Nueva York, 7 días en la Gran Manzana

Los reincidentes –Nueva York es una ciudad para “pecar” una y otra vez– ya tendrán apuntada en su agenda una buena ristra de lugares para ir tachando de la lista. Este es un plan para neófitos con el que, a lo largo de una semana, no perderse los imprescindibles de Manhattan y hasta indagar por otros “boroughs” o distritos punteros de la capital del mundo. Y un aviso para navegantes: aquí se camina hasta la extenuación. 

Elena del Amo
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Foto: Mlenny
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Día 1
La Quinta Avenida

Café y bagels. El primero, americano y larguísimo; y esos crujientes panecillos con forma de donut, rellenos como mínimo de queso crema. Después de un iniciático desayuno puramente neoyorquino, qué mejor que empezar a hincarle el diente a la Gran Manzana por la puerta grande. Iconos, esta ciudad suma unos cuantos, pero pocos capaces de medirse con su majestad el Empire State Building. La mañana no es el mejor momento de subir, ya que de noche las vistas desde su azotea serán aún más impactantes y probablemente haya mucha menos cola, pero este rascacielos de los años 30 –sí, el mismo desde el que fue derribado King Kong y donde Meg Ryan y Tom Hanks se encuentran por fin en Algo para recordar– queda que ni pintado para comenzar a recorrer lo más jugoso y carismático del Midtown.

Subiendo por la mítica Quinta Avenida, a cuyos escaparates convendrá consagrarle unas buenas horas a lo largo de la semana, pocas calles más arriba habrá de entrarse a curiosear por las elegantes salas de la Biblioteca Pública, donde también ofrecen visitas gratuitas más a fondo. Tras cruzar Madison y Park Avenue por la 42, sobre Lexington se levantan las también fotografiadísimas hechuras art decó del Edificio Chrysler, símbolo de la pujanza de la ciudad desde comienzos del siglo XX, cuando superó a Londres en población y ya apuntaba maneras de convertirse en la capital del mundo. Y como aquí se almuerza pronto e irán siendo horas, basta recular unos pasos para colarse en el hervidero humano de la monumental estación de Grand Central, en cuyos bajos tomarse unas ostras –en realidad tienen de todo, incluso sándwiches a partir de unos 12 $– en su centenario Oyster Bar. El lugar resulta inconfundible por las bóvedas de Guastavino, el valenciano que concibió a su vez las que decoran el Metropolitan, la Sala de Registro de la isla de Ellis o la Universidad de Columbia. Imperdonablemente en España se le conoce poco, pero en su obituario el rotativo The New York Times sentenció nada menos que “Ha muerto el arquitecto de Nueva York”.

De vuelta a la Quinta, a esta arteria esencial se asoman todos los grandes: desde la tienda estrella de Zara y su equivalente japonesa Uniqlo codeándose con Tiffany’s, Gucci y demás marcas de lujo hasta los almacenes Saks, que las aglutina a casi todas, las plumas y encajes de Victoria’s Secret o los modelos de torso desnudo de Abercrombie & Fitch, con siempre una cola de órdago para entrar. Dicen, y con razón, que si no encuentras algo en Nueva York es que no existe, y no hay mejor lugar para comprobarlo que esta interminable tira de asfalto, trazada a tiralíneas, que parte en dos la isla de Manhattan, oficiando de frontera entre su algo más asequible Oeste y la prohibitiva zona Este. Pero ni siquiera la Quinta vive solo de las compras. La fauna urbana que deambula por ella es un destino en sí mismo, con cantantes y vagabundos que son parte de la historia de la ciudad o los ultraortodoxos judíos, con sus tirabuzones y sus trajes de negro riguroso, enfilando por la 47 rumbo al Distrito de los Diamantes. Más arriba, la catedral de Nueva York y la joya años 40 del Rockefeller Centre, con un mirador en las alturas que tiene poco que envidiar al del Empire State, y, casi al lado de la espectacular tienda de Apple junto a Central Park, los dorados inenarrables de la Trump Tower. Por aquí aguarda también el MOMA, pero mejor hacerle esperar un poco a sus colecciones de arte contemporáneo. Recién aterrizados, hoy es el día de entrar en ambiente, de callejear sin medida tomándole el pulso a la ciudad y pasmándose ante escenarios que, de tanto haberlos visto en el cine, se dirían un continuo déjà vu. A eso precisamente podría dedicarse el resto de la velada: a abrirse paso entre la muchedumbre y los mil y un teatros de Broadway para culminar en los neones ahora centelleantes de Times Square. Con suerte hasta podrás agenciarte en las taquillas de TKTS una entrada de último minuto con descuento para ver Chicago, El Rey León o cualquier musical que puedas imaginar.

