Costa Rica, la ruta del arcoíris

Si el color verde del arco iris se pudiese reencarnar en el mundo de lo tangible, lo haría en forma de Monteverde. Más allá de esta región, ubicada al noroeste de Costa Rica, y siguiendo la puesta del sol, la naturaleza se sigue descomponiendo en colores hasta alcanzar las costas de Cabo Blanco, en el Pacífico.

Andrea Aguilar
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Foto: Carma Casula

A primera vista, es como si a través de las nubes que coronan la cordillera de Tilarán, en Costa Rica, un rayo de sol hiciera combustión colorida con la lluvia y, debajo de ese arco iris, justo en la mitad, justo debajo del verde, estuviera Monteverde, y de ahí, más allá de redundancias cromáticas o toponímicas, hubiese recibido su nombre. Un paraje ubicado también justo en la mitad de América, abrigado a sus 1.440 metros de altura sobre el nivel del mar por un bosque tropical nuboso. Un sitio donde, en medio de la niebla matutina, todos los días se comienza a tocar una sinfonía visual en tonalidades verdes. Un lugar donde el paisaje recibe sobredosis de clorofila.

La utopía en color naturaleza la comenzó a construir un grupo de cuáqueros estadounidenses, quienes, en un intento por huir de la guerra de Corea, se instalaron a inicios de la década de los 50 en esta región ubicada al noroeste de Costa Rica, un país precisamente sin ejército. Ahí fundaron Santa Elena, un pueblo de casas de un solo piso, como suele practicarse en países donde no hay suficiente gente que obligue a sus habitantes a vivir unos sobre otros y donde la tierra tiembla frecuentemente, como una niña que no termina nunca de crecer.

Desde entonces, Santa Elena ha diversificado su tradicional producción de queso con los ingredientes del turismo y, de esta manera, restaurantes, tiendas de recuerdos y opciones de hospedaje han comenzado a florecer en sus calles con la misma exuberancia que lo hacen los árboles circundantes. Paralelamente, Monteverde se ha transformado en un sitio donde términos tan manidos como agricultura orgánica, "fuentes alternativas de energía y turismo sostenible han pasado de ser meros vocablos de panfleto turístico a reencarnarse en una realidad epifita, como muchas de las plantas que crecen en el bosque (plantas que viven dentro de otras, pero sin alimentarse a sus expensas). Efectivamente: es la comunidad misma la que administra una de las dos reservas de la zona (la reserva de Santa Elena) sin romper el delicado equilibrio de este ecosistema.

Y es que en Monteverde la vida se escribe con la tinta transparente del agua: gracias a un suministro constante de nubes que le llega desde los océanos Pacífico y Atlántico, este área recibe una humedad vivificante en forma de niebla que se queda atrapada en las copas de los árboles, los cuales llegan a alzarse hasta hacerle cosquillas al cielo, a cuarenta metros de altura.

Desde ahí, la humedad se abraza a las ramas con tanta fuerza, que comienza a gotear sobre otros organismos ubicados más abajo y es así como surgen más de 100 especies de mamíferos, 400 de aves, decenas de miles de especies de insectos y más de 2.500 variedades de plantas, de las cuales casi una quinta parte son orquídeas.

360 grados de verde

Para algunos, Monteverde se aprecia mejor desde las alturas, desde esas alturas cargadas de humedad donde los arco iris suelen pintarse. Recorrerlo puede hacerse con la adrenalina del canopy, una especie de tirolina en la cual es posible volar de árbol en árbol, al lado de quetzales que también se confunden verdemente con el panorama aunque, de vez en cuando, su pecho brillante los delata y rompen la monotonía con rayos enrojecidos de plumas.

También, para quienes sienten que no necesitan del combustible de la velocidad existe la opción de realizar el skywalk, cuyo surrealista nombre traducido al castellano significa "caminata por el cielo". A través de este recorrido es posible mirar los rostros de los árboles más altos, cara a cara, a cuarenta metros, mientras se camina por senderos conectados por puentes colgantes.

