La carretera más bonita del mundo

Se llama Great Ocean Road, está en Australia y serpentea entre playas infinitas salpicadas de surfistas, imponentes acantilados y bosques de eucaliptos, al paso de los canguros y los koalas.

Noelia Ferreiro
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Foto: ISTOCK

No hay carretera más hermosa, más completa y más variada. No hay trayecto más espectacular como éste de la costa sur australiana, que atraviesa a su paso algunos de los prodigios más fotografiados del país-continente. Una ruta asomada a la costa que discurre por el estado de Victoria y que parte cerca de Melbourne dirección Adelaida hasta alcanzar las imponentes formaciones rocosas de los Doce Apóstoles con su inigualable perfil.

Por el camino, colgado del mar, playas kilométricas, selvas, acantilados, farallones moldeados por la furia del océano, viejos puertos balleneros, poblaciones adormiladas en el fin del mundo, bosques de eucaliptos plagados de koalas… y canguros, muchos canguros que irrumpen en el camino, que a menudo se cruzan desde los campos que flanquean el asfalto, y que pese a su simpática estampa, resultan altamente vulnerables. Por eso, de noche, no se recomienda conducir: en la oscuridad, y cegados por las luces, es fácil atropellarlos.

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La Great Ocean Road está catalogada como la carretera más bella del mundo y uno de los puntos más fuertes dentro del catálogo de maravillas que esconde el continente rojo. Un espectáculo de cuestas en sube y baja, de curvas y contracurvas, de retorcidos zigzags al que acompaña una espectacular panorámica. El itinerario, de unos 420 kilómetros, puede abordarse en unos tres días, con tiempo para detenerse en los múltiples miradores que salpican el camino al pie de escenarios que dejan la respiración contenida.

Nada como una autocaravana para abordar esta ruta de las antípodas que rinde tributo a los soldados caídos en la Segunda Guerra Mundial, por lo que es, además, el monumento conmemorativo más largo de la tierra. Un recorrido para el que habrá que ir bien provistos de combustible y agua, y que comúnmente se inicia en Torquay (aunque no queda muy claro cuál es su principio y su fin).

La Great Ocean Road atraviesa playas como Bells o Jan Juc, que encarnan la imagen arquetípica australiana: auténticas alfombras de arena dorada escoltadas a un lado por la vegetación, y a otro por un bravo oleaje cabalgado por miles de surfistas. Pero también avanza por viñedos, bosques y granjas. Por coquetos pueblos como Lorne, Geelong  o Apollo Bay, que resulta ideal para explorar el Parque Nacional de Cape Otway, allí donde dormitan los koalas junto a helechos gigantescos.

Los Doce Apóstoles. | ISTOCK

Pronto se dará con el tramo más impresionante: el Parque Nacional de Port Campbell y su hilera de acantilados y aguas enfurecidas. Es entonces cuando aparece el hito de la ruta: los Doce Apóstoles, unas dramáticas formaciones rocosas que emergen de las aguas y que son producto de cientos de miles de años de erosión. Contemplar desde una pasarela su perfil onírico, sobre todo al atardecer, es una experiencia inolvidable.

Y es que estas torres de piedra caliza azotadas por vientos huracanados e implacables oleajes propician esa estimulante sensación de encontrarse en los confines de la Tierra. La espuma lo cubre todo, los respiraderos rujen y la resaca devuelve su silueta envuelta en la bruma.

Aparecerán después nuevas formaciones rocosas: The Blowhole, The Arch, London Bridge, The Grotto… Y también nuevas calas con olas impenitentes, restos de barcos naufragados, más canguros y koalas, frondosas reservas naturales y localidades como Warrnambool, donde para muchos acaba la Great Ocean Road y donde las ballenas francas australes aparecen todos los años entre mayo y septiembre. Un magnífico broche de oro al término de la  más bella ruta del mundo.