De nuevo, África, por Javier Reverte

La regla de tres no falla nunca: educación es igual a cultura, cultura es igual a democracia, democracia es igual a progreso.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

En el último año y pico he realizado dos breves viajes al África subsahariana: el primero, hace algo más de doce meses, a la República Democrática del Congo, y el segundo, hace escasamente cuatro, con la Expedición VIAJAR a tierras de Suráfrica, Zimbabue y Botsuana. Son lugares que ya conocí en el año 1997, o sea, la friolera de casi veinte años atrás. E inevitablemente me he puesto a considerar, a la vuelta del segundo, en qué he notado cambiar a África durante el tiempo transcurrido entre aquel primer viaje a los dos de ahora. Naturalmente, no puedo hablar de cambios profundos, porque los dos periplos han sido breves. Pero las simples ojeadas a veces dicen mucho más de lo que parece.

Ya hablé del Congo, y en particular de su capital, Kinsasha, hace unos meses en estas mismas páginas. Y cierto es que no encontré demasiadas diferencias entre el país que conocí una década atrás y el que ahora me abría sus puertas. Tan miserable y caótica como llena de calor humano, Kinsasha es un buen ejemplo de lo que es la mayor parte del África subsahariana de hoy y de gran parte de la del ayer. O sea, en apariencia, los cambios son mínimos: cuatro o cinco hoteles de lujo, una zona residencial y un océano de miseria rodeándolos sería la pintura más exacta de la ciudad en un primer brochazo. Más o menos como en el pretérito.

Suráfrica ha sido cosa bien distinta. Bien es verdad que no me he asomado al deteriorado y peligroso centro histórico de Johannesburgo ni he echado poco más que una ojeada al barrio de Soweto –a la casa de Mandela, por supuesto–, al contrario de lo que hace veinte años hice, cuando era más joven y me gustaba husmear debajo de todas las alfombras y de las faldas. Tampoco he bajado a los miserables suburbios que llaman los Flats, en el sur, en la barriga de la lujosa urbe de El Cabo. Pero sí he visitado algunas de sus extensas áreas de lujo, como la rutilante zona de Sandton, donde el neón se hace rey de la noche, recorrido un buen puñado de sus carreteras y asomado a la capital, Pretoria, inundada por la jovialidad de los estudiantes universitarios. Cuando visité Suráfrica por primera vez, acababa de morir el apartheid y todavía sobrevivía una sociedad fragmentada por el rencor y no poco odio. Y en buena medida, aún sobrevive. Pero he tenido la impresión de que las viejas heridas de una sociedad tan cruel como fue aquella, dividida entre negros y blancos, entre afrikaners y africans, van restañándose. Quedan cicatrices, pero no hay balazos. Si acaso, existen todavía diferencias de corte social más que racial, que el progreso puede ir cerrando. Porque Suráfrica progresa a ojos vista. Es un país rico, inmensamente rico, en el que el nivel de vida de todas las capas sociales marcha a pasos agigantados. Lo muestran sus carreteras y sus medios de transporte, la modernidad de muchos de sus barrios y el nivel de escolarización, que es muy alto en todas las comunidades. Las inversiones cabalgan a ritmo vivo en el país y sus exportaciones son cada año más cuantiosas.

Me pregunto por qué el Congo, tan rico como Suráfrica, sigue siendo un país estancado mientras que este otro no lo es. Y solo se me ocurre una respuesta que tiene una palabra sin apelllidos: democracia. La regla de tres no falla nunca: educación es igual a cultura, cultura es igual a democracia, y democracia es igual a progreso. Aquí he hablado de dos ejemplos.