Túnez, la ciudad donde cabe el Mediterráneo

Pasear por los diferentes barrios de esta capital equivale a recorrer siglos de historia y de relaciones entre los pueblos del Mediterráneo. Ahora, también, supone apoyar la recuperación de una ciudad turística por excelencia. 

Thierry Maliniak
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Sentadas en la terraza de un café de la Avenue Bourguiba, el eje moderno de la ciudad, un grupo de chicas exhiben sin complejo su vestido ceñido, su pantalón chillón y su maquillaje: solo interrumpen su conversación a gritos en un árabe salpicado de expresiones francesas (pronunciadas con un perfecto acento parisino) para consultar el último mensaje de su móvil. A unos centenares de metros, en la Plaza de la Victoria, puerta de entrada a la medina, una mujer envuelta en una chilaba de color oscuro, la cabeza cubierta por un hiyab, camina lentamente con los ojos fijados en el suelo, los brazos cargados de paquetes, siguiendo al que debe ser su marido, que lleva, él, las manos vacías. Estamos en Túnez, la capital de la coexistencia. De todas las coexistencias, aparentemente pacíficas. La más aparente, entre los vestidos: desde los guantes negros y el niqab (hay pocos) hasta la (casi) minifalda, se pueden observar todas las gradaciones posibles del atuendo femenino. Esta primera coexistencia refleja otra, más general, entre las culturas, en esta ciudad cruce de Europa y de África, del mundo árabe y del mediterráneo. Coexistencia, también, entre las religiones, aquí donde las numerosas mezquitas parecen hacer buenas migas con la catedral de San Vicente de Paul o la iglesia del rito ortodoxo griego (o del ruso). Tantas coexistencias lo demuestran: Túnez es, sin lugar a dudas, el país más tolerante y laico del mundo árabe. Y eso tanto antes como después de la Revolución de los Jazmines de 2011, la primera, y la única plenamente exitosa, de esta región del mundo. Una revolución que se traduce hoy en una coexistencia suplementaria, política esta vez: entre críticos y partidarios del antiguo régimen, entre partidos islamistas y laicos. Túnez, ciudad de las fusiones.

La capital exhibe también, para los que pasean por sus calles, otra coexistencia entre las diferentes épocas de su historia, simbolizada cada una por un barrio distinto. Deambular por sus calles es recorrer, por etapas, los siglos. Recorrer las edades de Túnez. Empecemos por donde empezó todo: por la mezquita Al-Zaytuna, la mezquita del Olivo. Construida en torno al siglo VIII (los historiadores todavía no se ponen de acuerdo sobre quién la mandó edificar, y cuándo), está entre las mayores del Magreb tras su gran rival tunecina, la de Kairuán, y fue famosa a través de los siglos por su universidad (sobre todo su facultad de Teología, que mandó cerrar el padre de la independencia Habib Bourguiba, deseoso de reducir el peso del clero). Los no musulmanes no pueden acceder a la sala de oración y a sus casi 200 columnas traídas de Cartago, que podrán contemplar, sin embargo, desde los tejados de alguna de las tiendas próximas. La mezquita Al-Zaytuna es el centro neurálgico de la medina, cuyas callejuelas se extienden en racimos en torno a ella, como las celdillas de una colmena. Los oficios considerados más nobles (los relacionados con los libros, los perfumes, la seda, las joyas...) se establecieron cerca; los considerados más sucios o ruidosos fueron hacia el exterior. Así nació el zoco y, a partir de él, la medina de Túnez, Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1979. El sitio, estratégicamente, era clave: era el punto de convergencia de las grandes rutas del África romana.

Uno no se cansa de deambular sin rumbo fijo por este dédalo de estrechas callejuelas bordeadas de puestos donde se apila el género –bolsos y zapatos, chilabas y manteles, platos y baratijas– en enormes pilas compactas y multicolores, todas pendientes de un milagroso equilibrio. Cada zoco parece tener su anécdota curiosa. Así, en el de los joyeros se celebra cada día una sorprendente subasta: aquí, cualquiera que desee desprenderse de alguna alhaja puede acercarse y dejarla en depósito a un empleado que actúa a la vez como subastador y perito. Recorre las tiendas y mentalmente (no hay nada escrito) recoge las ofertas. El vendedor queda libre de aceptar o no la propuesta más ventajosa. En el zoco vecino de las chechias (una especie de fez), en su tienda primorosamente decorada, el anciano Fethi detalla (demostración práctica incluida) los entresijos de la fabricación de este tipo de gorro, antes de explicar con orgullo que los tunecinos llegaron a ser los grandes proveedores de chechias al mundo entero, con talleres “en Francia y Austria”, subraya.

