Stromboli, agua y fuego

Al norte de Sicilia se hallan las islas Eolias. Un archipiélago de nombre evocador, toda vez que Eolo, el dios del viento, hizo del mismo su morada. Tierra, agua, viento y fuego: todos los elementos confluyen en este microcosmos de playas, volcanes y aldeas apartadas, mezcla de naturaleza indómita y remanso para ricos y famosos. La más célebre del rosario de las Eolias se llama Stromboli, la isla del volcán activo. 

Javier Jayme
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Foto: Javier Sánchez

El alba rescata de la oscuridad nocturna los perfiles de la villa costanera. Trepando desde el borde del mar alrededor de sus dos iglesias por las faldas del volcán, las encaladas casas, de un lustre resplandeciente, guardan aún silencio. Por el contrario, despiertas hace rato, las aves marinas revolotean gorjeando sobre las olas. El océano brilla como un diamante y difunde una paz inmaculada. Los dioses, al desgaire, no podían haber pintado una acuarela más hermosa.

En el interior de la iglesia de San Vincenzo Ferreri, el novel sacristán esparce incienso sobre el altar. A sus espaldas, una anciana madrugadora, vestida de negro, masculla sus rezos. Más allá, en el barrio marinero, los pescadores comienzan su diario trajín, cargando las redes en sus barcas tradicionales. Desde las panaderías recién abiertas se expande el olor de las primeras cassata sicilianas. Los pintorescos motocarros eléctricos, aparcados en su retiro habitual, aguardan ya la llegada de los transbordadores marítimos para trasladar a sus destinos a las sucesivas oleadas de turistas que, en su gran mayoría, no dudarán en retratarse junto a ellos y sus chóferes para añadir otra foto típica al archivo de sus recuerdos.

Pueblos marineros

Todo lo anterior tiene lugar en San Vincenzo, capital de la isla de Stromboli, la más nororiental del archipiélago de las Eolias. Son escenas cotidianas, configuradoras de un ambiente cálido y amable. Familiar, sería la palabra, incluso si es la primera vez que uno la visita. “Así somos por estos pagos. Trabajamos 20 horas al día para atender al extranjero que viene en busca del Paraíso”, se explica Domenico, guía local, “…o de las bocas del averno”, añade, en clara referencia a los tres cráteres del único volcán que aquí se eleva hacia las regiones celestiales, el Stromboli, cuyas sistemáticas erupciones sobrecogen el ánimo de quienes se atreven a ascenderlo. 

La naturaleza, en las Eolias, se ha prodigado con seducciones de tarjeta postal: negras playas de obsidiana triturada, laderas volcánicas y campiñas cuajadas de verdes, ocres y marrones, con olivos e higueras de Berbería, almendros, viñas, moreras, cactus, alcaparras y pueblos marineros en blanco y añil, primorosamente ajardinados con variedad de plantas endémicas, sobre un fondo de mar y cielo radiantes a partes iguales. Helos, pues, reunidos aquí: todos los ingredientes del sortilegio mediterráneo aderezados, en el caso de Stromboli –400 habitantes y dos pequeños núcleos urbanos–, con intermitentes ostentaciones de los poderes infernales. Y es que, como bien presume Domenico, un viaje al descubrimiento de las Eolias puede consistir en unas vacaciones bajo el ardiente sol del Mediterráneo en playas de arena negra o en una iniciación al vulcanismo contando con la dirección de un guía-geólogo. La primera de las opciones hace furor en la actualidad entre la jet-set italiana, que mayormente invade el archipiélago a bordo de yates privados. Estas aguas insulares, antaño carceleras de exiliados del imperio romano y velado refugio del corsario Barbarroja, son hoy idílico fondeadero de gente con glamour que desea exhibirse llenando las playas de pamelas, pareos y bañadores al último grito, entregados en cuerpo a movilizar su melanina y en alma al dolce far niente

