Toscana secreta

Hay mucha Toscana que rascar más allá de la Torre de Pisa, la bárbara monumentalidad de Florencia y Siena o las torres que como rascacielos medievales se levantan por el pueblo de San Gimignano. Sí, hay otra Toscana que se mantiene razonablemente al margen de los menús traducidos a cinco idiomas y los atascos de turistas. Siempre habrá algunos, eso sí, incluso en sus esquinas menos evidentes y en la temporada más baja, porque esta región anda sobrada de destinos menores tan espléndidos que en cualquier otro lugar se llevarían todos los honores. Y ese, claro, es un secreto difícil de guardar.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

En un primer viaje a la Toscana, quién podría resistirse a presentarle sus respetos a los espectaculares tesoros artísticos que se despliegan a cada paso por las calles de Florencia y a la osadía arquitectónica de la Piazza del Campo de Siena, a dejar de subir a la Torre de Pisa o pasearse entre las torres medievales de San Gimignano. A tiro de piedra de todas ellas aguarda, sin embargo, una Toscana menos obvia, que se muestra eclipsada en buena medida por la concentración de arte y patrimonio monumental de las primeras. Entre los muchos itinerarios posibles con los que irse apasionando por la comunión de paisajes y talento que condensa toda esta despampanante región del centro de Italia, marcada por su pasado etrusco, las rivalidades entre güelfos y gibelinos o el esplendor con el que la sembraron los Médici y otras familias poderosas del Renacimiento, optamos por este recorrido circular que se diría concebido por una inspirada mano creadora.

Las otras joyas de Pisa

Ya se sabe que a menudo los caminos del Señor tienen lo suyo. Quién le hubiera dicho al arquitecto de la Torre de Pisa que el bochornoso error de cálculo que la hizo inclinarse antes incluso de que estuviera terminada acabaría reportándole tanta fama y tantos ingresos a esta ciudad, que vivió su etapa de máximo esplendor artístico en los siglos XI y XII. Los cruceristas y turistas de autobús del verano no se la pierden, pero sí se pierden Pisa. Porque la mayoría pone pies en polvorosa y enfila hacia el siguiente icono toscano en cuanto se han hecho la fotografía de rigor sujetando la torre en posturas imposibles. Y ya que también quedan sobre la gran explanada de césped de esa obra maestra del románico pisano que es la Piazza dei Miracoli, también suelen admirar a la carrera su Camposanto, el Baptisterio -en cuyo interior convendría siempre hacer una parada para admirar el púlpito de Nicola Pisano y la fuente bautismal de Guido da Como- y la solidez marmórea de la Catedral. De nuevo no hay mal que por bien no venga, ya que así el delicioso cogollo medieval de esta antigua república marinera se salva en gran medida de sus vaivenes. Sin embargo, son los estudiantes procedentes de medio mundo, matriculados en su prestigiosa universidad, los que invaden sus cafés, sus pizzerías de calidad y sus empedrados centenarios, que los peatones comparten con un auténtico caos de bicicletas. Sus animados mercados mañaneros, los paseos al atardecer por las orillas del río Arno, el ajetreo comercial de la calle de Borgo Stretto o plazas porticadas tan monumentales como la dei Cavalieri, símbolo del poder de los Médici, o la delle Vettovaglie, epicentro de la vida nocturna, hacen que la ciudad que vio nacer a Galileo Galilei merezca al menos dormir aquí una noche. Es, de hecho, bajo el brillo de la luna, ya sin turistas, cuando la monumentalidad de la Piazza dei Miracoli recupera todo su embrujo.

Lucca y sus villas campestres

Encerrada entre murallas renacentistas en perfecto estado de conservación, esta pequeña ciudad, que se encuentra a tiro de piedra de Pisa, es una auténtica bombonera con su compacto entramado de palazzos, iglesias, torreones y coquetísimas plazas que se pueblan de terrazas -y, cierto, de no pocos turistas- en cuanto el sol asoma. Enamora sobre todo la Plaza del Mercado -levantada sobre las ruinas del antiguo Anfiteatro del siglo II y que mantiene intacto su trazado oval-, pero tampoco desmerece la Piazza de San Martino, cuya catedral alberga magníficas obras de Tintoretto, Bronzino y Ghirlandaio; la de Napoleone, sobre la que se alza el Palacio Ducal; o la de San Michele, cuya iglesia se construyó en la confluencia del Cardo y el Decumano, las arterias que definían el urbanismo romano.

