Mont Saint Michel, de nuevo una isla

Mont Saint-Michel es a Francia lo que la gran pirámide de Guiza a Egipto. Exagerado o no, la abadía y ex prisión estatal, centro de peregrinación desde el siglo VII, es un símbolo nacional. Ahora, tras diez años de obras, ha recuperado su carácter insular, tal y como fue concebido por sus constructores.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

Una isla de Normandía en el Atlántico. Eso es que lo que ha vuelto a parecer este Monte Tombe que comenzó a ocupar un espacio en la historia cuando Aubert, obispo de Avranches, hizo elevar en el año 708 un santuario en honor al arcángel San Miguel. Desde ese momento, el Mont Saint Michel se convirtió en un lugar importante de peregrinaje. Hoy lo sigue siendo, pero de turistas que se acercan a esta montaña mágica que parece un espejismo, ya en los límites de la cercana Bretaña, a la que solo perteneció durante 66 años a lo largo de su historia. Todos lo hacen a través de una nueva pasarela peatonal que conecta la tierra firme con el monumento, una vez que se suprimió definitivamente en octubre de 2015 la carretera levantada en 1879 y los coches tienen prohibido su paso a esta isla que ya únicamente habitan cuarenta personas, entre monjes y vecinos. Solo los vehículos privados de carga y descarga pueden traspasar las dos puertas del monumento, a primera hora de la mañana, para distribuir sus mercancías en las tiendas y restaurantes de la roca. Claro que no siempre es así, porque en este estuario del río Couesnon quien manda son las mareas salvajes, que, condicionadas por el influjo la Luna, se retiran de la costa unos quince kilómetros para regresar vertiginosamente con la mascaret. Esta pequeña ola-tsunami se desplaza a la velocidad de un caballo galopando, para llenar, ahora aún más, todas las marismas que hasta hace poco tiempo eran invadidas por coches y turistas, rompiendo el encanto del paraje y de esta inexpugnable mole asentada sobre contrafuertes de granito rosa y gris, que la elevan 78 metros hacia el cielo.

Después de la construcción de una nueva presa en el río entre los años 2006 y 2009, única en el mundo por su doble funcionalidad para el flujo de las aguas del río y las del mar, este espectáculo natural ha quedado tan controlado que a partir de ahora la subida de la marea, dos veces al día, garantiza casi totalmente que el perímetro exterior del monte se encuentre rodeado de agua en el momento más álgido de la pleamar. Y mejor que no le sorprenda en las arenas próximas a la abadía, en las que antiguamente perecían ahogados cientos de peregrinos medievales, los llamados miquelots, al intentar llegar caminando desde la isla de Tombelaine, el peñasco de granito situado a tres kilómetros de la abadía que servía de refugio y descanso antes de acometer la etapa final hacia el monasterio. Ahora todos los días un helicóptero realiza un vuelo de reconocimiento del área poco antes de que toda la zona quede completamente inundada y, aunque parezca mentira, el proceso es tan rápido que a más de uno le pilla desprevenido y como mínimo queda empapado antes de asistir desde la isla a uno de los grandes espectáculos de la naturaleza que brinda el mar. Casi en un abrir y cerrar de ojos, con las corrientes de agua llegando de un lado y de otro, todo queda sumergido menos el monte, siempre erguido y desafiante frente el Atlántico.

Estas grandes mareas en la bahía de Sant Michel se producen cada dieciocho años, cuando las fuerzas de la Luna y del Sol se conjugan durante el equinoccio. En la actualidad este fenómeno natural solo lo supera en el mundo otro similar en las aguas de la bahía de Fundy, en la costa atlántica de Canadá. Obviamente, los antiguos peregrinos no podían imaginar la dimensión y la fuerza de estas mareas, cosa que ahora sí vigila y regula el Servicio Hidrográfico y Oceánico de la Marina francesa, encargado de medirlas con una tabla que oscila entre coeficientes de 20 a 120. Por ejemplo, el pasado 21 de marzo alcanzó el parámetro 119, siendo esta marea del siglo muy parecida a la que se dio por última vez en 1997. La próxima de este nivel se producirá en 2033. Hoy por hoy, tras las obras realizadas en el entorno, se garantiza que los flujos de agua en los alrededores del monte estén siempre en coeficientes extraordinarios entre 100 y 119 y que la diferencia de altura entre la marea alta y la baja se sitúe alrededor de los 14 metros, por lo que el emblemático monumento vuelve a ser casi todos los días una isla en la cota más alta de la pleamar.

