Svalbard, desafío polar

Con más osos polares que seres humanos y dos tercios de su territorio ocupado por glaciares, las islas del techo de Europa encarnan el desafío extremo del gran norte. En este archipiélago noruego, desde la iglesia hasta la farmacia presumen de ser “la más septentrional del mundo”. Su belleza lunar la comparten hoy visitantes y científicos.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

De Madrid a Oslo, sin escalas, serán casi cuatro horas de avión. A partir de la capital noruega tocará volar tres más, siempre rumbo al norte, antes de aterrizar en este archipiélago helador con más osos polares que humanos y en el que, por ley, queda prohibido morirse. Sus geografías se cubren de permafrost –algo así como tierra congelada–, por lo que, amén de no crecer árbol ni cultivo alguno, los cuerpos no consiguen descomponerse del todo por más siglos que pasen. Además, los temblores que a menudo sufre el permafrost harían que cualquier cosa enterrada acabara con el tiempo saliendo a flote; ataúdes incluidos. De ahí que, para ahorrarse cualquier aparición escabrosa, el cementerio de juguete de su capital, Longyearbyen, decidiera hace décadas aceptar únicamente las cenizas de los pocos que se toparon con la eternidad en el techo de Europa. Suman apenas un puñado las cruces recientes, pues las autoridades, al menor atisbo de fatalidad, se curan en salud facturándolo a uno al continente. Ni se muere pues ni, salvo accidente, se nace tampoco por estos pagos. Semanas antes de dar a luz, a las embarazadas se les paga el billete a Noruega por eso de recibir mejor atención de la que podría prestarles el único hospital local. Por otra parte, está el galimatías del Tratado de Svalbard. Firmado en 1920 y aún en vigor, reconoce la soberanía noruega sobre este archipiélago que, sin embargo, no le pertenece. Es decir, que la criatura que viniera aquí al mundo podría no tener una nacionalidad clara.

Puede que no suene muy tentador lo de instalarse en territorio de osos a unos mil kilómetros del Polo Norte, con cuatro meses de oscuridad total en invierno y temperaturas que, cuando se superan los diez grados en julio, sale a cuatro columnas en la portada del Svalbard Posten. Pero dado que nadie es realmente de aquí, los que habitan estas islas lo hacen por convicción. Sea para hacer caja unos años gracias a sus sueldos altísimos con pocos impuestos, sea por amor a la Aventura y la Naturaleza en mayúsculas, lo cierto es que ninguno vive mal. Nada que ver, por supuesto, con los primeros que asomaron la nariz por sus inhóspitas costas. Quizá llegaran antes los vikingos, aunque quien pasó a la historia como descubridor oficial de este entonces deshabitado archipiélago fue el explorador holandés Willem Barents cuando, en 1596, se lo encontró mientras navegaba en busca de una ruta por los hielos hacia la costa asiática de las especias. Las siguientes expediciones fueron para cazar ballenas y morsas, con barcos llegados incluso del País Vasco. Aquel aliciente arrastró a miles de hombres a jugarse el tipo por este océano glacial en los siglos XVII y XVIII. Primero se establecieron en durísimos campamentos temporales que acabaron volviéndose permanentes. Entonces, para sacarse un extra con las pieles, los tramperos empezaron a cazar zorros polares, osos, focas y renos salvajes. Aún se cuentan historias como la de Henry Rudi, quien matara por aquí cerca de 800 osos.

Poblados mineros

Los balleneros esquilmaron las aguas, pero entonces ya se sabía de la abundancia de carbón, herencia de la barbaridad de selvas que, hace millones de años, alfombraron estas islas. La industria minera, como puede aprenderse en el interesantísimo museo de Longyearbyen, escribió los siguientes capítulos de esta tierra de nadie a la que tantos buscadores de fortuna vinieron a sacar tajada antes y después del Tratado de Svalbard. Este acuerdo, amén de imponer un cierto orden, repartió también entre las casi cuarenta naciones que lo firmaron el derecho a explotar sus vastísimos recursos naturales en igualdad de condiciones que los noruegos. Ello explica que dos de los principales asentamientos que se plantaron por el archipiélago a principios del XX fueran y sigan siendo rusos: Barentsburg, con su mina todavía en activo trabajada por varios cientos de rusos y ucranios, y la abandonada en los noventa Pyramiden, una delirante ciudad fantasma en mitad del Ártico que no hace tanto fuera un escaparate al mundo de los logros soviéticos. Ambas son las excursiones más desconcertantes que se pueden realizar desde Longyearbyen.