En los callejeos por su corazón medieval, en gran medida peatonal y adornado de estrechísimos vicolos que salen de la vía Fililungo, afloran aquí y allá elegantes vinotecas y tiendas gourmet que hacen salivar, fachadas tan inspiradas como la de la Basílica de San Frediano -cuya portada aparece revestida de mosaicos dorados de aire bizantino- y experiencias como escuchar al caer la tarde en la de San Giovanni unas arias de su hijo predilecto, Giacomo Puccini, cuya casa natal es uno de los museos más visitados de la ciudad. Los senderistas encontrarán su paraíso particular en el valle Garfagnana y los amantes de la trufa en el también cercano pueblecito de San Miniato. Para los demás quedan las decenas de aristocráticas mansiones que, localizadas a las afueras de Lucca, se construyeron sus potentados gracias a menudo al monopolio de la seda que enriqueció a la ciudad. Algunas pueden visitarse, como la Villa Reale, que mandara erigir la hermana de Napoleón Bonaparte al convertirse en dueña y señora de estos territorios. En otras, como la Villa Bellosguardo, en la que Luchino Visconti rodara El Inocente, es incluso posible hacer noche (www.villeepalazzilucchesi.it).

Talleres del Oltrarno florentino

Muy probablemente quienes ya se las hayan visto con el derroche de arte de Florencia no hayan tenido tiempo de cruzar al otro lado del Arno más que para recalar por algunas salas del Palazzo Pitti y dar un paseo por sus Jardines de Bóboli, ambos inmediatamente después del Ponte Vecchio, o quizás para encaramarse al Piazzale Michelangelo, en el que al atardecer se avista una de las panorámicas más fotogénicas y plasmadas de la capital de los Médici. El barrio que queda al otro lado del río, el Oltrarno, es, sin embargo, una pequeña joya, merecedora de todos los respetos, por la que el día a día de los florentinos discurre al margen de los vaivenes del turismo. Aunque sin la apabullante densidad monumental de la Florencia obligada, por la vía Maggio que asoma nada más dejar atrás el río Arno por el puente Santa Trinita se suceden los palacetes de los nobles del XVI, que albergan hoy en sus bajos algunos de los mejores anticuarios de la ciudad. Siempre cerca despuntan iglesias de la talla del Santo Spirito, que, proyectada por Bruneleschi, preside la plaza en la que de mañana se asienta el mercado; o las de San Frediano in Cestello y Santa Felicità y la imprescindible Santa Maria del Carmine, cuya Cappella Brancacci presiden los frescos de Masaccio. Pero quizá lo más sorprendente de este barrio sea comprobar cómo a tiro de piedra de uno de los cogollos históricos más visitados del planeta han sobrevivido oficios artesanales cuyos maestros pueden, sin exageración, considerarse herederos de los artistas del Renacimiento. Encuadernadores, orfebres, restauradores, ebanistas, zapateros, sombrereros, talleres en los que se trabaja desde el cuero, el papel marmolado o el pan de oro hasta el hierro forjado y los mosaicos. En www.esercizistorici.it pueden encontrarse sus direcciones.