En todo caso, Monteverde sigue siendo verde desde cualquier ángulo. Mantener los pies bien puestos sobre la tierra no significa que hayamos salido de la mitad del arco iris. Caminar por cualquiera de las dos reservas puede hacerse en compañía de ocelotes, osos perezosos y jaguares que, si bien es cierto son extremadamente difíciles de ver, siguen formando parte de este microcosmos a su discreta y anónima manera.

Para observar más de cerca el alma en movimiento del bosque tropical nuboso, también es posible visitar el mariposario y la galería de colibríes. Ahí, entre el batir de alas, reside parte del espíritu de Monteverde, conjugado en un espacio mucho más accesible para los sentidos.

Aun en la oscuridad de la noche, cuando ya no hay luz con la cual pueda formarse arco iris alguno, es posible seguir descubriendo los 360 grados de naturaleza de Monteverde: recorridos nocturnos para encontrarse con murciélagos se llevan a cabo en la espesura del bosque, en la rotundidad del silencio, antes de que la niebla se disipe nuevamente con la llegada de la mañana y sea posible, incluso, observar el cono perfecto del volcán Arenal (1.670 metros), que duerme a ratos algunos kilómetros más allá, en la franja color naranja del arco iris.

Hacia el color azul

Más de un centenar de kilómetros hacia el oeste, la franja color verde del arco iris comienza a difuminarse en una tonalidad más azulada conforme nos acercamos, poco a poco, al Océano Pacífico. Sin embargo, esta zona aún sigue perteneciendo al omnipresente reino verde.

Si tomamos el coche y conducimos por algunas horas, deteniéndonos de vez en cuando para preguntarle a los costarricenses o ticos por direcciones (con su peculiar manera de darlas, ignorando olímpicamente los nombres de calles y carreteras para orientar con folclóricas respuestas tipo: "De la iglesia tal, 300 metros al suroeste y 50 al norte, dobla a la derecha y sigue hasta topar con cerca. De ahí son como unos 800 metros a la izquierda, hasta encontrar el abastecedor X, uno pintado en color papaya y ya de ahí, todo directo"), nos encontramos con el Parque Nacional Palo Verde. Este santuario natural incluye en su anatomía la arteria fluvial del río Tempisque, que desemboca en el mar azul del golfo de Nicoya.

A diferencia de Monteverde, es este un cosmos desprovisto de niebla y humedad: Palo Verde es uno de los últimos bosques tropicales secos que alguna vez cubrieron gran parte de Centroamérica; un tejido de lagunas, pantanos, manglares y praderas con algunas tonalidades verdes aquí y allá, aunque no de forma tan universal como solía ser al oriente del arco iris. Es aquí donde, a finales de la época lluviosa, más de 250.000 aves construyen su casa, sin tener que perderse ellas con las direcciones tan precisas y tan ticas con las cuales batallan los turistas y visitantes. Palo Verde se convierte así en uno de los mejores lugares para observar vida silvestre en uno de los ecosistemas que, lamentablemente, se encuentra en mayor riesgo de desaparecer.

La Isla de Pájaros (que, así como sucede con Monteverde, no lleva ese nombre por mero capricho nominal) se ubica en el medio del río Tempisque y es el epicentro de encuentro para aves como hocofaisanes, tucanes y guacamayas. Gracias a la ausencia de un follaje denso, observar las aves es tarea fácil para el ojo humano, que, luego de haberse satisfecho de verde, comienza a encontrar nuevas figuras en el azul del cielo.

Sin embargo, no todo se concentra en el aire: en Palo Verde la tierra es también un elemento vivo, donde es posible encontrar venados, armadillos y yaguarandíes, una especie de felino salvaje que consiste en una curiosa aleación de gato doméstico y puma.

Más allá, hacia el sur, el color azul del mar comienza a dominar esta nueva franja y continuamos nuestra ruta hacia los bordes de Costa Rica, donde la luz absoluta vuelve a convertirse en blanco.

Cabo Blanco: la última frontera

En la punta sur de la península de Nicoya se encuentra el final del arco iris: un lugar donde la descomposición de la luz termina por convertirse en un blanco omnipresente desde la lejanía, gracias al guano incrustado en las piedras de esta reserva nacional absoluta ubicada en las costas del Océano Pacífico.