La Medina

En torno a los zocos, que unos guardianes cierran todavía de noche como antaño, se extiende la laberíntica medina. En medio del blanco uniforme de los muros de sus casas resalta la decoración refinada de las puertas claveteadas, de un azul profundo o de amarillo: son las puertas las que reflejaban el nivel de riqueza de los habitantes, que concentraban en su decoración sus ansias de prestigio social. Varios pasadizos están cubiertos por bóvedas encima de las cuales se han extendido casas, y es que vista la escasez de suelo disponible, se podía comprar… el espacio aéreo de las callejuelas, y construir en él. Con una condición: cada bóveda debía dejar libre el espacio suficiente para permitir el paso de un camello cargado de mercancías (un requisito que, a la vista está, ya no se cumple hoy). ¿Anécdotas de una historia lejana, de un barrio transformado en simple reliquia para turistas? Muchos de los habitantes lo niegan: vivir en la medina, hoy, empieza a estar otra vez de moda. Más de un comerciante avispado ha comprado una de estas viejas casas señoriales que abundan por estos lares para instalar un hotel, un restaurante, un café... Y en época de Ramadán, muchos son los jóvenes que eligen los establecimientos de esta zona para tomar aquí el iftar, la comida con la que se rompe el ayuno tras el anochecer. La medina pelea duro para no ser solo pasado y volver a ser presente.

La ciudad nueva

Crucemos ahora unos siglos: basta para ello con franquear la Bab Bhar (Puerta de Francia, para los europeos), en el extremo oriental de la medina, y penetrar en la Ville Nouvelle (la Ciudad Nueva), probablemente la más perfecta transposición del mundo galo que exista allende el Mediterráneo. Tiradas a cordel, las rues, señalizadas exclusivamente en francés, se llaman aquí de France, de Marseille, de Jean Jaurès, de la République, de l’Indépendance (aunque se cuelan de repente una calle dedicada a Lenin y otra a Martin Luther King). Los restaurantes se llaman du Théâtre, du Capitole, Chez Nous, La Huchette, La Parisienne... En este barrio de casas de pocos pisos donde los rascacielos siguen milagrosamente (casi) ausentes, y que mantiene un sorprendente sabor provincial, el visitante saldrá en busca de unos bonitos edificios modernistas de sabor europeo. Pero el sitio realmente imprescindible de la Ville Nouvelle es su eje central, la ancha avenida Habib Bourguiba. Aquí, en torno al Teatro Municipal (que los lugareños llaman La Bombonera) y sus espectaculares altorrelieves de tipo art nouveau, los modernos se instalan en las terrazas de los cafés de estilo parisino. Es el sitio ideal para entablar conversaciones con los tunecinos, hoy encantados de aprovechar con los extranjeros el derecho recobrado a la palabra libre. Los comentarios parecen convergentes: todos se felicitan, de manera aparentemente unánime, de una Revolución que (al contrario que en otros países vecinos) los ha vuelto a juntar. Al escucharlos, el islamismo, por lo demás aquí bastante light, no parece representar, en la capital por lo menos, una línea divisoria crucial. La verdadera inquietud está más bien en el brutal aumento del coste de la vida que se ha producido desde la Revolución de los Jazmines. “Más libertad pero menos dinero”, resumen los lugareños, que no pierden una oportunidad de subrayar la tranquilidad de la situación política para convencer a los turistas de volver a este destino de los que muchos han huido, lo que complica todavía más el panorama económico.

