A 52 días de Tombuctú, por Mariano López

Los sabios del desierto alcanzan la alegría con la contemplación de las estrellas y el mundo abierto.

Mariano López

Tengo un amigo en Marruecos, Juan Antonio, a quien le cuentan historias las dunas. Hace años, recorrió África en su propio coche, en solitario, de este a oeste, desde Etiopía a Senegal; navegó varios tramos del Amazonas; se adentró en el infierno del Tamaklán, el territorio maldito de China; desbrozó las selvas de Guinea y peregrinó a los más intensos festivales de la India. Pero ahora parece haber saciado su sed de nómada en un solo paisaje: el Valle del Draa, cerca de Zagora, a mitad de camino, o casi, entre Marrakech y Tombuctú. El lugar es con certeza especial. En Zagora un cartel anuncia que aún faltan 52 días de viaje para cruzar el desierto en camello y llegar a Tombuctú. Durante siglos, por aquí pasaron las caravanas que soñaban con Tombuctú, el paraíso prometido tras el desierto; la ciudad de los magos, las esclavas, los mercados de oro, los templos blancos y el más bello de los palacios, construido para el rey de los songhais por un sabio arquitecto de Granada. Y viceversa. Los mercaderes de Ghana, Mali o Senegal descansaban en Zagora antes de enfilar el Tichka, el terrible paso del Atlas, la última prueba del destino antes de llegar a Marrakech. En la cumbre del Tichka aún venden amuletos para proteger a los viajeros y en la increíble plaza de Jemaa El Fna todavía se puede escuchar la música de los gnawa, el blues de los esclavos negros que llevaban su lamento desde el río Níger hasta el mercado de Marrakech. En medio de la ruta, Zagora y los pequeños pueblos del Valle del Draa, temerosos, siempre, de los viajeros. Algunos protegidos por murallas de adobe y alcázares de barro, fortalezas derrotadas por la lluvia; otros, escondidos bajo tierra en laberintos hurtados al sol. Y en el centro de la ruta de las kasbahs, junto a una montaña cuya cumbre brilla más que las montañas africanas de Manan, que los caravaneros creían recubiertas por diamantes, está el lugar elegido por mi amigo para ver pasar el mundo: a un lado, las montañas; a otro, el palmeral y el río; detrás, el desierto, y alrededor, los libros, los discos y los amigos. Conozco a Juan Antonio Muñoz desde hace más de 30 años. Juntos soñamos con recorrer el Kalahari, acompañar el descenso del Nilo desde Sudán, navegar hasta Zimbabwe por los ríos que llegan a Sofala, en el Mar Rojo. Él ha cumplido muchos de aquellos sueños y ahora se ha parado. ¿Por qué? ¿Qué puede convencer a un nómada, a un trotamundos verdadero, para que plante la tienda y detenga el viaje? Le acompañé por El Hara, en el Draa, y por M''hamid, la puerta marroquí del desierto, y oí hablar de él a los ancianos: "Escucha a las dunas, le cuentan historias". Quizá sea verdad. Leí que los sabios del desierto disfrutaban cuando, por fin, eran capaces de encontrar la alegría en la contemplación de las estrellas y del mundo abierto. "Gozamos al respirar, al beber agua y té, cuando oímos el silencio con humildad", dice el libro de los magos de Ibrahim al-Kuni. Mi amigo creo que ha aprendido a leer en las dunas, como si fueran jardines secos de Kioto; a escuchar el silencio. Quizá haya encontrado el paraíso, a mitad de camino entre Tombuctú y Marrakech. Ojalá sea verdad. Nos ayudará a reconstruir los mapas. La felicidad puede que se encuentre aquí, al lado. Al Sur. Donde siempre sospechamos que estaba.