Posadas con historia

Si hablasen las paredes de estos hoteles podríamos conocer las aventuras que vivieron los personajes que en algún momento cruzaron el umbral de su puerta. O tal vez los romances que surgieron tras ellas. Viajar por el pasado es más que una opción en estas casas que los años han convertido en guardianes de la memoria. Esto es lo que nos cuentan. http://www.posadadeldragon.com/

Silvia Roba
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Foto: Posada del Peine

¿Alguien sabe cuál fue la primera amenity dispensada por un hotel en el mundo? En la calle de Postas de Madrid tienen la solución. Es ahí donde se alza, desde el año 1610, la Posada del Peine, que hace referencia en su nombre al cotidiano utensilio que ofrecía a sus huéspedes en los cuartos de baño, sujeto convenientemente con una cuerdecita, eso sí, para que nadie sintiera la tentación de llevárselo. A solo unos pasos de la Plaza Mayor, en pleno centro de la ciudad, la vieja fonda cuenta hoy con todas las comodidades del siglo XXI, rehabilitada como ha sido por la cadena Petit Palace. Según las crónicas de la época, en su momento de máximo esplendor llegó a tener más de 150 estancias. Las más modestas no tenían ni ventanas y era necesario dejar la puerta abierta para conseguir un poco de ventilación. De la posada se conservan elementos de diferentes épocas, como el reloj de su frontal, el pavimento de la entrada y la escalera principal, de madera de pino. Los antiguos cuartuchos de mala muerte –¡hasta tenían pasadizos secretos!– son, en la actualidad, puro diseño. Las modas han cambiado bastante: iPads y bicis son ahora las amenities más codiciadas.

Posada del Dragón. | PEDRO REVUELTA

No muy lejos, en el barrio de La Latina del Madrid de los Austrias, aguarda otro lugar repleto de historia: la Posada del Dragón, que encuentra acomodo en el mismo solar en el que allá por el siglo XVI se emplazaba la alhóndiga municipal, utilizada como almacén y punto de distribución y venta de pan. En 1868 pasó a ser casa de huéspedes, aunque poco después sería demolida. En su lugar se levantó, a finales del siglo XIX, el edificio actual, donde solían hacer parada los comerciantes del Rastro y los proveedores del cercano Mercado de La Cebada. Sus hechuras no pueden ser más castizas: ¡esto es una corrala! ¿Y qué es eso? Pues la vivienda más típica del viejo Madrid, de las que apenas quedan unos cuantos buenos ejemplos. Aún hay que fijarse un poco más: si miramos con atención descubriremos restos de la muralla que cercaba la ciudad en el siglo XII. Las habitaciones son modernísimas y su restaurante, La Antoñita, un buen sitio donde probar platos que ya son un clásico, como los huevos de corral con jamón o una ensaladilla rusa elaborada con una receta de 1864.

Al año 1621 se remonta la historia de la casa palaciega hoy conocida como Posada de San José, en la parte alta de Cuenca, con privilegiadas vistas sobre la hoz del Huécar. Fue construida bajo las órdenes del abuelo materno de Martínez del Mazo, alumno aventajado, y también yerno, del mismísimo Velázquez, al que sucedió, tras su muerte, en su puesto de pintor de Cámara del rey Felipe IV. La casa familiar sirvió, después, como sede al Colegio de Infantes del Coro de la Catedral de San José, y como tal se mantuvo hasta bien entrado el siglo XIX. Tras permanecer cerrada un tiempo, abrió de nuevo en 1953, ya transformada en hotel de la mano de Fidel García Berlanga, hermano del cineasta, que convirtió la actual posada en morada de pintores, escritores y periodistas. Ahora vive una nueva juventud como alojamiento boutique, con habitaciones con vigas y otros adornos originales.

Posada de San José. | Posada de San José

El jardín de la Posada de San José es todo un remanso de paz. Una definición esta que le sienta especialmente bien a la Posada de Santa María la Real, en Aguilar de Campoo (Palencia). El motivo es bien sencillo: está dentro de un monasterio, construido entre los siglos XII y XIII en un estilo de transición del románico al gótico con elementos cistercienses. La parte donde se ubica el hotel es posterior, del XVIII. Piedra, madera de roble, ladrillo y adobe aportan calidez al establecimiento, que ofrece 22 habitaciones que fueron celdas. La Suite Real, con ventanales con vistas al cuidado jardín monacal, es la más demandada. Predominan en ella los tonos neutros para no romper el halo de sencillez que aquí lo inunda todo. Su decoración y confort, muy de nuestros días, para sí los hubiera querido el abad de Ampudia, señor de la propiedad del siglo XVIII que en otra vida fue la Posada de la Casa del Abad, también en tierras palentinas. La bóveda que hay justo a la entrada, la capilla donde el clérigo cumplía sus oficios religiosos y una extensa colección de mobiliario, cuadros y otros vetustos enseres permiten a los huéspedes viajar por el pasado. Para anclarse al presente quedan sus luminosas estancias, el Spa y el restaurante El Arambol, ubicado en lo que era el lagar.

Posada del Adarve. | Miguel Rosan

En un torreón adosado a la muralla medieval de Albarracín se encuentra la Posada del Adarve, un buen centro de operaciones para descubrir este bello municipio y sus alrededores. Vigas de madera, yesos, argamasas, puertas y ventanas antiguas –hay una del siglo XVI– decoran este coqueto hotelito, con suelos de barro, muebles rústicos y lámparas y barandillas de forja. Cuenta con tres habitaciones –Los Atrojes, Las Murallas y el Río– situadas en lo que fue el granero, y dos suites. A elegir: La Alcoba, con el techo pintado de estrellas, como en algunas casas de la localidad, y El Fogón, en la que llama la atención el elemento original que da nombre a la estancia. Sin salir de Huesca, un escondite mágico es la Posada Al Vent (posadaalvent.com), una vieja casona del siglo XVI en Coscojuela de Sobrarbe, a diez kilómetros de Aínsa, rehabilitada con mucho mimo. Cada una de sus habitaciones encierra una historia: El Siestro era la entrada principal a la vivienda; El Fogaril, la sala donde se reunía la familia en torno a la chimenea; El Birge, el lugar perfecto para los enamorados, que podían conversar en el cortejador, un asiento bajo la ventana... Tal vez un buen tema de conversación hubiera sido la carta del restaurante, donde mandan los productos frescos de la zona y, sobre todo, los postres. Culminar la cena con un cremoso de chocolate negro o con una sopa de melón y helado de caramelo de piña aporta grandes dosis de felicidad. Qué suerte vivir en el siglo XXI.