DE LOGROñO A GRAñóN
La Rioja
Historia y paisaje se funden en uno de los tramos más amables del Camino, rodeado por viñedos que recuerdan la definición menos mística de estas tierras. Hay buen vino para acompañar una ruta que tiene en Santo Domingo de la Calzada y San Millán de la Cogolla dos paradas de gran valor cultural.

Es el río Ebro, el más caudaloso de todo el Camino, el que nos va a marcar la frontera entre Navarra y La Rioja, comunidad en la que nos adentramos a través de Los Arcos, una localidad que gozó en la antigüedad de una posición especialmente privilegiada ya que, al ser limítrofe, se beneficiaba de ambos fueros.
Su gran desarrollo tuvo lugar gracias a las peregrinaciones a Santiago de Compostela, motivo por el cual llegaron a construirse tres hospitales (el de San Blas hoy es una ermita). Su estructura es la de un típico pueblo jacobeo, con una única calle importante, la calle Mayor. Entre sus edificios destacan sus palacios blasonados y la iglesia de Santa María, donde confluyen muy diferentes estilos, desde el románico hasta el gótico-flamígero de su claustro.
La histórica villa de Nájera creció en torno al
monasterio de Santa María la Real.
Desde aquí tendremos que recorrer sólo 28 kilómetros para llegar a Logroño, la capital de aires modernos que conserva, sin embargo, un interesante núcleo monumental muy evocador de los años de esplendor de la ruta jacobea. Fue el rey Alfonso VI quien impulsó la construcción del puente de piedra de 12 arcadas que permitía cruzar el río Ebro y alcanzar la población. Fue construido por San Juan de Ortega en el siglo XI, si bien el actual, en el mismo lugar, es de ocho centurias después. Por él se accedía a la vía de peregrinos, la Ruavieja, que conserva todo el encanto de aquellos tiempos, tal y como atestigua la llamada fuente de los Peregrinos y la iglesia de Santiago, del siglo XVI, ubicada en una zona totalmente remodelada con un suelo en el que aparece incrustado el tradicional juego de la oca, pero con motivos jacobeos.
Los peregrinos solían abandonar la ciudad amurallada por la puerta de Carlos V, pero hoy en día se impone un recorrido mucho más pausado para deambular por sus calles peatonales y disfrutar de algunos de sus rincones –el paseo del Espolón, la calle del Laurel con sus animadísimas tabernas– y monumentos, entre los que destaca la catedral de Santa María la Redonda, con dos torres gemelas barrocas y una fachada-retablo profusamente decorada, y el Museo de La Rioja, entre cuyas piezas más preciadas destacan las Tablas de San Millán, del siglo XIV.
A unos 17 kilómetros al sur de la ciudad de Logroño se encuentra Clavijo, un pueblo de inconfundible aspecto medieval elevado sobre un farallón en un entorno que realmente impresiona. Sus reminiscencias jacobeas las encontramos en la cruz de Santiago que culmina la torre más elevada de su castillo, declarado Monumento Nacional y desde donde se obtiene una fantástica panorámica de los alrededores.

Bodega riojana.
Los talleres alfareros de la villa de Navarrete nos dan la bienvenida a nuestra siguiente parada, cuya calle Mayor fue trazada durante la Edad Media siguiendo el Camino de Santiago. Hay que fijarse especialmente en la iglesia de la Asunción de María, una construcción del siglo XVI que consta de tres naves cubiertas con crucerías, y en la bellísima portada románica que da paso al cementerio, ya que procede del hospital jacobeo de San Juan de Arce.
Veinte kilómetros quedan para llegar a Nájera, histórica población a orillas del río Najerilla que los peregrinos debían cruzar a través del primitivo puente. La ciudad fue creciendo en torno al monasterio de Santa María la Real, surgido en torno a una cueva en la que se encontró una imagen de la Virgen con un jarro de flores. El edificio original era de estilo románico, pero en la actualidad predominan en él los elementos góticos y renacentistas. Destacan en el interior del templo su coro del siglo XVI, el panteón real, el sepulcro de doña Blanca de Navarra y, sobre todo, el claustro plateresco de los Caballeros, del siglo XVI, que exhibe unas cuidadas celosías de piedra.
Desde Nájera podemos intentar emular a los peregrinos medievales y, en vez de dirigirnos a la localidad de Santo Domingo de la Calzada, venerar las reliquias de San Millán de la Cogolla. Fue en el siglo VI cuando un joven pastor de Berceo, que puede que se llamara Emiliano o quizás Millán, decidió retirarse del mundo para llevar una vida ascética en el interior de una cueva. Es éste el origen de un eremitorio, primero, y ya en el siglo X de un monasterio, el de Suso (o de arriba), que forma junto con el monasterio de Yuso (o de abajo) el incomparable conjunto monumental de San Millán de la Cogolla –a 20 kilómetros de Santo Domingo–, declarado Patrimonio de la Humanidad.