Luis Davilla

También Ny_Ålesund, cuya mina se abandonó mucho antes, es relativamente accesible hoy a los visitantes. Fundada hace cien años, oficia como una estación internacional donde, según la época del año, entre una veintena y un centenar de científicos europeos y asiáticos miden esencialmente los efectos del cambio climático, visibles por estas latitudes mucho antes que en el resto del globo. Lo que nadie se pierde, entre otras razones porque no hay otro punto de llegada y partida, es la antaño también minera Longyearbyen. Aunque hace las veces de capital, se diría más bien un pueblo de pioneros que desafían al gran norte forrados de goretex y con el rifle a la espalda. ¡Es lo que tiene compartir las islas con unos 3.000 osos polares!

Disparar a los osos está prohibido, salvo en caso de ataque, como no podría ser de otra manera en un lugar tan volcado en la conservación. Pero en cuanto se abandona la ciudad uno está obligado, también por ley, a llevar un arma. Y no es broma: hace cinco años un oso hambriento mató a un chaval que participaba por un glaciar en una expedición. Lo que sí es una broma recurrente para los recién aterrizados es preguntarles por la ciudad del mundo donde no se asusta nadie al ver a un tipo armado entrando al banco. La respuesta es fácil ya que, en el Longyearbyen, el fusil ha de dejarse en unas taquillas a la entrada antes de pasar a consultar el saldo. En los bares de los hoteles, para mayor pasmo, no será raro ver cómo el parroquiano de turno, antes de ir a por su cerveza, le deja el suyo a la recepcionista.

El nombre de la ciudad viene del norteamericano John Munroe Longyear, dueño de la mina de carbón que, en 1906, llevó a fundar el primer asentamiento. Encajonada entre el fiordo y las abombadas montañas que le guardan las espaldas, Longyearbyen se vertebra sobre una calle peatonal que concentra todo lo esencial. Como la farmacia y el increíblemente bien surtido Karlsberger Pub –sin ventana alguna, dicen con sorna que para que “lo que pase en Longyearbyen quede en Longyearbyen”– o el supermercado, donde se paga a precio de oro desde una humilde naranja hasta las manualidades y los ovillos de lana con los que algunos tratan de hacer más llevaderos los inviernos eternos que se gasta el Ártico. A su alrededor y hasta los pies de los macizos se desparrama un colorido reguero de casitas prefabricadas. El permafrost, con sus secos vaivenes, rompería de haberlos los cimientos, por eso se levantan sobre esos pilotes a unos palmos del suelo que le dan a todo un aire medio provisional.

Luis Davilla

La penúltima frontera

A un lado queda el puerto y, más allá, tras alguna señal de tráfico que alerta del raro pero siempre posible peligro de toparse con un oso, la escueta tira de asfalto del aeropuerto que, salvo viento huracanado, conecta cada día con Tromso o con Oslo. Muy cerca, la vieja Mina 3, hoy abierta a los visitantes como testigo de otros tiempos, y también el futurista búnker de hormigón del Banco Mundial de Semillas, una especie de Arca de Noé del siglo XXI instalada en 2008 para, en caso de catástrofe mundial, tratar de recuperar la diversidad vegetal del planeta y volver a alimentarlo. No lejos se posan en lo alto las antenas de SvalSat, la mayor estación terrestre para el control de satélites de órbita polar, construida en colaboración con la NASA y desde cuya posición privilegiada nos vigilan a todos. Al menos eso afirman medio en broma medio en serio los vecinos de Longyearbyen.

