Museos para chuparse los dedos

Desde el pan nuestro de cada día hasta la trufa, pasando por el queso o el chocolate. Estos son algunos de nuestros museos dedicados a las delicias gastronómicas.

Noelia Ferreiro
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Foto: Floortje / ISTOCK

El comer, además de un placer, también puede ser un arte. En España lo sabemos muy bien, que para eso tenemos templos donde rendir homenaje a nuestros alimentos. Son delicias que bien merecen una exhibición. Porque venerar lo que llevamos al estómago es un síntoma de gratitud.

Museo del pan
Mayorga de Campos, Valladolid

Estrella de algunos milagros del acervo religioso, símbolo de la prosperidad cuando viene bajo el brazo y elemento de unión entre pueblos y culturas, el pan es mucho más que un alimento básico. Especialmente en la localidad vallisoletana de Mayorga de Campos, donde rinden el mejor tributo al elemento que ha presidido la mesa desde las más tempranas evidencias de la civilización hasta los últimos fogonazos de nuestros días. El Museo del Pan desgrana la miga de este producto, desde sus variedades hasta su proceso de elaboración, pasando por su evolución a lo largo del tiempo. Todo de forma didáctica e interactiva, para tocar, oler e incluso ponerse con las manos en la masa en un obrador real donde harina, agua, sal y levadura devuelven divertidas figuras. Nada más apropiado en una tierra que está tapizada, precisamente, de infinitos campos de cereales.

Museo del chocolate
Astorga, León

Para golosos impenitentes está pensado este Museo del Chocolate de Astorga que, si bien no es el único de la península (también hay otro en Barcelona) sí está considerado, por sus características, el segundo en su estilo de Europa. Todo en él gira en torno a ese codiciado cacao que alumbró una poderosa industria en esta localidad leonesa: llegó a tener hasta 49 fábricas en 1914. Utensilios como piedras de amasar, descascarilladoras, moldes, artesas… dan cuenta de la evolución de este oficio con el paso de los años, al tiempo que explica los distintos procesos de la elaboración del producto. Ello y la documentación (fotos, escritos, etiquetas, cromos…) convierten este espacio en una dulce visita que sólo puede concluir con un atracón de tabletas.

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Museo del cabrales
Arenas, Asturias

El más popular queso de Asturias también tiene su museo que es, más bien, una cueva natural donde se plasma todo su universo a lo largo de un viaje subterráneo. Y es que hablar de cabrales es hacerlo de la naturaleza, del ganado, de los pastos de la montaña, de las manos expertas de los pastores, de la magia de los Picos de Europa. Todo ello está presente en esta cueva consagrada a los usos y costumbres de una tradición quesera transmitida de generación en generación: la réplica de una cabaña alpina, enseres de las fases del trabajo, paneles explicativos, material gráfico, maquinaria… y por supuesto, el espectáculo de los quesos madurando en una galería con la luz y la temperatura óptimas. Un viaje apasionante por este manjar de merecida fama mundial.

Museo del turrón
Jijona

No podía faltar en esta lista un Museo del Turrón, precisamente en su cuna universalmente conocida. La historia del municipio alicantino de Jijona está marcada por el dulce navideño por excelencia y por ello ninguna visita debe obviar su centro más emblemático. Un museo que nos transporta hasta el siglo XVI para relatar una aventura industrial que se expandió a América y el Norte de África gracias al tesón de un pueblo. El turrón, en su faceta histórica, antropológica y cultural, es el hilo conductor y todo lo que acarrea (materias primas, procesos, comercialización…) se encuentra en este rincón del que nadie sale indiferente.

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Museo de la trufa
Metauten, Navarra

Pionero en España es este otro museo dedicado al que ha sido considerado uno de los productos más exquisitos –y caros- de nuestra gastronomía: la tuber melanosporum o trufa negra, que crece de forma natural en los bosques navarros de Tierra Estrella, donde se ubica el centro. Pero más que una completa información sobre el preciado hongo subterráneo (su historia, sus características, su recogida…) lo que realmente encontramos aquí es una experiencia única: ofertas y actividades relacionadas con la truficultura, tales como paseos guiados por los campos, adiestramiento de perros truferos, escuelas de cocina… y por supuesto, degustaciones de este diamante negro, uno de los productos gastronómicos más singulares del mundo.