Los caminos del Chianti

Como puede comprobarse en www.stradevinoditoscana.it por toda la Toscana existe una veintena larga de rutas de los sabores: las del aceite, las de las castañas, las que combinan varias especialidades locales de quesos, mieles o embutidos y, por supuesto, las del vino. Entre estas, si hubiera de elegirse una del todo imprescindible incluso para el más recalcitrante de los abstemios, probablemente esta sería la del Chianti Classico. La Strada Regionale SR-222, de siempre conocida como la Vía Chiantigiana, une Florencia y Siena a través de un centenar de memorables kilómetros por los que emborracharse de esas colinas tapizadas de viñas de uva Sangiovese, caseríos y cipreses que ofician como el santo y seña de la campiña toscana. Aunque sus paisajes se bastan y se sobran para encandilar, por esta ondulante tira de asfalto y sus desvíos convendría ir haciendo breves altos por pueblitos del encanto de Castellina o Panzano, donde el carnicero y showman Dario Checchini despacha en su restaurante sus famosas hamburguesas Mac Dario''s y hasta un sushi del Chianti con carne cruda. También por otros escondites medievales como Montefioralle o el sobrecogedor conjunto monástico de la Badia a Passignano -fundado en el siglo XI-, los castillos próximos a Gaiole in Chianti o la amurallada Radda in Chianti, donde emprender una ascensión sublime hasta la diminuta villa de Volpaia. Toda la zona se encuentra repleta de apacibles agroturismos en los que alojarse, de pequeños y grandes productores de vino, así como de enotecas en las que probar o adquirir sus conocidos caldos, que también pueden descubrirse más a fondo en las degustaciones que, entre tantísimas otras y preferiblemente con reserva, organizan bodegas de prestigio como el Castello di Vicchiomaggio, el Castello di Verrazzano, la Badia a Coltibuono o el emblemático Castello di Brolio, en el que Bettino Ricasoli sentó las bases para la producción de los vinos del Chianti.

"La vida es bella" en Arezzo

Aunque en esta localidad toscana nacieran Petrarca, Vasari y el inclasificable Pietro Aretino, autor de los Sonetos lujuriosos y el desternillante compendio de poemas Dudas amorosas, el hijo predilecto de Arezzo será siempre el pintor del Quattrocento Piero della Francesca, quien hasta tiene una ruta en su honor por la ciudad y sus alrededores. Sus frescos de la Leggenda della Vera Croce, que pueden admirarse en la iglesia de San Francesco, serían motivo suficiente para llegarse hasta aquí. Sin embargo, el noble tejido urbano del viejo Arezzo suma tantos alicientes que, de no estar en la Toscana, con tanta competencia monumental diseminada por cada esquina, gozaría de mucha más fama de la que tiene. Sobre las callejuelas empedradas de esta atalaya, primero etrusca y después romana, se levanta con su aire castrense la Catedral, así como palazzos de la imponencia del dei Priori y el Pretorio, buenos puñados de museos de nivel e iglesias colmadas de arte como la de Santa Flora e Lucilla, restaurada por Giorgio Vasari en el XVI. Cómo no, también la fortaleza de los Médici, cuyas alturas compiten con varias de sus torres medievales por ofrecer la mejor panorámica de la villa, pero, sobre todo, la amalgama de estilos arquitectónicos que arremolina la Piazza Grande: desde el renacentista Loggiato Vasariano hasta los elementos góticos del Palazzo della Fraternita dei Laici. Es en esta soberana plaza donde cada primer fin de semana de mes se celebra un concurridísimo mercado de antigüedades que, en realidad, se desparrama por todo el casco antiguo de esta ciudad en la que Roberto Benigni rodara las primeras secuencias de su película La vida es bella.

El nido de águilas de Cortona

Aseguran que desde que su centro histórico sirviera de escenario para la película Bajo el sol de la Toscana, los americanos de una cierta cultura se han vuelto incondicionales de este nido de águilas en el que, a 600 metros por encima del valle di Chiana, se asentaran los etruscos. Son suyas, aunque reforzadas después por los romanos, las gruesas murallas que abrazan su abigarrado tejido de palacetes y plazas. La principal, la Piazza della Repubblica, que está presidida por el Palazzo del Capitano del Popolo y el todavía más antiguo Palazzo Comunale, se comunica con la Piazza Signorelli, cuyo Palazzo Casali alberga uno de los mejores museos de arte etrusco de toda la Toscana. A continuación, por sus empinadas callejas aparece la Piazza del Duomo, por la que se alzan la Catedral y el Museo Diocesano, que entre otras custodia algunas obras de Luca Signorelli, discípulo de Piero della Francesca y precursor de Miguel Ángel, así como uno de los tres retablos de la Anunciación que pintara Fra Angélico. Pero incluso cuando estos están cerrados, la simple caminata por la localidad de Cortona resulta una maravilla y permite contemplar las fachadas medievales, tenuemente iluminadas al anochecer, de las vías Iannelli o Guelfa; trepar hasta el santuario de Santa Margherita y la fortaleza Girifalco para admirar las vistas a la hora bruja de la puesta de sol, o tomar asiento en cualquiera de sus terrazas para enfrentarse a un guiso de la mejor ternera chianina, siempre regado por los célebres vinos de las cercanas Montalcino y Montepulciano.

