DE O CEBREIRO A MONTE DO GOZO
Galicia
Son tan sólo 150 kilómetros, pero condensan toda la esencia del primitivo Camino. Dos montes marcan el principio y el fin de un recorrido muy especial que atraviesa las provincias de Lugo y A Coruña, entre pueblos, bosques, “corredoiras” y leyendas que sirven como alimento espiritual tan cerca de la meta.

El Camino Francés se adentra en Galicia de la mejor forma posible, mostrando dos de sus mayores encantos: una senda milenaria y una aldea en la que aún resuenan los ecos de un lejano pasado que se remonta a los tiempos protohistóricos. Hablamos de O Cebreiro, enclave de origen prerromano de la provincia de Lugo situado en la cúspide de la montaña, a unos 1.300 metros de altitud. Un mirador privilegiado de la geografía gallega, desde el que se aprecia el contraste de la silueta dentada de las sierras del norte con el relieve más redondeado de las que se extienden hacia el sur.
Las pallozas de origen celta y las constantes nieblas proporcionan más misticismo al lugar, en el que abre sus puertas de par en par al peregrino la iglesia de Santa María la Real, una de las más antiguas del Camino –sus orígenes se remontan al siglo IX– y una auténtica joya del prerrománico. A la derecha del altar mayor está la capilla del Santo Milagro, en la cual podemos ver la talla románica de Santa María la Real, con la cabeza inclinada. Ante ella se produjo el famoso Milagro de O Cebreiro, que se conmemora cada 8 de septiembre. Ese día se recuerda cómo el pan y el vino se transformaron en carne y sangre después de que un monje increpara a un vecino por subir a celebrar la Eucaristía sólo para poder comer algo. La leyenda se difundió por toda Europa y hasta se dice que Wagner se inspiró en ella para su ópera Parsifal.

Vista exterior del pazo de Fefiñanes, Cambados.
La imagen de la sierra de Ancares nos acompañará, entre endrinos, zarzas y acebos, hasta el alto del Poio, que es la cota más elevada del Camino Francés a su paso por Galicia. La panorámica resulta excepcional, algo que llevarnos en la memoria de camino a Triacastela, una histórica localidad pretendida por el monarca Alfonso IX para convertirla en una de las principales ciudades de su reino. Santiago es el patrono del lugar y en su honor se levanta una iglesia. Pero aquí hubo también un hospital, una cárcel para peregrinos –algo que resulta totalmente insólito– y una cantera, de la cual los caminantes cogían piedras para que pudieran ser utilizadas posteriormente en las construcción de la catedral compostelana.
Un pequeño rodeo por carretera nos llevará hasta la localidad de Samos, donde se alza el monasterio benedictino de San Xulián, conocido también como El Escorial gallego, de orígenes visigóticos, si bien su factura actual data de los siglos XVI al XVIII. La capilla del Ciprés es la más antigua del cenobio y lo más llamativo junto a la iglesia barroca, el claustro de Feijoo –tan erudito padre y escritor pasó aquí gran parte de su vida– y el de las Nereidas, presidido por una preciosa fuente. Frente al monasterio se puede visitar la prerrománica capilla del Salvador, junto a la que crece un enorme ciprés que lleva más de mil años dando sombra a los peregrinos que hasta aquí llegan.
Por el cerrado valle del río Sarria la carretera avanza hasta la localidad del mismo nombre. El Camino discurre por la calle Real de Sarria, donde se emplazan sus principales monumentos, como son las iglesias de Santa Marina y San Salvador, esta última con una portada románica con un sencillo Pantocrátor. Además, resultan de especial interés el hospital de San Antón, los restos del antiguo castillo del siglo XIV, la ermita de San Lázaro, el convento de la Merced y el de la Magdalena, desde el que se atisba una bonita panorámica de toda la población.