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Día 2
Un picnic en Central Park

Frescos de buena mañana, es el momento de empezar a abordar las apabullantes dosis de arte que se gasta Nueva York dedicándole al menos un par de horas al Metropolitan. Se impone elegir, eso sí, ya que los cinco mil años de civilización que encierran sus salas darían para toda una vida. Pero antes de enfrentarse con su barbaridad de tesoros griegos, egipcios o asiáticos y su pintura que abarca desde la Edad Media al siglo XXI, conviene hacer acopio de energías. Si el desayuno del hotel no es gran cosa o no está incluido en el precio de la habitación –bastante habitual aquí–, ningún lugar mejor y más a mano que el Café Sabarsky. Se encuentra a unos pasos, en los bajos de la Neue Galerie, que a pesar de albergar auténticas joyas no se debería visitar el mismo día que el MET salvo que uno quiera ganarse a pulso un síndrome de Stendhal. Tanto el salón como sus tartas son pura exquisitez.

Para digerir el atracón de arte del Metropolitan saben a gloria los espacios abiertos de Central Park, el oasis en la jungla que le guarda las espaldas. Cercada por empalizadas de rascacielos, su cuadrícula de cuatro kilómetros de largo por casi uno de ancho hace que, si se quiere recorrer a conciencia, sea más sensato alquilarse una bici (unos 20 $ dos horas). Desde el memorial de Strawberry Fields en honor a su antaño vecino John Lennon hasta el ahora estanque Jacqueline Kennedy, o alcanzando entre el verdor las lindes con Harlem, hay cientos de rincones donde improvisar un picnic. De no haberse comprado antes los víveres, harán el apaño los buenos perritos calientes con de todo que se venden por sus quioscos.

Infinidad de conciertos y actividades para los niños, a menudo gratuitos, animan en verano las tardes de Central Park, aunque otra buena opción para tomárselo con calma después de la pedaleada será coger como en las películas uno de sus taxis amarillos –¡y desesperarse como en las películas hasta que pare uno en la hora punta!– y encaminarse hasta el muelle 83 para subir al barco que rodea medio Manhattan justo cuando las luces de la ciudad se empiezan a encender (preferiblemente con reserva). Nada que objetar tampoco a rematar la velada con un recital, un ballet, una ópera o un concierto de jazz por el megacomplejo del Lincoln Center.

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Día 3
Los barrios más “trendy”

Si ayer fue el turno del MET, hoy le toca al MOMA, donde pasearse hasta la extenuación entre picassos, matisses, warhols, de koonings... Consumida la mañana en una de las más aplaudidas colecciones de arte moderno del globo, la tarde, y la noche, le pertenecerán a los barrios más trendy. Dado lo fácil que resulta moverse en autobús por Manhattan gracias a su trazado a cuadrícula, tomando alguno de los que atraviesan la Quinta habrá que bajarse poco más allá del maravilloso rascacielos del Flatiron para caminar –¡en Nueva York se camina sin parar!– hasta el Meatpacking District. De los almacenes de carne que surtían a la ciudad y le dieron nombre a la zona cada vez queda menos. A cambio han proliferado hoteles de diseño, bares de copas y lugares tan especiales como el Chelsea Market. En la antigua fábrica de Oreo, sus plantas industriales hoy alojan un sinfín de tiendas y restaurantes como Lobster Place, donde sin perder mucho tiempo recuperar fuerzas en la barra con cualquiera de las delicias del mar que se exhiben por sus mostradores.

