Los pueblos más chulos de la Costa Brava

Este prodigio de la ribera catalana cuajado de playas, calas y acantilados esconde bellas localidades marineras con sabor mediterráneo y municipios de interior tocados por la magia medieval.

Noelia Ferreiro
 | 
Foto: ISTOCK

Cadaqués
El que fuera para Salvador Dalí "el pueblo más bonito del mundo" se refleja en el mar cristalino desde una bahía de casas blanquísimas que puede recordar a Ibiza o a Andalucía… O a nada, realmente, porque Cadaqués es único en su especie y no sólo por el glamour surrealista de su habitante más ilustre. Otros intelectuales como Marcel Duchamp, Max Ernst o Eugenio D’Ors también sucumbieron a los encantos de este entramado marinero cercano al punto más oriental de la península, allí donde el sol saluda antes que el ningún otro rincón.

ISTOCK

Calella de Palafrugell
Dicen que fue aquí donde Serrat alumbró su eterna canción Mediterráneo. Y nada extraña a juzgar por los atardeceres rojos que se vierten sobre esta aldea de pescadores abrazada por pinos y acantilados, congelada en esa captura de postal que se resiste a la homogeneización turística. Desde aquí, y a través de un camino de ronda que se asoma al horizonte turquesa, se llega a Llafranc y Tamariu, rematando así el paisaje del Ampurdán en su más bella expresión.

alexsalcedo / ISTOCK

Pals
El más famoso de los pueblos medievales del interior tiene ese toque de hedonismo melancólico que tanto recuerda a la Toscana. En su arquitectura gótica, en sus calles empedradas que ascienden como en una suerte de alpinismo urbano, en sus joyas monumentales como la iglesia de San Pedro o la Torre de las Horas, y también ¿por qué no? en su reputado arroz radica la magia de esta joya de colores ocres y dorados que culmina en Mirador Josep Pla desde donde se extiende la sobriedad de la llanura.

Aljndr / ISTOCK

Port Lligat
Su bahía, con mil tonalidades de azul y con vistas a un pequeño islote que la protege de las mareas, conforma ese cuadro fascinante que llevó a Dalí a instalar en este punto su casa, hoy reconvertida en museo. Su núcleo lo conforma apenas media docena de calles y un puñado de casitas con chimeneas coronadas por pirámides, técnica que servía para impedir que el viento del norte, la Tramuntana, apagase los fuegos del hogar. El conjunto es en sí mismo maravilloso.

KavalenkavaVolha

Tossa del Mar
Con un soberbio castillo amurallado y dos de las playas más bonitas del país, esta población tal vez algo empañada por la especulación creciente sigue siendo ese tesoro que cautivó a Marc Chagall, quien dijo de ella que era lo más parecido a “un paraíso azul”. También Ava Gadner manifestó su amor por esta localidad, la cual le devolvió el cumplido en forma de escultura. Pasear, tanto por su casco medieval, la Vila Vella, como por su fachada marítima, es una delicia solo comparable a la de degustar una gastronomía dominada por el famoso simitomba, un exquisito plato de pescado.

letschert / ISTOCK

Peratallada
Tierra adentro, la visita a este minúsculo pueblo de piedra supone sumergirse en un cuento medieval, en una mítica historia arrancada de un libro de caballerías. Sus laberínticas calles de piedra, el castillo solemne, las enredaderas estrangulando los muros, el repique de las campanas… Todo armónico, sin estridencias, fiel a sus orígenes. Nunca un paseo tan corto deparó tantas sorpresas como el de este lugar único de la Costa Brava.  

Hisao Susuki / RCR Arquitectes

Palamós
Vale la pena visitar Palamós aunque solo sea por probar sus exquisitas gambas rojas que le han dado fama a nivel mundial. El pueblo cuenta hasta con un Museo de la Pesca donde desgrana su tradición marinera. Más allá de este manjar que está presente en todos los restaurantes del paseo marítimo, Palamós goza de un patrimonio interesante y de un bello entorno paisajístico formado por la combinación de de la llanura del Aubi, las montañas de Gavarres y, por supuesto, el Mediterráneo.

Monells, en la provincia de Girona. | Jose Fuste Raga/Corbis

Monells
Encantador resulta también este otro pueblo de interior construido alrededor de un antiguo castillo, del que ya solo quedan las murallas. Con una magnífica plaza central porticada donde se celebraba un importante mercado a finales del siglo XVII, Monells ha vivido una revolución turística desde que fue escenario de algunas de las escenas de Ocho apellidos catalanes.