Espectáculo natural

Con la nueva reestructuración del monumento, el acceso a la isla ha mejorado notablemente, con un amplio parking público (12,50 euros 24 horas) a dos kilómetros y medio del monte. Los visitantes pueden dejar ahí su vehículo y servirse de los autobuses eléctricos gratuitos que parten cada cinco minutos, o de los coches de caballos percherones, cob normandos y postier bretones (5 euros por persona), para desplazarse hasta el tramo final de la pasarela, el que se sumerge en la pleamar y parte el acceso a la abadía. El camino a pie es también recomendable porque permite observar cómo se van inundando los terrenos próximos al monte. Otros visitantes prefieren presenciar ese espectáculo desde las terrazas o las torres de la fortificación, con la Torre Norte y la Torre del Rey como mejores miradores, y aprovechar la estancia durmiendo en alguno de los viejos hoteles del recinto amurallado.

Para alcanzar esas terrazas de la abadía, donde se alza la bandera roja normanda, los peregrinos del siglo XXI penetran, como antaño, por la apertura de la muralla en la Porte de l''Avancée. Cruzan el puente levadizo de la Puerta del Rey e inician el ascenso por la Grand Rue, repleta de casas medievales, tiendas de souvenirs, restaurantes y pequeños hoteles, hasta las entrañas de esta enigmática abadía con su iglesia dedicada a San Miguel. Llama la atención los tres niveles de la abadía, que reflejan la jerarquía monástica. Los frailes pasaban el mayor tiempo de su jornada en el nivel más alto, un mundo hermético, con la iglesia, el claustro y el refectorio. El abad recibía a sus nobles invitados en el nivel medio y los soldados y los peregrinos de la escala social más modesta eran recibidos en la parte más baja. Todos esperaban llegar hasta la capilla lateral del templo, el lugar elegido para erigir la estatua del arcángel, con el fin de agradecer su protección, y así lo continúan haciendo los viajeros del siglo XXI, aunque nuestra simpática guía nos advierte, con algunas dosis de buen humor, que algunos visitantes muestran al santo el ticket de entrada (9 euros) para asegurarse el paso al paraíso cuando llegue el momento.

El culto a San Miguel ha tenido siempre una gran importancia al aparecer el santo en el Libro del Apocalipsis, combatiendo y venciendo a un dragón. Su devoción adquirió una dimensión aún mayor en la Guerra de los Cien Años (1337-1453), cuando los ingleses no pudieron derribar los muros del monte. En la actualidad, aparte de la figura de la capilla lateral en la abadía, luce otra en el campanario exterior con los atributos del arcángel, una espada y una balanza, que hacen de San Miguel el patrón de los caballeros y de los gremios asociados a las armas y a las balanzas. La estatua fue realizada en 1897 por Enmanuelle Frémier para coronar la aguja de 32 metros que remata el edificio en su parte superior.

El fin de los benedictinos

Además de la iglesia abacial, con su mezcla de estilos románico y gótico en su interior, el recinto esconde otras joyas arquitectónicas, como el hermoso claustro anglonormando del siglo XIII, con sus hileras de elegantes columnas, al que se conoce como el paraíso (por situarse entre el cielo y el suelo) o la maravilla, un lugar de meditación también utilizado en las fiestas como escenario de procesiones; el refectorio, rebosante de luz con sus altos ventanales; las cuatro criptas y la impresionante Sala de los Caballeros, con bóvedas y capiteles de 24 metros para sustentar el claustro, lugar elegido por los monjes benedictinos para iluminar los más bellos libros de la Cristiandad, copiados y traducidos entre estos muros. Hasta 2001 la abadía perteneció a esta austera comunidad religiosa, instalada en el lugar desde el siglo X, pero entrado el siglo XXI los tres últimos monjes de esta orden abandonaron el lugar. Estos religiosos cumplían sus votos monásticos (pobreza, castidad y obediencia), pero cada vez les resultaba más complicado respetar el voto de silencio, más en un monumento que recibe más de tres millones de visitantes al año (un millón visita el interior de la abadía). Fue entonces cuando la Fraternidad Monástica de Jerusalén, una familia religiosa de monjes y monjas surgida en París en 1975 por inspiración del padre Pierre-Marie Delfieux, comenzó a ocuparse del servicio del rezo litúrgico. Actualmente, esta comunidad compuesta por cinco frailes y siete monjas se distingue por la especial belleza de sus celebraciones, que realizan con gran solemnidad y teatralidad.