Para un paseo con vistas le quedan justo a la espalda las antiguas vías alzadas del tren, convertidas en el originalísimo parque de High Lane gracias a una campaña de crowdfunding promovida por unos vecinos cuando las querían derribar. De allí, a las callejuelas de aire europeo del Greenwich Village, cuyas fronteras se desdibujan con las del SoHo –el acrónimo de South of Houston Street– y estas con las de Nolita –North of Little Italy– antes de desembocar en el East Village. Por este fenomenal cogollo de casitas de ladrillo con las escaleras en zigzag, galerías de arte, cafés con punto y boutiques de diseñadores no faltará dónde cenar y tomarse una copa, incluidos speakeasies al estilo de la Prohibición como PDT o Bathtub Gin. Aunque para lo primero puede tener su gracia poner rumbo hacia Katz’s. Turístico, sí, pero no todos los días se sienta uno en el lugar donde Meg Ryan fingió aquel orgasmo tan escandaloso en Cuando Harry encontró a Sally. Además, sus bocadillos de pastrami presumen de ser los mejores de la ciudad desde 1888.

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Día 4
Objetivo: Zona Cero

El Lower Manhattan huele a dinero, si bien no tanto por el pelo de sus tiendas como por la presencia de la Reserva Federal, la Bolsa, el toro de bronce que simboliza la agresividad de Wall Street o, en el corazón de la Zona Cero, la recientemente inaugurada estación de metro de Calatrava; espectacular aunque, genio y figura, el presupuesto inicial de 2.200 millones de dólares se le fue también aquí de las manos y al final costó casi el doble. Ya se habrá ido una nueva mañana entre esto y la visita al memorial de las víctimas del 11-S o, si se está dispuesto a desembolsar no menos de 30 $, admirando la ciudad a tus pies desde el observatorio del One World Trade Center que reemplazó al de las Torres Gemelas.

Por los alrededores de la encantadora Stone Street –la primera vía en pavimentarse de Nueva York– hay una buena colección de lugares con solera para comer, como la taberna del número 52 que le toma el nombre a la calle. Salvo que uno se entretenga caminando por el precioso Battery Park, de allí al ferry de Staten Island no habrá ni cinco minutos. Porque hay quien sí o sí insiste en presentarle sus respetos a la Estatua de la Libertad, junto a la isla de Ellis, a pesar de las muchedumbres y las colas. Otros se conforman, y hacen bien, con avistar a la señora de la antorcha desde los barcos panorámicos del Circle Line, que le pasan a unos más que razonables treinta metros de distancia, o subiéndose como un neoyorquino más a este ferry que, de gratis total, lleva a Staten Island. Cada trayecto viene a durar media hora y funciona las 24 horas de todos y cada uno de los días del año, aunque, puestos a elegir, mejor decantarse por esta hora bruja en la que las luces del atardecer van cediéndole el paso al brillo de los rascacielos.

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Día 5
El pulso de Brooklyn

En Nueva York las distancias engañan. Vale que en cuanto uno se hace con el metro y los autobuses, por lo menos Manhattan resulta bastante manejable a pesar de que todo, o casi, quede también aquí más alejado de lo que parecía en el mapa. Así pues, para lanzarse a explorar los otros cuatro boroughs o distritos que integran la ciudad saldrá a cuenta familiarizarse con los metros express; mucho más rápidos que los que paran en todas las estaciones. Porque aunque para muchos Nueva York es sinónimo de Manhattan, hay mucho que vivir fuera de ella. Del todo imprescindible, el descomunal y multiétnico Brooklyn, patria chica de Barbara Streisand, Eddie Murphy y, por supuesto, Woody Allen. Su barrio de Williamsburg, una antaño zona obrera colonizada por judíos e inmigrantes latinos, es hoy el quizá mayor foco de creatividad de toda Nueva York. Sí, se ha gentrificado de lo lindo en los últimos tiempos, como prueba el postureo de hipsters y otras tribus urbanas por sus calles; sin embargo, sigue atrayendo cual imán de lo alternativo a las legiones de artistas, diseñadores, músicos o escritores que todavía no se han movido hacia Bushwick al calor de unos alquileres más baratos.

