Mongolia, las tierras de los nómadas y los caballos

Hay lugares, como Mongolia, que solo se parecen a sí mismos. Este enigmático vacío en el mapa de Asia Central es, además, una de esas raras esquinas en las que la globalización, lejos de unificar, ha cobrado vida propia. Ello se palpa tanto en la surrealista convivencia de rascacielos y yurtas de Ulan Bator como en las estepas por las que a caballo o en moto pastorean los nómadas del valle de Orkhon, Patrimonio de la Humanidad y conmovedor escenario natural por el que Gengis Khan alzó la capital de uno de los imperios más legendarios de la historia.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

Salvo por la placa solar que hace más llevadera la vida en una yurta, por las motos con las que en ocasiones, en vez de a caballo, pastorean sus rebaños de cabras, ovejas y yaks, o salvo por el culebrón coreano que cada velada hipnotiza a la familia ante la pantalla mientras apuran sus tazones de leche fermentada, el día a día de los nómadas de Mongolia dista poco de como era siglos atrás. De los tres millones de habitantes que moran en este territorio tres veces más grande que España, cerca de un millón sigue siendo nómada. Son las infinitas estepas y la forma de vida de estas gentes, con el alma y la piel curtidas como un cuero por los vientos de Siberia y el Gobi, las que vuelven único a este país. En el corazón de Asia Central, sin salida al mar y acechado por vecinos como Rusia y China, Mongolia solo se parece a sí misma.

Sus nómadas hoy gastan móvil, parabólica y tienen un gobierno que reparte forraje para el ganado cuando amenaza un invierno particularmente frío. Sin embargo, si conservar este estilo de vida en cualquier esquina del planeta es cada vez másrara avis, hacerlo por estos duros pagos se diría de una tenacidad rayana en lo temerario. No reculan ante el clima, que se desploma sin contemplaciones de los 40 grados del verano a los 40 bajo cero de los meses más gélidos, ni rechistan al tener que desmontar y volver a armar sus yurtas hasta cuatro veces al año en busca de pastos para sus rebaños (yurta es una palabra turca que designa la tienda de campaña circular que en Mongolia se conoce como ger). Es más, tras la desmembración de la Unión Soviética, muchos de los mongoles que habían sido obligados a llevar una vida sedentaria volvieron a las estepas libres.

Una pujante capital

Hasta hace nada, solo cuando el frío mataba a sus animales tiraban la toalla y regresaban, vencidos, en busca de sustento a Ulan Bator, la capital. En los últimos cinco años, la pujanza que ha traído a ella la minería del cobre ha supuesto un nuevo giro de tuerca. Al calor de esta bonanza, infinidad de familias han vuelto a esta ciudad, que supera ya el millón de vecinos. Así, a la estampa apocalíptica de las descomunales centrales térmicas de sus afueras y a los nuevos rascacielos que aliñan su estética soviética se suman las barriadas de yurtas que hilvanan las colinas que la cercan. Miles de nómadas se las ingenian para hacerse un hueco en esta especie de favelas y plantar los gers que les servían de hogar en las estepas.

Además de un tráfico de mil demonios en el que el ecléctico parque móvil luce el volante a derecha o izquierda -en función de dónde se haya importado de primera o cuarta mano el coche-, el boom en el que está inmersa Ulan Bator ha provocado que las grandes multinacionales estén tomando posiciones en ella. También que el viajero pueda asistir en directo a un mundo que cambia, y muy deprisa. Si en templos como el de Gandan no es raro cruzarse con paisanos en su ceremonioso traje regional alumbrando inciensos para honrar a los espíritus, tampoco lo será toparse con jóvenes de minifalda y pelos de colores apurando sus noches de karaoke. La globalización ha llegado, aunque en Mongolia, lejos de unificar, ha cobrado vida propia.

El ominipresente "Chinguis"

Quizá ello sea el mayor aliciente de Ulan Bator, una ciudad por la que sí o sí habrá de pasarse, ya que los vuelos internacionales aterrizan en su aeropuerto, que, por cierto, le ha tomado prestado el nombre al gran héroe mongol. Al igual que la universidad, el vodka, los cigarrillos o un sinfín de hostales, todo se llama Gengis Khan o, como pronuncian aquí, Chinguis Jan. Y es que, aun cuando los dirigentes comunistas se desvivieron por borrar los rastros de la identidad nacional, tras desintegrarse la URSS resurgieron con fuerza: desde el budismo tibetano, que vuelve a ser la religión mayoritaria, como el venerado Chinguis, quien en el siglo XIII llegó a formar un imperio cuatro veces más extenso que el de Roma.

