En goleta por la Riviera turca

Una costa resplandeciente, sembrada de huellas de grandes civilizaciones, en la que empaparse de la esencia del mejor Mediterráneo. Y para recorrerla, estas encantadoras embarcaciones de madera que, construidas a mano, reproducen sus diseños de antaño, pero dotándolas de todas las comodidades de hoy para instalarse una semana a bordo con un puñado de amigos.

Elena del Amo

Goleta: "Embarcación fina, de bordas poco elevadas, con dos palos, y a veces tres, y un cangrejo en cada uno". La Real Academia de la Lengua, amén de desconcertar un tanto con eso del "cangrejo", se queda en lo estrictamente esencial en su descripción de estos veleros de los que siempre se han servido los turcos para comerciar por la costa. De casco generoso y panzudo al no tener que enfrentarse a grandes olas, estas barcazas, que desde hace un par de décadas vuelven a fabricarse a mansalva para fines turísticos, son tan espaciosas que resultan más cómodas que la mayoría de los barcos que cualquier mortal podría permitirse alquilar en unas vacaciones sin tener que empeñar el diente de oro.

Con sus líneas clásicas y sus nobles hechuras de madera, las goletas tienen más encanto que un yate a motor y, salvo que van por el mar, la experiencia en ellas no podría ser más distinta a la de un crucero al uso. De seis a dieciocho pasajeros es lo que pueden llegar a albergar, y la ruta del día, en lugar de un itinerario inamovible, se decide con el capitán en función de los vientos, el estado de la mar y, por supuesto, teniendo en consideración lo que le pida el cuerpo a sus ocupantes. Más opulentas o más espartanas según lo que se esté dispuesto a pagar, en algunas puede reservarse solo un camarote y compartir los días a bordo con perfectos desconocidos, e incluso es posible servirse de ellas para emprender excursiones de apenas unas horas por los escenarios más despampanantes de la Riviera turca. Sin embargo, lo verdaderamente redondo es contratarla completa durante una semana con un puñado de familiares o amigos. También es posible afrontar el viaje con niños, ya que la amplitud de sus cubiertas y su borda -para entendernos, la barandilla de madera que protege todo el perímetro de la nave- hace de las goletas un tipo de embarcación más práctica y, sobre todo, mucho más segura para los pequeños grumetes.

El día a bordo

Cada mañana, tras levar anclas, el sonido del arranque del motor para salir del puerto hace las veces de despertador para los menos madrugadores, a los que ya estará aguardando un tradicional desayuno a la turca servido por el par de camareros marineros que tanto valen para echarle un cable al capitán con las maniobras como para atender a los huéspedes con esa genuina hospitalidad y esa gracia de las gentes de esta tierra. Los memorables desayunos con sobremesa de hasta un par de horas que irán sucediéndose a lo largo de la semana se bastan y se sobran para plasmar el hedonismo de la experiencia. Y es que pocos placeres pueden compararse al de comenzar la jornada navegando con las velas deplegadas en una mañana de buen viento, sin prisas y entre amigos, y con todo el día por delante para relajarse al sol en cubierta, recalar por remotos pueblitos que son la viva imagen de cómo era el Mediterráneo mucho tiempo atrás, bucear en un buen libro tumbado a la agradable sombra de los toldos o hacer lo propio en las transparentes aguas turquesa de una cala que solo resulta accesible para los afortunados que se arriman a ella desde el mar.

Para empezar el día, sobre la mesa al aire libre de popa que oficia como comedor se disponen, recién preparadas por el cocinero, refrescantes fuentes de pepino y tomate pelado, tostadas con mermeladas caseras, quesos y miel comprada a algún campesino de la zona, aceitunas negras henchidas de sabor, pan aún caliente horneado en la aldea más próxima y esa delicia que es el yogur turco, que rebajado con agua y una pizca de sal se convertirá en ayrán, un bebedizo infalible para los calores al que uno, tras acostumbrar el paladar, irá haciéndose adicto a lo largo de la travesía.

