Zanzíbar, una isla de clavo y cardamomo

Descubrir este paraíso del Índico que parece sacado de las Mil y una noches es hacer un viaje sensorial por el aroma a especias que desprenden sus campos.

Noelia Ferreiro
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Foto: ISTOCK

Clavo y cardamomo, sí, pero también canela, vainilla, pimienta, nuez moscada. Zanzíbar es la legendaria isla de las especias, la joya que logró cautivar, a finales del siglo XVII, a los sultanes omaníes, a los comerciantes persas, a los navegantes que surcaban el Índico en busca de un remoto exotismo. Hoy, mucho tiempo después, este pequeño paraíso asentado frente a la costa tanzana poco ha cambiado en su esencia: esa amalgama de lo africano, árabe e hindú y esa estampa de paraíso tropical que la convierte en un mundo aparte.

Porque Zanzíbar, que en realidad está formada por dos islas principales –Zanzíbar o Unguja y Pemba- más 48 atolones, es mucho más que esa imagen que pondríamos de salvapantallas: un rosario de playas infinitas con aguas turquesas ribeteadas de arena coralina y de una ristra de cocoteros que se mecen propiciando brisa fresca. Que también lo es, claro que sí, y por ello supone el colofón perfecto a la aventura de un safari por el interior de Tanzania.

Pero más allá de su costa idílica, Zanzíbar es un lugar único. Una encrucijada de culturas milenarias que tiene su máxima expresión en Stone Town, la capital del archipiélago declarada Patrimonio de la Humanidad. Es tal vez el primer contacto con la isla, el primer baño de magnetismo cuando se divisa a lo lejos mientras se surca el azul profundo del mar a bordo de uno de esos barcos como sacados de las Mil y una noches.

Al atardecer, es habitual ver a chicos jóvenes saltar al mar desde el puerto en Stone Town. | ISTOCK

Luego, de cerca, todo serán emociones. La Ciudad de Piedra, llamada así por haber sido edificada con roca blanca de coral, es toda ella una especie de zoco oriental: callejuelas laberínticas, riadas de hombres de razas diversas, mujeres ataviadas con colores chillones, mercados de baratijas, ráfagas de incienso entre el olor a pescado fresco y, de tanto en tanto, el lamento de los muecines que convocan al rezo.

Stone Town ha sido urdida con las reminiscencias de un tiempo pasado y esto se percibe en sus edificios desconchados por el salitre. En las puertas de madera labrada y tachonadas de clavos como en la India (uno de sus principales rasgos arquitectónicos que muestran gran belleza artesanal); en las mezquitas de cúpulas inmaculadas, en los patios que se cierran de pronto a las miradas curiosas, en los monumentos que se concentran en el paseo marítimo: la fortaleza omaní del siglo XVIII o el palacio del sultán, también llamado Casa de las Maravillas, que preside la explanada donde cada noche, a la fresca, se abren puestos de pinchos morunos, pulpo seco y zumo de caña.

Casa de las Maravillas. | ISTOCK

Claro que también la ciudad, que más tarde recibió el influjo de británicos y portugueses, tiene sus propias sombras. Tiempos vergonzosos en los que fue el centro neurálgico de la subasta de esclavos hasta 1873. De aquella infamia quedan algunas huellas, como la mansión del esclavista Tippu Tip o aquel espacio (ocupado hoy por la catedral anglicana) donde se subastaba a los hombres, mujeres y niños capturados en las profundidades de África.

Nada está lejos en esta isla que mide casi treinta kilómetros de este a oeste y alrededor de cien de norte a sur. Por eso conviene abandonar la capital para acercarse al Zanzíbar marino, el de esa costa oriental que es una playa in terminable protegida por una barrera de coral. Aquí donde se han asentado los principales hoteles al pie de arenales como el de Kiwengwa, Paje, Bwejuu, Kizimkazi o, ya en el extremo, Jambani, también se puede admirar una de las escenas más bellas que nos regala este lugar: el de las mujeres recolectoras de algas, una de las principales fuentes de ingresos, con las que se elaboran cosméticos como jabones o exfoliantes.

Recolectoras de algas en Zanzibar. | ISTOCK

Desde el litoral, en los característicos dhows (naves de vela triangular), se puede ir a la Isla de Prisión, con su colonia de tortugas gigantes, o a las límpidas aguas del sur, donde se nada con delfines. También a cualquier punto del arrecife para bucear entre corales, especialmente en la zona que rodea el islote de Mnemba. Tierra adentro, también existen bonitas excursiones, como la selva de Jozani, a la que se llega entre perfumados campos de especias para contemplar a los simpáticos monos red colobus.