Blasco Ibáñez, por Javier Reverte

Su más famoso libro viajero fue “La vuelta al mundo de un novelista”, que publicó en tres tomos y en crónicas.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Vicente Blasco Ibáñez, muerto en 1928, fue un narrador de estilo naturalista, muy popular en su tiempo y hoy es casi un nombre olvidado. Ahora lo quiere recuperar la editorial Gadir en textos cortos en forma de ramilletes entresacados de su obra viajera, que si no fue muy abundante en títulos, sí que lo fue en número de páginas. Publicó al menos cuatro largos libros de viajes, La vuelta al mundo de un novelista, Oriente, Argentina y sus grandezas y En el país del arte, un recorrido por Italia fruto de un exilio. Y Gadir ya ha editado unos pocos pedazos.

Nunca ha habido un escritor español con tanta proyección internacional como la que Blasco Ibáñez tuvo en vida. Su obra Los cuatro jinetes del Apocalipsis fue llevaba al cine por Hollywood en dos ocasiones y alcanzó a ser una de las novelas más vendidas en la historia editorial de los Estados Unidos, hasta el punto de que sus tiradas llegaron casi a igualar en distribución en América a la famosa La cabaña del tío Tom.

Su actividad política fue casi tan febril como la revolucionaria. Crecido como furibundo republicano y feroz anticlerical, alentó, sin duda, una pasión populista y alcanzó en varias ocasiones a ser elegido como diputado en Cortes. Vivió el exilio también en momentos diferentes de su vida, sobre todo en París, en donde formó una de las plataformas de oposición más enfrentadas a la dictadura del general Miguel Primo de Rivera. También fundó periódicos y escribió miles de artículos a lo largo de su vida defendiendo sus ideas radicales. Cuando estalló la guerra de Cuba, se opuso decididamente a la intervención española, lo que le supuso tener que escapar al exilio, que aprovechó para recorrer Italia y escribir sobre ella su En el país del arte, en donde se publicaron un buen puñado de páginas dedicadas a Venecia, quizás las mejores del libro.

Su más famoso libro viajero fue, sin embargo, La vuelta al mundo de un novelista, que publicó en tres tomos y que fue desgranando en crónicas publicadas por varios periódicos del mundo. Como escritor y hombre público de éxito, no dejó de granjearse numerosos enemigos y algunos periódicos rivales no dejaron de burlarse del libro titulándolo con ironía La vuelta al mundo de un  novelista en ochenta mil dólares, debido al alto costo económico que supuso el viaje a Blasco, aunque lo recuperaría con creces gracias al éxito de su trabajo.

Su prosa naturalista se hace a menudo muy florida, preciosista en el uso de los adjetivos y en la descripción de paisajes y obras de arte. Su visión de la ciudad de los canales la termina de esta airosa manera: “Y yo, abarcando de una mirada a la dormida Venecia, cuyos remates de oro comienzan a  brillar con el resplandor de la aurora, doy mi último abrazo a esta tierra del arte, amante inquebrantable que jamás se agota entre los brazos y parece crecer en hermosura al arrullo de las caricias de sus adoradores”.

Resulta curioso, no obstante, que un hombre de espíritu tan progresista –al menos para su tiempo– como fue Blasco nos resulta a menudo y en temas hoy candentes lo que ahora llamaríamos “políticamente incorrecto”. En el mismo libro, refiriéndose a Lucrecia Borgia, afirma que asimiló “todas las pasiones y corrupciones de la época con esa asombrosa facilidad de adaptación que tiene la mujer lo mismo para el bien que para el mal”. Y poco después, refiriéndose a un líder veneciano, Daniel Manin, señala que “desmentía con sus actos el instinto rapaz de la raza israelí”.

Pero, pelillos a la mar.