La singladura podrá partir de la turística y playera ciudad de Antalya -fundada en el siglo I a.C. por Atalo II de Pérgamo, a quien debe su nombre- cuando se prefiera navegar por el Mediterráneo o, entre otras bases principales, desde los puertos de Kusadasi, Göcek, Marmaris, Fethiye o Bodrum, si se opta por las aguas del Egeo. Alrededor de cuatro horas diarias de navegación vienen a dar con la ecuación perfecta para alternar el tiempo a bordo con las excursiones a tierra y las zambullidas, el buceo o las expediciones en los kayak que suelen llevar muchas goletas, por lo que las distancias a recorrer son bastante reducidas.

Las rutas a elegir son, sin embargo, numerosísimas y tan diversas que no estará en absoluto de más informar con antelación a la agencia con la que se haga la reserva sobre los gustos de la mayoría del pasaje para planificar el itinerario más adecuado. Notables yacimientos arqueológicos, calas solitarias, puertos de marcha cuasi ibicenca... La costa turca, tan desconocida todavía para los españoles, está sembrada de inmensos tesoros.

El itinerario perfecto

Mucho antes que turca, buena parte de la orilla occidental de Asia Menor fue griega y romana, de ahí que por toda ella vayan aflorando nombres que aprendimos de niños en las clases de historia: desde Troya hasta Halicarnaso, que hoy es la animada y encantadora Bodrum, pasando por Pérgamo, la moderna Izmir o Esmirna, en la que podría haber nacido Homero, o magníficas ruinas como las de Éfeso y Mileto. En la mismísima costa o muy cerca de ella aguarda una cita con los orígenes de la filosofía, las matemáticas, la literatura y la astronomía. Si recalar por todas estas cunas del mundo clásico llevaría mucho más de una semana -en goleta, se entiende, ya que por carretera no sería complicado-, sí podrá aliñarse la singladura con algunas de ellas y reservar el resto para antes o después de embarcarse en la nave.

Por si no fuera suficiente privilegio el poder navegar por las mismas aguas que transitaron las grandes civilizaciones del Mare Nostrum y asomarse a su vasto legado de templos, anfiteatros o grandes bibliotecas de la Antigüedad, estas bellísimas costas con las que todavía no se ha cebado el boom del ladrillo se exhiben tapizadas de pinos, olivares, higueras y montes aupados sobre un mar resplandeciente salpicado de islitas deshabitadas, ruinas griegas, yacimientos romanos o bizantinos y preciosos pueblos amurallados que todavía viven del ganado, la pesca y las alfombras que sus mujeres tejen a mano en los patios de sus propias casas.

Tras zarpar de Bodrum y dejar atrás la monumental estampa del castillo de San Pedro, que levantaron en el siglo XV los cruzados, el golfo de Gökova, hacia el sur, enmarca una de las rutas más apetecibles para abordar en una semana de travesía. Sus cristalinas bahías despachan escenarios de escándalo para bucear o para hacer esnórquel, amén de para fondear en las noches que no se quiera buscar refugio en algún puerto. Por este entrante de mar habrá de recalarse por islas como las de Orak y Karaada, cuyos extensos pinares esconden grutas de las que brotan manantiales de aguas termales y lodos con los que embadurnarse la piel; o por la conocida como isla de Cleopatra, en honor de su visitante más célebre, que, además de un anfiteatro romano en una sorprendente buena forma, atesora una espléndida playa de arena blanca que, asegura la leyenda, hizo traer Marco Antonio desde Egipto para que la faraona no pisara más tierra que la suya.

Rumbo a otras islas

También en este itinerario se recorren bahías de postal, como las de Mersincik, Karacasogut, Abkuk o English Harbor; pueblitos como Cokertme -célebre por sus alfombras-, por el que salir a estirar las piernas o tomar un vaso de anisado raki antes de cenar en su puñado de restaurantes; y hasta ruinas olvidadas del mundo, como las que se desparraman por las laderas del centenario puerto de Knidos. Desde Bodrum podrá también elegirse otra singladura hasta Mármaris, justo donde se encuentran el Mediterráneo y el Egeo, o por la que culmina en las exclusivas marinas de Göcek, cuyas inmediaciones resultan igualmente perfectas para navegar durante una semana. Y hasta podrá ponerse rumbo a islas griegas como Symi, Rodas o Kos, que quedan a tiro de piedra. El recorrido no es que sea lo de menos, pero la experiencia de abordarlo en goleta es ya un destino en sí mismo.