Rutas del vino por las bodegas centenarias de la Rioja

Vino y territorio se ligan con tal fuerza que a muchos se les escapa que también en Álava y Navarra se hacen grandes riojas. Y es que una cosa son las fronteras administrativas y otra las de la Denominación de Origen. Acotamos sin embargo el recorrido a la más representativa Comunidad de La Rioja, tierra de buen beber y casi mejor comer donde la monumentalidad de milenios de historia y la belleza de sus sierras salpimentan las visitas por sus cerca de 300 bodegas, a pleno rendimiento durante estos ajetreados días de vendimia.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

Suaves pendientes tapizadas por hileras de viñas aún verdes, del amarillo al que tienden las hojas de la viura al agostarse o de los rojos que va adquiriendo la tempranillo. Este fotogénico mosaico de parcelas a cuadrícula define el otoño en La Rioja, la temporada que mejor le sienta. Pronto comenzarán a verse las cuadrillas de vendimiadores faenando por sus campos y los camiones a reventar de uva enfilando a las bodegas. Si asistir en ellas al ritmo frenético con el que arranca un año más el proceso de elaboración del vino es toda una lección de civilización y amor por la tierra, el paisaje se reserva lo mejor para después de la vendimia, cuando las plantas se visten de todos los colores durante unas semanas cuyas fechas exactas deciden el sol y las lluvias.

Por la Comunidad Autónoma más diminuta de España se levantan unos tres centenares de bodegas, no siempre abiertas al público, aunque el boom del enoturismo de los últimos tiempos ha vuelto tan abrumadora la oferta que habrá de elegirse a conciencia en cuáles reservar una visita. Un fin de semana se quedará irremediablemente corto. Porque, además de vino, La Rioja guarda otros tesoros de los que sería un pecado prescindir. Desde las caminatas por escenarios poco trillados como la sierra de Cameros hasta el placer de ver volar a las rapaces sobre su cañón del río Leza. Desde emprender en Enciso la Senda de los Dinosaurios o admirar el legado romano de Calahorra hasta presentarle sus respetos en San Millán de la Cogolla al conjunto monástico de Yuso y Suso, Patrimonio de la Humanidad por ser la cuna del castellano, si bien la paz que contagia su entorno serrano merecería por sí sola el galardón de la Unesco.

También el paso de peregrinos rumbo a Santiago sembró desde la Edad Media sus geografías de imprescindibles como el Monasterio de Santa María la Real de Nájera o la catedral de la igualmente monumental villa de Santo Domingo de la Calzada. A pesar de que, como por toda España, los malos políticos y la voracidad del ladrillo han permitido afear muchos pueblos con construcciones sin ton ni son o naves industriales en plena naturaleza, afortunadamente quedan muchos muy bien conservados: Ezcaray, San Vicente de la Sonsierra, Celórrigo, Arnedillo, los principales de Cameros, Briones, Sajazarra, Enciso, Cuzcurrita de Río Tirón, Cornago, Ábalos, Briñas... Algunos adornados por señoriales caserones de piedra de sillería, otros por murallas y castillos, y muchos por una larga tradición vinícola.

Pero si lo que se busca es una escapada enológica en toda regla, podría no salirse de Haro en varios días. A finales del XIX, gracias a bodegueros bordeleses que huyendo de la ruina de la filoxera trajeron aquí sus saberes, el auge que experimentó la industria hizo manar el dinero. Tanto, que Haro multiplicó sus palacios, alzó un Teatro que ya hubiera querido para sí Logroño y hasta pudo presumir de ser uno de los primeros sitios de España con alumbrado eléctrico en las calles. Su Barrio de La Estación reúne la mayor concentración de bodegas centenarias del mundo, con pesos pesados como López de Heredia Viña Tondonia, La Rioja Alta, Bodegas Bilbaínas, CVNE, Roda y Muga.