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Tras la historia antigua que recuerda la medina y el pasado reciente que encarna la Ville Nouvelle, queda un último salto en el tiempo para llegar al futuro. El que simboliza Les Berges du Lac (Las orillas del Lago), un enorme proyecto urbanístico que aspira ser uno de los más ambiciosos del mundo árabe. Impulsado por una sociedad mixta que controlan al 50% el Estado tunecino e inversores del Golfo, este barrio se edificó a partir de los años 80 en unos polders, terrenos ganados al Lago Salado de Túnez que se extiende entre la capital y el mar. Prevé acoger progresivamente hasta 150.000 habitantes. Aquí, la tradicional francofilia tunecina tiene que hacer frente a un nuevo adversario: una impronta anglosajona que parece estar ganando la batalla. En Les Berges du Lac no florecen tanto las pequeñas tiendas de estilo parisino sino los grandes centros comerciales como el Flamingo Center o el Carthage Land y sus cines Ali Baba, flanqueado de estatuas de animales de cartón piedra que recuerdan Disneylandia. En sus restaurantes como el Miami Beach o el Aqua Lounge se junta un público de ejecutivos trajeados y de mujeres sin velo para una comida rápida (sin alcohol, lo han exigido los inversores saudíes) antes de volver pronto a la oficina cercana. Por la noche se divertirán en alguna sala de fiestas como el Top Happiness.

Y es que aquí se han instalado (aparte de varias embajadas) muchas empresas tanto nacionales como extranjeras, cuyas sedes alternan con comercios de productos de categoría. Este barrio nuevo simboliza así el último Túnez, el de esta clase media alta que se está haciendo con los resortes del poder en la capital. Estamos muy lejos de la medina, sí, pero seguimos en la misma ciudad, la de todas las coexistencias.

Charlas de café

Los tunecinos adoran sus cafés, cuyo estilo recuerda muchas veces a los bistrots parisinos. Pueden pasar en ellos horas enteras tomando café (muy fuerte) o té con menta y piñones, a la vez que fuman shisha, la versión tunecina del narguileh, esas enormes pipas de agua generalmente alineadas al lado de las mesas a la espera del consumidor. Y con la reactivación de la medina como centro de ocio, hoy reverdecen los cafés en el mismo corazón de este dédalo de callejuelas. La mayor parte de ellos se esconden en los alrededores de la mezquita Al-Zaytuna, en las calles Jamaa Ezzitouna, la principal de la medina, y Sidi ben Arous, cuyas numerosas casas señoriales están siendo rehabilitadas para uso público. Muchos de estos establecimientos (La Parenthèse, El Ali, Ezzitouna o el Centro Cultural Taher Hadded) se presentan como cafés culturales y ofrecen recitales de música o representaciones teatrales para un público donde se mezclan tunecinos (principalmente jóvenes) y viajeros. Los hay también menos sofisticados y más orientados al tunecino de a pie, como en el zoco de El Attarine, o en el de las Lanas. En ellos, donde suelen predominar los varones, las conversaciones giran, muchas veces, en torno a la política, como debe ser en un país tanto tiempo privado del derecho a la palabra libre y que solo la recuperó en 2011. Y no se cortan, sino todo lo contrario, ante la presencia de extranjeros: por ejemplo, a la hora de decirles todo el mal que piensan del dictador Ben Ali caído en 2011, criticado con la misma unanimidad con la que los tunecinos alaban a su antecesor Habib Bourguiba, el “padre de la independencia”, que Ben Ali derrocó en 1987.

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Crisol de culturas

El aire de tolerancia que respira el viajero en la ciudad de Túnez, ¿será fruto de su historia? Es tentador pensarlo, y es que debido a su situación geográfica privilegiada, la ciudad fue el crisol por donde pasaron, se cruzaron, se fundieron (y también se enfrentaron) las grandes civilizaciones de todas las orillas del Mediterráneo. Orilla oriental primero con los fenicios llegados de Líbano, que fundaron Cartago, cuyas (escasas) ruinas están diseminadas en medio de las lujosas moradas de lo que es hoy un suburbio acomodado del norte de la capital. Como se sabe, Cartago llegó a poner en peligro la hegemonía mediterránea de los imperios de la orilla norte del Mediterráneo, cuya influencia recibió indirectamente: primero el de Grecia y después el de Roma, que solo logró imponerse tras las tres guerras púnicas. Después de destruir la ciudad, los romanos la reconstruyeron un siglo más tarde y muchos de ellos se instalaron aquí a su vez, coexistiendo en buena armonía con los númidas, los bereberes locales. Después vinieron, sucesivamente, los vándalos, los bizantinos, los árabes (que trajeron el islam), los españoles, los otomanos, los franceses... Nada sorprendente, por tanto, si Túnez es por excelencia la ciudad del mestizaje cultural y étnico. Una virtud que conviene apreciar, y cuya supervivencia se hace cada vez más meritoria en un entorno geográfico que se está tornando cada vez más complicado.