Valle del río Oja.
En una ladera de la montaña, el monasterio de Suso aún conserva en su interior aquellas cuevas a las que se retiró San Millán. Son sus sinuosas formas las que marcan la disposición escalonada del edificio, en cuya construcción se mezcla el estilo mozárabe con el románico. Por la parte más baja se accede al atrio, con una pequeña puerta que da paso a la iglesia, con dos naves separadas por arcos de herradura y bóvedas de cañón. Al fondo de ella pueden verse las cuevas, aunque es el sepulcro de San Millán, obra románica del siglo XII, con su figura yaciente, el que concentra todas las miradas.
Bajando por el valle que forma el río Cárdenas se llega al monasterio de Yuso, a sólo un kilómetro. Su fachada barroca, del siglo XVII, aparece rematada por un San Millán a caballo. En el interior, una escalera neoclásica sirve como eje distribuidor de las dependencias, entre las que destacan el salón de los Reyes, el refectorio, el claustro de los Canónigos y el de San Millán. La biblioteca guarda una interesante colección de incunables y pergaminos, así como un facsímil de las Glosas Emilianenses, la más antigua manifestación escrita conocida del castellano, fechada en el año 1040 y perteneciente a este monasterio. De ahí que en una de las alas del edificio funcione el Aula Permanente de la Lengua Española, donde se celebran congresos y seminarios filológicos.

A orillas del río Oja se extiende Santo Domingo de la Calzada, llamada así en honor del santo que construyó aquí una calzada, sí, pero también un puente de piedra, un albergue y una iglesia, en torno a los cuales no tardó en crecer ampliamente la villa. Las murallas, de las que se pueden ver todavía restos, fueron levantadas en el siglo XIV por el monarca Pedro I durante el transcurso de la guerra fratricida que mantuvo con Enrique II. Sus puertas arqueadas constituyen el mejor acceso al casco antiguo, que conserva todo su encanto medieval en calles como la de los Caballeros, con casas blasonadas y aleros de madera. Son muchos los edificios de interés, como el Ayuntamiento y el antiguo Hospital de Peregrinos, hoy reconvertido en Parador.
También merecen una visita la iglesia de Nuestra Señora de la Plaza, el palacio del Obispo –de estilo gótico–, el convento de San Francisco y el de las Bernardas. Aunque es la Catedral su principal monumento, una típica iglesia de peregrinación con una cabecera que permite bien la circulación interior de los devotos que hacían y hacen la ruta jacobea. En su fachada conserva la huella del románico –comenzó su construcción en el siglo XII–, aunque en ella son reconocibles diferentes estilos. En su interior destacan el templete-mausoleo de Santo Domingo –una obra del gótico tardío–, el retablo plateresco del altar mayor y el coro. También llaman la atención las numerosas capillas del templo y una torre exenta barroca que, con sus 70 metros, es la más alta de La Rioja.

Pero en la Catedral casi todas las miradas se centran en un gallinero, con un gallo y una gallina blancos, frente a la tumba del santo, que recuerda el más famoso de sus milagros: “Santo Domingo de la Calzada, que cantó la gallina después de asada”. Cuenta la leyenda que un joven peregrino alemán que se dirigía a Santiago de Compostela con su familia fue acusado en Santo Domingo de un robo que no había cometido, y por el cual se le ahorcó. Los padres siguieron el Camino y a su regreso de Compostela fueron a rezar al patíbulo de su hijo. Una vez allí, descubrieron que, a pesar del tiempo transcurrido, seguía vivo. Así se lo comunicaron al corregidor, que estaba comiendo y no les creyó. Y el padre dijo: “Está tan vivo como esa gallina que hay en el plato”. Ante los asombrados ojos de todos los asistentes, el ave saltó y se puso a cantar.
Desde Santo Domingo ya sólo nos queda una última parada en las tierras riojanas, Grañón, un típico pueblo jacobeo, con un templo del siglo XIV consagrado a San Juan Bautista y un precioso entorno, repleto de robledales. La provincia de Burgos, y con ella las tierras de Castilla, nos esperan.