Por los tejados de la Catedral de Palma

La joya arquitectónica de la capital mallorquina permite una experiencia insólita: su visita desde las alturas… cual gatos por las azoteas

Noelia Ferreiro
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Foto: ISTOCK

Soberbia, imponente, majestuosa, la Catedral de Palma, el más emblemático monumento de la ciudad, figura entre las construcciones góticas más relevantes de Europa (incluso la tercera más alta después de Beauvais y Milán). Por eso y porque goza de una intachable belleza, nadie que recale en la capital mallorquina debe marcharse sin visitarla: en su interior se desvela, además, todo una lección de arte balear.

La Seo, como se la conoce en la isla, eleva su silueta por encima del entramado urbano. Y aunque ya no se refleja en el Mediterráneo (cuentan que, en la antigüedad, el acantilado sobre el que se alzaba limitaba con el mar como si el propio templo emergiera de las aguas) sí proyecta su imagen en un lago de agua salada que fue creado a tal efecto. Pero lo que más sorprende, contemplada en perspectiva, es su maravilloso perfil. Esa arquitectura que entiende la luz natural como luz divina; esos muros alargados que casi se vuelven transparentes con la obertura de los vitrales; esos diferentes estilos que no sólo enlazan el pasado con el presente sino que, además, transmiten una agradable sensación de armonía.

Existe una manera original y divertida de apreciar de cerca esta joya arquitectónica y, ya de paso, descubrir algunas otras curiosidades. Se trata de una visita desde las alturas, recorriendo cual gatos los tejados. Una excursión que consiste en subir al campanario (215 escalones) y dar una vuelta completa por las terrazas.

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En el Portal de la Almoina, en el lado norte de la Catedral, comienza la ascensión a la torre de 47,80 metros, construida a finales del siglo XV. Pronto se da con la sala de las campanas, nueve en total, entre las que destaca la llamada Aloi, del año 1592, que pesa más de 4.600 kilos y que cuando suena, en ocasiones muy especiales (por ejemplo, en la muerte del Papa) ha de ser accionada de forma manual por al menos nueve personas.

Después se accede a las terrazas, desde donde se vierten magníficas vistas sobre la bahía de Palma, allí donde llegaban los barcos cargados con el material de construcción hace más de siete siglos. Es momento de caminar entre los arbotantes, de contemplar en proximidad las gárgolas y su preciosista nivel de acabado, de deleitarse con el colorido de los ocho ventanales que dan al mar y los otros tantos que miran a la ciudad. Ventanales que estuvieron cerrados hasta el siglo XX, cuando Gaudí decidió que era una catedral muy oscura que pedía a gritos luz mediterránea. 

Así, desde las alturas, se llega al gran hito de la Seo, el rosetón mayor, uno de los más grandes del mundo, que maneja unas cifras mareantes: una superficie de 100 m2, un diámetro de 11,31 metros, una decoración de 1.115 cristales. Se le conoce como el ojo del gótico y tiene la particularidad de dar pie a un bello fenómeno: el llamado espectáculo del 8, que se produce dos veces al año (el 2 de febrero y el 11 de noviembre), cuando entre las ocho y las nueve de la mañana la luz del sol incide sobre el otro rosetón interior configurándose un 8 perfecto.

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Impresiona admirar este elemento en toda su dimensión, como también caminar por la terraza del mirador hasta la torre sur, descubriendo nuevos relieves y siempre con una fantástica panorámica a los pies. Una vez abajo, claro, se recomienda recorrer su interior, otra manera de disfrutar del monumento.

Y es que también entre sus muros la Catedral depara muchas sorpresas. Desde los retablos góticos y barrocos, hasta las intervenciones de Gaudí y la más contemporánea (y controvertida) aportación de Miquel Barceló en la capilla del Santísimo: un mural cerámico con motivos marinos inaugurado en el año 2007, que recrea una versión contemporánea del milagro de los panes y los peces. Puede ser amado u odiado, pero no hay que restarle originalidad. Dicen que no existe en todo el planeta una capilla más moderna.