Científicos y mineros componen el grueso de sus poco más de 2.000 habitantes, entre los que se incluyen desde los estudiantes de Geología, Biología y Geofísica del Ártico de su Universidad hasta los trabajadores de los hoteles y agencias que han proliferado con el creciente interés del turismo por esta penúltima frontera. Más de la mitad son noruegos, mientras que el resto conforma un inesperado puzzle de lo más multiétnico. Sobresale, por surrealista que parezca estando casi en el Polo, una buena tajada de tailandeses. Se ve que un minero en los años 70 se casó con una chica de allí, y desde entonces no han parado de llegar compatriotas.

Anécdotas aparte, las leyes de inmigración, de nuevo por el Tratado de Svalbard, son distintas a las de Noruega continental: si se tiene trabajo o medios para mantenerse, casi cualquiera se puede quedar; si no, tendrá que hacer la maleta. Es otra de las insólitas leyes de esta ciudad del fin del mundo en la que casi todo, desde la iglesia hasta la oficina de turismo, lleva la coletilla de ser “la más al norte del planeta”. Porque no hay ciudad más arriba, y tampoco carreteras que la unan con los demás asentamientos. La única opción es desplazarse en barco, sobre todo en verano, rumbo a los ásperos paisajes de su interior, ocupado en un 60 por ciento por glaciares y absolutamente marciano, con su hilván infinito de fiordos y de renegridas montañas quemadas por los hielos y coronadas de nieve. También, el resto del año, en motonieve sobre el manto blanco que cubre sus geografías, rumbo a Barentsburg o a Pyramiden, o a la antigua base de comunicaciones de Isfjord Radio, sin tregua al volante durante incluso días a través de este desierto congelado por el que los más osados se atreven a acampar.

Las luces perpetuas del Sol de Medianoche, cuando desde finales de abril hasta agosto no queda rastro de oscuridad, se antojaría la época ideal para emprender un trekking por glaciares tan impresionantes como el Nordenskiöld, cuyo frente de hielo le lanza témpanos azulados al fiordo. O para salir a navegar en kayak o en zodiac junto a esos acantilados estriados de milenios en los que los geólogos saben leer cada pliegue como un libro abierto, avistando aves increíbles que han sabido adaptarse a semejantes fríos, e incluso alguna foca o ballena beluga despuntando entre las olas. Desde luego es en verano cuando estos confines ariscos se avienen algo más a dejarse conquistar. Sin embargo, son cada vez más los que se plantan aquí en pleno invierno en busca de las luces fantasmales de la aurora boreal. Con cuatro meses de oscuridad completa, nunca habrá que aguardar demasiado para verla asomando los cielos. Pavoneándose con sus destellos hechiceros como la reina y señora del Ártico que a fin de cuentas sabe que es.

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Pyramiden, la antigua ciudad perfecta de la URSS

Ataviado con uniforme de bolchevique y con el rifle a la espalda por si asomara un oso, Sasha es uno de los ocho habitantes de esta alucinación a caballo entre el extremo de la Noruega continental y el Polo Norte. De semejante guisa adentra a los visitantes por esta ciudad minera, antaño orgullo de la Unión Soviética y hoy del todo abandonada. Ante un busto de Lenin resisten en pie, como testimonio de sus días de gloria, desde los severos bloques de pisos hasta el teatro o la piscina del polideportivo, por supuesto en otros tiempos climatizada. Su entonces millar de habitantes, a pesar del aislamiento y el frío, mataba por venir a trabajar a la que fuera conocida como la ciudad comunista más perfecta del globo.

Sin embargo, todo cambió con el desmoronamiento de la URSS. Primero cerraron la guardería y el cole, y en 1998 lo hizo también la mina. Sin previo aviso todos fueron facturados para casa. Y se marcharon con lo puesto, dejando recuerdos de toda una vida para siempre en el Ártico. Allí quedaron sus fotos, sus medallas, sus vestidos... Todo, menos la gente. Como si hubiera caído una bomba de neutrones. Hoy, además de Sasha, vuelve a poblar Pyramiden un puñado largo de valientes que mantiene como puede sus desangelados edificios y regenta, tan en mitad de la nada, el Tulpan, un hotelito de regusto proletario que como mínimo puede presumir de ser único en su especie.