Cabo Blanco es el área protegida más antigua de Centroamérica y el primer Parque Nacional de Costa Rica. Creado a inicios de la década de los 60 (mucho antes del sistema de parques nacionales que trajo la explosión del ecoturismo costarricense), constituye un punto de transición entre el bosque tropical seco y el bosque tropical húmedo, un diptongo natural conformado por más de un centenar de especies de árboles, algunos de los cuales pueden alcanzar unos vertiginosos sesenta metros de altura.

Cabo Blanco es un refugio de gran importancia para la protección de aves marinas, y es también una de las áreas de mayor belleza escénica de la costa del Pacífico.

A pesar del tamaño relativamente pequeño de la reserva, la fauna es bastante variada. Puercoespines, monos aulladores, mapaches y venados recorren la blancura del cabo, mientras que, desde el cielo, más de 240 especies de pájaros observan entre las nubes la albina superficie salpicada por árboles que nunca pierden sus hojas y permanecen por siempre verdes desde el momento en que sus ramas comienzan a despuntar en busca de la luz, como una rebelión ante la blancura con la cual se ha bautizado a este santuario natural.

No obstante, poco más de un kilómetro y medio más allá de la costa, la isla Cabo Blanco reivindica nuevamente su nombre: se trata de un peñón rocoso, sin vegetación, cubierto de la monotonía nívea del guano. Aunque está conformada por paredes casi verticales, una parte de la isla se ha rendido a las caricias violentas del mar y una cueva se abre camino hasta llegar a su misma alma. Alrededor, una variada fauna marina respira el color añil del final del arco iris. Desde peces que miden tan solo unos pocos centímetros hasta pulpos, rayas y tiburones martillo, las criaturas marítimas se confunden en el azul del Océano Pacífico.

Y más allá, en el horizonte, cuando cae la tarde y se acaba la luz, regresa la oscuridad. Pero no por mucho tiempo: a la mañana siguiente, los colores del arco iris volverán a despertar, con la fuerza de la naturaleza que vibra en la cintura del continente americano.

Turismo ecológico y social

En Monteverde, así como el ecosistema se organiza en medio de las montañas para lograr un equilibrio, la población a su vez se organiza para encontrar un balance social más justo. Diversas agrupaciones sin ánimo de lucro manejan proyectos para contribuir al desarrollo del pueblo de Santa Elena y comunidades aledañas.

Por ejemplo, cada sábado por la mañana se organiza un mercado (conocido como "la feria") en el cual los pequeños agricultores y productores locales son los protagonistas. Además de frutas y vegetales frescos (muchos son producidos de forma orgánica y con fertilizantes naturales), es posible degustar platillos típicos de la cocina costarricense, que generalmente son servidos por gente mayor de la comunidad o por niños y jóvenes pertenecientes al movimiento boy scout.

También se organizan actividades culturales, como bailes típicos, conciertos, intercambio de recetas de cocina y venta de artesanías, en medio del característico aroma del café producido en la zona.

Por su parte, la Cooperativa de Artesanas de Santa Elena y Monteverde es una organización dedicada a apoyar el trabajo de las mujeres artesanas de la comunidad. La agrupación cuenta con un taller en el cual es posible aprender sobre los métodos de trabajo locales, así como una tienda en la cual se pueden adquirir productos como bolsos, ropa, artículos de cerámica, joyería y juguetes.

Enfocándose más en el aspecto ecológico, el Instituto Monteverde se especializa en conjugar programas de manejo sostenible de recursos con el desarrollo comunitario. En colaboración con escuelas y universidades alrededor del mundo, imparte programas académicos y clases de castellano. Asimismo, ofrece la posibilidad de realizar pasantías y periodos de voluntariado.

La Asociación Conservacionista de Monteverde también gira alrededor de oportunidades educativas y muchos de sus esfuerzos se orientan hacia la investigación científica, las prácticas de desarrollo sostenible y los proyectos de reforestación.