Cerca de Ulan Bator existen otros platos fuertes como el Parque Nacional de Terelj, por cuyas laderas de aires alpinos es posible adentrarse a caballo, en rutas senderistas y hasta esquiar en la única estación del país; o el vecino y surrealista Gengis Khan Statue Complex, al que está previsto acaben añadiéndose restaurantes y campamentos de gers en los que pasar unos días. Presidido por una estatua del conquistador de 40 metros de alto y 250 toneladas de acero, el complejo se levantó hace un lustro en el lugar exacto en el que, asegura la leyenda, el gran Khan halló el látigo enviado por Tenger, el dios del eterno cielo azul de la tradición chamánica mongola, como símbolo de las conquistas a emprender.

El valle del gran Khan

Temujin, que era su verdadero nombre, fue el primogénito del líder de una de las miles de tribus nómadas de estos territorios por los que trasegaban las caravanas de la Ruta de la Seda. A lo largo de toda ella, desde China al Mediterráneo, sembró el terror pasando a cuchillo a ciudades enteras que se habían negado a doblegarse por las buenas. Lo pavoroso de sus gestas hace que a menudo se olvide que no todo fue sangre y rapiña. Amén de un carismático estratega, Gengis Khan pasaría también a la historia como un visionario que trató de crear una moneda única para todo el mundo entonces conocido y hacer proliferar el comercio eliminando fronteras y prejuicios religiosos. No es leyenda que en la capital de su imperio, Karakorum, además de templos chamánicos se erigieran iglesias y mezquitas para los mercaderes que recalaban por ella y los artesanos de las nacionalidades más dispares que hacía traer del último confín de sus dominios.

Esta ciudad, a 400 kilómetros de Ulan Bator, llegó a sumar entonces 15.000 habitantes, más o menos los mismos que atesora hoy. Arrasada por los Ming en 1380 y usados sus despojos para levantar siglos después el monasterio budista de Erdene Zuu, Karakorum no es la sombra de lo que fue. Su encanto radica en lo auténtico de sus quehaceres cotidianos o de su mercado, donde lo mismo se despachan recambios de moto que grasa de cordero para guisar.

Paisajes hipnóticos

A medida que unos paisajes en cinemascope van engranando estepas, bosques o dunas, el camino hasta Karakorum desperdiga señuelos de la talla de la reserva de Hustain Nuruu, por cuyas praderas resulta posible ver pastar a los takhi, la última especie de caballos salvajes que queda en el mundo, o los historiados templitos de Thuvhum o Uvgun, cargados de simbolismos y parapetado, este último, tras una loma de piedra desde cuyas alturas se abre un valle diáfano escoltado por cimas nevadas.

Más hipnóticos si cabe son los parajes que afloran al enfilar hacia el valle de Orkhon, declarado Patrimonio de la Humanidad por desparramar a la vista la tradición ganadera de sus nómadas, inalterable a lo largo de dos milenios. Puede conducirse durante horas por sus pistas y escasas carreteras asfaltadas sin que asome un solo asentamiento estable. Solo de vez en cuando se observan unos manojos de gers bien agarrados a la tierra para no salir por los aires de un mal golpe de viento. Siempre cerca, los rebaños de vacas, cabras, ovejas, caballos, camellos o yaks de los que sacan esos quesos, leches agrias y galletas de yogur con los que agasajan a todo el que aparece por sus territorios. No hay forma de entenderse con ellos cuando se es invitado a una yurta, donde vive toda la familia, sin paredes, alrededor de la estufa de leña. Una lástima tener que limitarse a las sonrisas y los gestos. Porque de no ser así podría preguntárseles por los dioses que habitan cada montaña y a los que piden lluvia en verano y un invierno benévolo; por las fechas auspiciosas para los rituales y, también, de dónde sale la costumbre de pitar tres veces cuando se pasa ante un ovoo. Y es que si en un cruce de caminos aparece uno de estos templetes protectores de telas azules y piedras, lo suyo será detenerse a honrarlo dando tres vueltas en sentido de las agujas del reloj. Si no hay tiempo, al parecer uno queda cumplido saludándolo con el claxon. Se ve que las prisas también campan libres por las estepas de los nómadas.

El Festival de Naadam

Las destrezas que volvían imbatibles a las hordas de Gengis Khan presiden esta fiesta nacional que, entre el 11 y el 13 de julio, se vive por todo el país, aunque el gran espectáculo tiene lugar en Ulan Bator. Tras desfilar con el símbolo de las nueve grandes tribus de Mongolia, comienza la ceremonia de canciones y danzas con la que se inaugura el Naadam. En el Estadio Nacional se celebran los torneos de lucha y tiro con arco, con sus arqueros elegantemente enfundados en sus trajes regionales. Las carreras de caballos, la prueba más respetada y en la que los jinetes son todos niños, se trasladan a las afueras ya que son campo a través y de más de 30 kilómetros. Mongoles de todo el país acuden para presenciarlo a la capital, más animada que nunca durante estos días.