Val D''Orcia, el valle perfecto

Por más que el listón ande bien alto por estos pagos, este valle del sur de la región puede presumir de ser, sin paliativos, el más bonito de la Toscana. No es de extrañar que esté declarado todo él Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, ya que su combinación de naturaleza y burgos medievales varados en el tiempo lo vuelve insuperable. Entre sus paisajes, repletos de viñedos y colinas perfiladas de cipreses, van despuntando en las alturas pueblos fortificados a cual más de cuento, como Radicofani, San Quirico y Castiglione d''Orcia, con sus callejas de guijarros arremolinadas en torno a la bucólica Piazza del Vecchietta, o los más conocidos de Montalcino y Pienza. Esta última, distinguida ella solita como Patrimonio por la Unesco antes de que el galardón se extendiera a todo el valle, fue convertida en la città ideale renacentista por el pontífice Pío II, mientras que Montalcino debe su fama sobre todo al vino, a pesar de que su embrujo enamora sin necesidad de aditivos como su reverenciado Brunello, el caldo de mayor prestigio de toda la Toscana. Y todavía quedaría el igualmente vinícola Montepulciano, cuyo celebrado Vino Nobile puede degustarse en infinidad de bodegas y enotecas. Esta otra atalaya abigarrada de monumentalidad, donde sobresale su Catedral, alzada entre los siglos XVI y XVII, queda más hacia el vecino y también espléndido Val di Chiana, aunque sería un pecado no hacer aquí un alto mientras se conduce entre Pienza y Cortona.

Paisajes lunares de las Crete Senesi

Si después de las inevitables aglomeraciones de la bellísima Siena se necesita un día de soledad y horizontes diáfanos, inmediatamente al sur de la ciudad se extiende este verdadero mar de colinas, designadas como las arcillas sienesas, cuyos trigales y paisajes lunares deparan todo un espectáculo. Salvo excepciones como la abadía Monte Oliveto Maggiore, hasta la que se puede ascender para escuchar a los benedictinos cantar gregoriano, no habrá de buscarse por aquí una excesiva monumentalidad -todo sea contextualizado con los estándares de órdago que se gasta la Toscana-. Este es más un territorio para admirar la naturaleza en un estado sorprendentemente intacto. Casi cualquier camino tomado al azar no dará tregua a la cámara si el día amanece inspirado y sus características brumas dibujan ráfagas entre las lomas, o si el sol tiene a bien teñirlo todo de dorados y ocres. Pero, para mayor garantía, podría enfilarse por la carretera secundaria que, pasando por Asciano, une Taverne d''Arbia con Rapolano Terme. La emigración obligada que vació tantos pueblos de la Toscana después de la Segunda Guerra Mundial se cebó especialmente con las Crete; de ahí en parte que sea éste el lugar en el que reencontrarse con su campiña tal cual era décadas atrás.

Volterra versus San Gimignano

El Manhattan medieval de San Gimignano, un pueblo acogotado de monumentalidad al margen incluso de las elevadas torres con las que las familias pudientes competían entre sí para presumir de poder, no es ningún secreto. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es poco probable que quienes ya hayan hecho un primer viaje por los grandes hitos de la Toscana no se hayan concedido una excursión desde Siena o Florencia para deambular por sus callejuelas, atestadas por legiones de admiradores. A tiro de piedra queda la también soberbia Volterra, mucho más anónima, al menos hasta hace poco. Porque desde que en la saga Crepúsculo esta villa figurara como la cuna de la despiadada élite de los volturi, no han parado de llegar fans de la serie. Hasta entonces los que se aupaban hasta este otro altozano fortificado venían atraídos por su muralla y sus tumbas etruscas, su uniforme armazón medieval alrededor de la Piazza dei Priori y palacios renacentistas de la talla del Palazzo Comunale, del que dicen sirviera de modelo para el famosísimo de Siena. Son todos ellos los que siguen haciendo de Volterra un escondite irresistible, se pongan los vampiros como se pongan.

