Japón a tope con el hanami

Abril, en el país nipón, es sinónimo de fiesta, la que tiene lugar con la floración de los cerezos que inunda parques y jardines. Es tiempo de celebración con sake a raudales y karaokes portátiles.

Noelia Ferreiro
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Foto: ISTOCK

Cómo una metáfora de la vida, bella pero efímera, los japoneses veneran la flor del cerezo y conciben su llegada como una hermosa ceremonia. Es lo que se llama el hanami, que tiene lugar cada año con el inicio de la primavera. Una explosión de fiestas para contemplar este fenómeno que se extiende a lo largo del mes de abril.

Desde Tokio hasta Okinawa, desde Kioto hasta Hokkaidō, el país espera ansioso la aparición de los primeros capullos que anuncian el fin de la estación fría. Un acontecimiento de fecha impredecible y muy corta duración, lo cual encaja perfectamente con el espíritu tradicional y las enseñanzas budistas. Con lo que ellos entienden como la compresión ecuánime de la impermanencia.

Abril es el mes de la fiebre sakura o la floración de los cerezos que se esparcen por los campos, los parques, los jardines, que tapizan el país entero con estos pétalos rosados. Es entonces cuando se programan las fiestas de día y de noche para asistir a este espectáculo en su máximo esplendor.

Castillo Himeji | ISTOCK

Y es entonces también cuando, probablemente, venga a derrumbarse el tópico del extremado civismo japonés. Si la imagen más extendida es la de unas gentes formales y reservadas, en estas fiestas primaverales la sorpresa será mayúscula: el sake (y también la cerveza) corren a raudales de mano en mano, los karaokes portátiles se sacan a la calle y se canta y baila hasta el amanecer dejando atrás el pudor y las inhibiciones.

El hanami (que hace referencia a la contemplación de las flores) es la excusa perfecta para hacer un picnic con la familia, con los amigos o con los compañeros de trabajo. Para sentarse bajo los cerezos y dejar que la fiesta improvisada tome sus propios derroteros. Claro que para ello conviene escoger el mejor puesto dentro del parque o jardín, algo que sólo se consigue si se instala el campamento (se extienden lonas azules en la hierba) la noche antes e incluso con varios días de antelación.

Monte Yoshino, Nara | ISTOCK

Esta celebración cuidada y ceremoniosa (como es la propia esencia de Japón) está presente en todos los rincones. Pero hay tres parques que son famosos por brindar una serenidad inigualable: el de Maruyama, en Kioto, el de Ueno, en Tokio y el monte Yoshino, en Nara. También en los jardines japoneses (Kiyosumi, Shinjuku Gyoen, Rikugi-en, Hamarikyu, Korakuen… son algunos de los más bellos) el marco resulta impactante: estos primorosos refugios, obras maestras del paisajismo, se presentan como una maravillosa experiencia estética de naturaleza miniaturizada.

Más allá de la propia naturaleza, los japoneses, en su afán por la ordenada presentación, también engalanan con estos pétalos cualquier superficie susceptible de ser decorada: desde las sombrillas a los vasos de sake o las tazas de té, pasando por los faroles y hasta los accesorios para el cabello. Nunca la primavera fue tan floreada como en el país que se debate entre la tradición milenaria y el caos hiperurbano.