Palloza e iglesia de O Cebreiro, en Lugo.
En Sarria merece la pena desviarse unos kilómetros hacia el sur y, tras pasar Monforte de Lemos, alcanzar una de las zonas más hermosas de la Galicia interior, la Ribeira Sacra, esa zona que se extiende entre el sur de la provincia de Lugo y el norte de la provincia de Ourense, entre las riberas de los ríos Sil y Miño. Hecho este inciso podemos retomar el Camino propiamente dicho para dirigirnos a Barbadelo, una localidad lucense casi perdida del mundo que aparece en medio de un bosque para sorprender a quien hasta aquí llega para admirar su iglesia de Santiago, un sencillo templo románico construido en granito con una bella portada de tímpano historiado.
Pequeñas aldeas que cuesta identificar en los mapas preceden a Portomarín, la población nueva, claro, porque la antigua, que existía ya en tiempos romanos, permanece sumergida bajo las aguas del embalse de Balesar. Antes de que quedara anegada, sus monumentos fueron trasladados piedra por piedra al emplazamiento actual allá por 1960, tal y como ocurrió con la iglesia-fortaleza de San Nicolás, construida entre los siglos XII y XIII por los monjes-caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén. Más edificios fueron salvados, como la capilla de la Virgen de las Nieves y la fachada románica de la iglesia de San Pedro.
Hay que cruzar uno de los ramalesdel embalse del río Miño para poder continuar, una vez pasado el Hospital de la Cruz –llamado así por su antiguo hospital– hasta Ligonde, en donde en su día hubo otro hospital perteneciente a la Orden de Santiago justo al lado del cementerio de peregrinos.

También existe aquí una iglesia dedicada al Apóstol, de estilo neoclásico, si bien conserva su portada original románica. Con todo, el monumento más importante de Ligonde se encuentra en las afueras, donde se emplaza el cruceiro de Lameiros, que es el más famoso de todo el Camino. Data del año 1670 y resume con suma maestría la conjunción entre pasión y vida. En él se puede observar por un lado la imagen de la Virgen con Cristo en sus brazos y, por el otro, a Cristo en la cruz. Los cuatro lados de la base representan el calvario (martillo, clavos, espinas y calaveras).
Aunque nuestra siguiente parada debiera ser Palas de Rei, conviene desviarse unos pocos kilómetros de la ruta para visitar Vilar de Donas y su parroquia de San Salvador, un templo románico regentado en sus orígenes por una orden religiosa femenina hasta que pasó a ser propiedad de la Orden de Santiago. Tiene planta de cruz latina con tres ábsides abovedados y crucero con bóveda de crucería. En el interior destacan varios sepulcros de los caballeros santiaguistas y los frescos góticos que cubren buena parte de los muros, con escenas en las que podemos ver a una serie de mujeres a las que se ha llegado a llamar las Giocondas de Galicia. Ahora sí, llegamos ya a Palas de Rei, localidad cuyo origen se pierde en el tiempo si tenemos en cuenta los numerosos castros celtas de la zona y su particular situación, en la vía romana que unía Lugo y Astorga.

Típico hórreo.
La población ha sido siempre un importante enclave jacobeo –tuvo su propio Hospital Real–, hasta el punto de que, según cuenta la tradición, los peregrinos de la Edad Media se reunían en el cercano Campo dos Romeiros para realizar juntos la última etapa del Camino. Estamos cerca ya de Santiago de Compostela, pero antes tenemos que visitar otros puntos de interés, como el castillo de Pambre, el mejor ejemplo de arquitectura militar de Galicia, construido por Gonzalo Ozores de Ulloa en el año 1375 sobre un escarpado peñasco a la ribera del río Pambre, que actúa como defensa natural. De él llama la atención su espectacular torre central de tres plantas y la muralla exterior, que se adapta a la configuración del terreno.
Casi sin darnos cuenta hemos llegado ya a la provincia de A Coruña a través de las localidades de Leboreiro, Furelos y Melide, donde confluye el Camino Francés con la ruta de los peregrinos que vienen de Asturias. Su cruceiro, del siglo XI, es el más antiguo de Galicia y sus monumentos, dignos de toda atención. Ahí están la iglesia románica de San Pedro, la de Santa María –con sus pinturas murales– y el convento de Sancti Spiritus, con una fachada neoclásica que da paso a un interior gótico. En el antiguo hospital de peregrinos se encuentra hoy el Museo da Terra, memoria histórica y cultural del concello.
Encaje de bolillos.
El puente medieval de Ribadiso da Baixo nos pone en dirección a Arzúa, villa en la que los peregrinos tenían que pagar un canon al pasar por ella; de ahí que en su momento existiera un albergue para peregrinos sin recursos. Los nervios aquí suelen estar ya a flor de piel porque la llegada a Lavacolla, donde los caminantes se lavaban en el río antes de presentarse ante el Apóstol, es inminente. Por tanto, también se presiente ya el Monte do Gozo, incomparable símbolo del Camino de Santiago, ese lugar al que el mismísimo Santiago trasladó, a lomos de su caballo, a un peregrino enfermo abandonado a su suerte en tierras de León, tal y como nos narra la tradición. La palabra gozo en su nombre lo dice todo: es una proeza llegar hasta aquí, un auténtico sueño cumplido que se hará aún más grande al cruzar la ciudad del Apóstol. Santiago de Compostela nos espera.