Singular universo bodeguero

Por casi todas las esquinas de la Toscana abundan tanto pequeños productores, en cuyas cavas se puede hacer un alto para adquirir un par de botellas, como opulentos castillos en los que reservar una degustación. De hecho, se necesitarían varios libros para hacerle justicia a la cantidad de bodegas que por estos pagos merece la pena visitar. Entre las más modernas, una que no defrauda tanto por la calidad de sus caldos como por su empeño en hacer del vino un negocio ecológicamente sostenible es Salcheto (wwww.salcheto.it), a las afueras de Montepulciano, donde, tras ahondar en los secretos de su manejo de la uva Sangiovese para evitar las emisiones de carbono, se puede pasar a disfrutar del resultado en su cantina o su restaurante, con vistas a los viñedos. También orientados a los vinos biológicos de nivel, pero en un estilo más rústico y ya en la zona del Chianti, los propietarios de Pacina (www.pacina.it), él agrónomo y ella descendiente de cinco generaciones de viticultores, abren a los visitantes el convento camaldulense, transformado en hacienda agrícola donde producen sus vinos, así como una casa rural. En su compañía es posible recorrer los viñedos mientras narran cómo sus esfuerzos se centran en tratar la uva para que no enferme y visitar el enmohecido laberinto de túneles en el que a lo largo de cuatro años sus vinos, siempre que se hayan respetado los ritmos de la naturaleza, "se hacen solos", según ellos. Más información: www.terreditoscana.regione.toscana.it y www.vinit.net

"Maledetti Toscani"

La expresión, hoy empleada con la ironía que caracteriza a los habitantes de esta región del centro de Italia, la popularizó Curzio Malaparte en su último libro, traducido como ¡Malditos toscanos!, en el que repartía lindezas a mansalva entre sus paisanos. Sí, los toscanos pueden ser muy suyos, pero, ¿qué toscanos?, porque uno de Pisa se dejaría matar antes que identificarse con uno de Livorno, y viceversa. La inquina entre éstos solo es comparable a la de los de Grosseto por los de Siena, los de Siena por los de Florencia, y así hasta casi llegar al último pueblo. Si algo define a los toscanos como especie con denominación de origen es lo bromistas, independientes, apasionados, gritones y bonvivants que pueden llegar a ser, pero, sobre todo, lo orgullosos que se sienten de lo suyo, ya sea el aceite, los vinos, el azafrán o la cultura. Difícil no presumir de pedigrí cuando la Toscana fue la morada de los etruscos, una de las civilizaciones más sofisticadas de la antigüedad; cuando la lengua italiana se formó a partir del toscano literario que emplearon Dante, Petrarca y Boccaccio, o cuando fue aquí donde nació el Renacimiento de la mano de genios locales de la talla de Maquiavelo, Galileo, Brunelleschi, Botticelli, Miguel Ángel o Leonardo. ¿Malditos? Más bien bienaventurados, y que la envidia corroa al que lo ponga en duda.

Carreteras con alma

Habitualmente una carretera es una vía sin más por la que enfilar hacia el siguiente destino. Aquí, sin embargo, muchas pueden considerarse un objetivo en sí mismo, porque la campiña toscana es tan bonita o más que los burgos medievales que se elevan por ella. Casi cualquier secundaria, incluidas las pistas de tierra que se adentran por caminos en desuso, ofician como un mirador de excepción a sus ondulaciones de olivares y viñas y caserones solitarios a los que precede una hilera de cipreses. La Vía Chiantigiana, que entre Siena y Florencia culebrea por las cepas del Chianti, así como las que se adentran por los trigales y paisajes lunares de las Crete Senesi figuran entre las más irresistibles de sus carreteras escénicas, pero desde luego hay muchas otras. Algunas tan poco trilladas como los deliciosos kilómetros que unen Florencia y Arezzo siguiendo el valle del Casentino y con parada al menos en su idílica aldea de Poppi. Y también más célebres como las del Val d''Orcia, donde buscar al sur de Pienza, cerca de Monticchiello y La Foce, esas imágenes de postal en las que los cipreses no podrían estar mejor colocados a lo largo de sus curvas. Imprescindible conducir por ellas bien de mañana, cuando las brumas parecen jugar al escondite entre los montes, o también cuando las luces del atardecer acentúan sus colores. Hay también infinidad de rutas senderistas. Los moteros podrán consultar los mejores tramos en: www.bestbikingroads.com. Y los ciclistas en: www.piste-ciclabili.com/regione-toscana.