Tortilla y cordero

Antes de completar la subida por las escaleras a la abadía, o quizás después de la visita al principal templo, conviene hacer una parada en la pequeña iglesia parroquial de Saint Pierre, una joyita del siglo XV situada a la izquierda del camino que asciende por la Grand Rue, o en la célebre tienda de La Mère Poulard, dedicada a la esposa de un antiguo panadero llamada Annette Boutiaut, una visita clásica en este lugar por la venta de sus galletas y sus tortillas individuales de tres huevos. El precio de esta delicia es de 35 euros. La gran especialidad culinaria de la zona es el cordero lechal procedente de los prados salados de la marisma, que se prepara asado sobre ascuas de leña.

Al abandonar la isla, merece la pena dar una vuelta por la bahía. Declarada en 1979 Patrimonio Mundial de la Unesco, junto a la abadía y el pueblo de Mont Saint Michel, despliega 500 kilómetros cuadrados de tesoros naturales, así como numerosos puntos de observación alejados del monumento. Hacia el oeste, extendiéndose entre decenas de playas y campos de maíz, el Jardin des Plantes de Avranches se considera el punto ideal para disfrutar de las mejores panorámicas del monte. Fue en este centro religioso, según la leyenda más famosa de la zona, donde el obispo Aubert tuvo la visión de levantar una iglesia en la isla cercana por mandato del arcángel San Miguel. El cráneo del obispo con el agujero que perforó en él el dedo del ángel se puede contemplar hoy en el Tesoro de la Iglesia de St-Gervais, igual que otros doscientos manuscritos y libros medievales rescatados de la abadía tras la Revolución y que se exponen en el Scriptorial, igualmente conocido con el nombre de Museo de los Manuscritos. De ahí que se considere a Avranches, por su especial relación con la abadía, otro punto destacado del Gran Camino Europeo, la ruta francesa del Camino de Santiago, también inscrita en la lista de la Unesco desde 1998. Además de Avranches, el Pointe de Grouin du Sud (no confundir con el bretón próximo a Cancale) y la villa costera de Granville, con su recinto amurallado, famosa por sus piratas y pescadores y por la casa natal de Christian Dior, ofrecen para terminar la visita atractivas perspectivas de este Mont Saint Michel protegido por la naturaleza y por la fe. Una imagen que nunca se escapa de la memoria de los peregrinos, que la recuerdan reflejada en las frías aguas del Océano Atlántico.

El nuevo Mont Saint-Michel

La presa

Es la pieza clave del nuevo conjunto que rodea al Mont Saint Michel. Sustituyó a la antigua presa de la Caserne y su objetivo es unir las fuerzas del río y del mar para limpiar el monte de los sedimentos. Gracias a sus ocho compuertas, la presa llena el río Couesnon con la marea alta y suelta el agua con la marea baja. Esta limpieza regulada aumenta la eficiencia hidráulica del río. En el puente de la parte superior de la presa hay un balcón marítimo desde el que se obtiene una excelente vista del monumento.

La pasarela

Al quedar suprimidos la vieja carretera que actuaba de dique y los aparcamientos de coches situados al pie de las murallas, una nueva obra conecta el continente y el monte, un dique-carretera de mil metros que se prolonga con una pasarela de ochocientos. Como si se tratara de un hilo suspendido sobre la bahía, se apoya en un vado que traslada a los visitantes a la isla.

Aparcamiento en el continente

El nuevo aparcamiento está situado a 2,5 kilómetros del monte y tiene capacidad para 4.100 vehículos. Su precio diario es de 12,50 euros.

Autobuses desde el aparcamiento

El servicio de autobuses gratuitos se llama Le Passeur. Los vehículos salen del Centro de Información Turística durante todo el año y hay dos paradas entre el aparcamiento y el monte: Grand Rue y Place du Barrage.

Caminos peatonales

Se han instalado varios paneles con la interpretación de la historia y el entorno del lugar para que los visitantes puedan descubrir nuevas rutas por los alrededores con el espíritu de las antiguas travesías de los peregrinos.