de cielo y de astros. Se acaba el continente, pero el mar continúa; y más allá se halla aún tierra, desolada y perdida entre el mar y la nieve.

Ese mar amplio, bravío, desierto, es el principio de la banquisse, esos terribles témpanos como montañas de nieves flotantes que desafían los exploradores. ¿Por qué se explora ese mar? ¿Qué se puede hallar ya en esa región? Cazadores de ballenas, de osos blancos, de zorros azules y plateados, aventureros que no puedan encontrar nada que sacuda sus nervios, exploran aún y buscarán emociones y ensueños en esas regiones de un más allá desconocido, quizá impenetrable. […]

Pero el momento solemne se aproxima. Este sol de un disco de oro rojo que nos envuelve en una luz cirial y de crepúsculo se acerca al horizonte; se va a hundir, se va a ocultar en el tramonto, rápido, quizá como esas puestas de sol que hemos visto en el Ecuador. Lo sigo atenta; su luz es tan débil que se deja mirar; desciende lentamente sobre el mar; parece un cisne que se baña y se sacude con la cabeza fuera del agua. Su luz hace rielar en un arroyuelo de oro mate las aguas, deshaciéndose y multiplicándose en lo movible de su superficie verde roja. Es un momento de verdadera religiosidad. […]

¡La llamada del barco! Hay que seguir la ruta del destino; volver al mundo de siempre... Tengo que hacer un esfuerzo para poder moverme, para poder cerrar los ojos, librarme de la sugestión de este tinte azul pálido que envuelve todas las cosas en su luz difusa, esa luz infinita del espacio en el que ya no hay un horizonte que nos oculte los astros, en el que nosotros también nos habíamos sentido ilimitados e infinitos.

Texto extraído de Mis viajes por Europa, Carmen de Burgos. Catarata, 2012.