El favorito de Estados Unidos

Esta última fue de las pioneras en abrirse al enoturismo por la puerta grande y encima cobrar por ello, algo entonces impensable. Con la inauguración hace seis años de su Espacio Torre Muga se añadió desde un wine bar hasta un aula de catas donde iniciarse en sus caldos, a la cabeza los vinos españoles favoritos en Estados Unidos, según la revista WineSpirits. Aunque sin tanta organización como hoy, ya de antes la familia Muga permitía a los aficionados curiosear por su bodega, cuyos 25.000 metros cuadrados protagonizados por el roble dan para albergar una tonelería propia y vinificar separadamente las uvas según su calidad y viñedo de procedencia. La trasiega, con la que se asegura que no queden posos, la siguen haciendo a mano barrica a barrica cada cuatro o seis meses y a la luz de una vela. Con una vocación por lo tradicional que no está reñida con la osadía -prueba de ello es que se atreven a hacer un cava que, por cierto, está de escándalo-, el filtrado de sus tintos lo hacen también como toda la vida. Es decir, con clara de huevo. De ahí que en su tienda vendan las yemas artesanas que una pastelería de Haro les elabora y etiqueta como Procedentes de la clarificación.

Más ajenos si cabe a los vaivenes de las modas son los López de Heredia Viña Tondonia, cuyos vinos se rigen por normas propias. Si el Consejo Regulador de la DOC Rioja fija para los blancos un rendimiento máximo por hectárea de 9.000 kilos de uva, ellos se conforman con unos 3.000 para garantizarse la mejor fruta. Si su Viña Cubillo podría considerarse un Gran Reserva ya que supera el mínimo de dos años en barrica que le exigiría la ley, ellos prefieren venderlo como un simple crianza, ya que sus otros vinos -blancos y rosados incluidos- llegan a ser muchísimo más viejos. La singularidad de su filosofía, la enotienda que les diseñó la arquitecta estrella Zaha Hadid y las anécdotas del bisabuelo fundador, quien ya en el año 1877 aspiraba a abastecer a "gente que tenía coche, hablaba idiomas y se codeaba con la realeza", urgen a reservar cita en esta catedral del vino por cuyo laberinto de cavas subterráneas o calados reposan vinos carísimos entre el moho de las paredes y las telarañas.

Tradición y vanguardia

Por este barrio de Haro tampoco habrá que perderse la de La Rioja Alta, fundada en 1890 y con una nueva sala para catas del todo espectacular. Tras la típica degustación con la que suele ponerse fin a los recorridos guiados por las bodegas, podrá pasarse a la mesa en sus comedores privados, donde el Viña Alberdi, Viña Arana y Viña Ardanza son cortesía de la casa. Pero hay fuera de Haro infinidad de más bodegas apetecibles. Con instalaciones de última generación como Finca Valpiedra, más famosa por haber sido escenario de la serie de televisión Gran Reserva que por ser la única de La Rioja integrada en la asociación Grandes Pagos de España, o la sostenible e igualmente rodeada de espléndidos viñedos Campo Viejo, concebida por un discípulo de Moneo y dueña de la sala de barricas de crianza más grande del mundo.

Bien opuesta será la visita a otras tan familares como Bodega Puelles, camuflada entre las viñas de las afueras de Ábalos, o Viñedos Ruiz Jiménez, donde elaboran los primeros vinos 100% ecológicos de La Rioja junto a la encantadora y menos transitada zona de Aldeanueva de Ebro. O, del otro extremo del mapa, las que se intuyen por la escénica carreterita secundaria que entre las curvas del río y los más memorables paisajes de viñas hilvana San Asensio y el nido de águilas de San Vicente de la Sonsierra. A mitad de camino de ambos pueblos, las alturas del castillo de Davalillo despiden a quienes, tras franquear las empalizadas ocres de la sierra de Cantabria, continúan del otro lado por la Rioja Alavesa porque se quedaron con sed de más. Es tiempo de vendimia y tiempo de vino y de rutas enoturísticas, y La Rioja sabe mucho de ambas cosas.