Como aún no son horas de perderse por sus bares de copas, podrá dedicarse la mañana a curiosear por sus tienditas vintage y cafés con osadía o, de ser fin de semana, también por sus mercados. Tras un brunch en, por ejemplo, el carismático Juliette, nada como acercarse a admirar el skyline de Manhattan desde el East River State Park. Así podrán compararse las vistas con las que regala, del otro lado del barrio, el famoso puente de Brooklyn. Antes de atravesárselo se impone como mínimo un paseo entre las mansiones históricas del Brooklyn Heights. Frente a ellas su Promenade y el Brooklyn Bridge Park, llenos de chavales en patines y de familias jugando con sus perros, despliegan una panorámica cada vez mejor a medida que uno se arrima más y más al mítico puente de acero. A sus lados se apuestan cámara en ristre los fotógrafos para atraparlo con la mejor luz del atardecer; perfecta también para caminárselo entero de regreso a Manhattan mirándole de frente a sus bosques de rascacielos. Para rematar la noche, ¿qué tal una cena por los restaurantes de Chinatown o Little Italy?

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Día 6
Un domingo en Harlem

No es tan fiero el león como lo pintan, al menos en su parte más próxima a la exclusiva zona del Upper East Side de Manhattan. Este lado de Harlem dejó hace tiempo de ser un lugar altamente desaconsejable, de ahí que no sean pocos los que recalan a diario por auténticos landmarks como el Teatro Apollo, donde actuaran desde Louis Armstrong hasta Ella Fitzgerald, o el Studio Museum, que, casi en el cruce entre los boulevares Malcom X y Martin Luther King, homenajea a los grandes artistas de la cultura afroamericana. De ser domingo incluso podrás asistir a una misa gospel –algunas bastante turísticas y otras en absoluto– y, tras picar algo en el Red Rooster o probar la soulfood del icónico Sylvia’s (sylviasrestaurant.com), dejarte caer por el concierto de jazz que, gratis y sin necesidad de reservar, celebra en su apartamento entre las cuatro y las seis la pianista Marjorie Eliot (555 Edgecombe Av).

Si la osadía no da para rematar la tarde en el Bronx, no habrá riesgo de hacerlo en el precioso barrio de Astoria, en Queens, donde Scorsese filmó muchos exteriores de Uno de los nuestros y su Omonia Café sirvió de escenario a Mi gran boda griega. Esta zona a rebosar de ambiente y de tabernas para cenar es un pedazo de Atenas a tiro de piedra de Manhattan.

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Día 7
Despedida desde el Empire State

Hoy no hay obligación que valga. Las cuentas con lo esencial han quedado saldadas y en el último día todo está permitido: desde entregarse sin remordimiento a cazar gangas por la multimarca Century 21 e incluso por los outlets de las afueras hasta reincidir por los barrios que hayan dejado ganas de más o explorar los museos más insospechados. Porque Nueva York los tiene todos: los fabulosos dinosaurios del de Historia Natural, los aviones de guerra del Intrepid Sea, Air & Space Museum, los desafíos del museo consagrado a las Matemáticas... Eso sí, en cuanto empiece a oscurecer habrá esta vez sí que arrimarse al Empire State para subir a despedirse por todo lo alto, y nunca mejor dicho, de una ciudad que engancha y a la que, antes o después, siempre se vuelve, o se sueña con volver.