Récord de erupciones

Respecto a la segunda opción, decir que estas islas las ha forjado el dios del fuego y los volcanesHefesto para los griegos, Vulcano para los romanos– resulta baladí, porque es algo evidente, constatable a cada paso que uno dé sobre cualquiera de ellas. Expuestas al tórrido sol estival, las Eolias son como siete perlas de sudor que se deslíen en el Tirreno, un mar que sabe de sus convulsiones telúricas desde hace unos 700.000 años, cuando la subducción de la placa africana debajo de la europea provocó el ascenso a la superficie de las rocas fundidas que formaron el primigenio cordón insular. Pero al individualizar la historia geológica de cada una de ellas, encontramos que Stromboli, a pesar de su discreta extensión de 12,6 kilómetros cuadrados, brilla con luz propia. Hace más de 20.000 años que sus entrañas rugieron con las prístinas rabietas eruptivas. Y al día de hoy su solitario volcán es uno de los más activos de Europa. Tanto es así que lleva en ininterrumpida sesión de sacudidas y emisiones lávicas ¡dos milenios y medio! Un récord absoluto, privativo suyo, que la encumbra sobre sus seis hermanas.

Situada unos 30 kilómetros del norte de Sicilia y a cerca de 80 de la Italia peninsular, Stromboli es, sin duda, la más célebre y seductora –amén de riesgosa– de las Eolias, un destino con marchamo de insoslayable, al menos en una primera –y seguramente única– visita al archipiélago. Sus playas y cantiles, negros a punta de obsidiana, prestan a su abrupto semblante, de corte casi rectangular, un aire tétrico y misterioso, acaso mágico. La isla entera no es otra cosa que su volcán: una silueta cónica que surge de las olas y asciende a 926 metros sobre el nivel del mar, si bien su base reposa a otros 2.000 metros de profundidad en el lecho marino. Quizá su singularidad resida en que, pese a su origen explosivo, la isla de Stromboli constituye uno de los lugares más serenos del Mediterráneo. Es de esos rincones que, salvando el hervidero humano de los meses estivales, todavía no han sido pasto del turismo masivo y, por tanto, le permiten a uno sentirse un transitorio Robinson Crusoe escudriñando sus recovecos. Bien se podría poner en el muelle de Scari, a través del cual se arriba a la isla, un cartel con el aviso: Amantes de las aglomeraciones, abstenerse.

Excursiones en burro

La realidad y la vida de Stromboli basculan alrededor del imponente volcán que le da nombre. Hoy, en la capital, San Vincenzo, todas las casas, con su típica arquitectura eoliana, disponen de luz eléctrica. Pero las estrechas y empinadas calles, por decisión unánime de sus moradores, carecen de alumbrado público. Los isleños explican al foráneo que de este modo, en la negrura nocturna, se aprecian más nítidamente las casi continuas erupciones. Aquí, sí, se vive Bajo el volcán –título de la célebre novela, en parte autobiográfica, de Malcolm Lowry, que posteriormente fue llevada al cine por John Huston–, pero nadie siente tal circunstancia como una amenaza; será porque los planes de evacuación están listos para afrontar situaciones de emergencia.

Colgada en un anfiteatro natural al suroeste del volcán, Ginostra, la segunda, minúscula y última población de Stromboli, con apenas 50 habitantes (20 en invierno) y accesible solo por mar, encarna un envidiable –por anacrónico– modo de vida. La luz eléctrica no se instaló aquí hasta el año 2004. El abastecimiento de agua corriente se consigue completando la de lluvia recogida en pozos con la acarreada en barcos-cisterna desde el puerto de Nápoles. Y, ante la ausencia de coches, el transporte urbano corre a cargo de una decena escasa de burros de las Eolias (especie que va, según parece, camino de su extinción). ¡Ahí es nada poder pasear por calles sin asfaltar sustituyendo la batahola del tráfico rodado por plácidos rebuznos!

La cima del Stromboli se levanta sobre un cráter hundido, localizado 90 metros al noroeste del principal de los tres actuales. El desplome de aquel, hará un máximo de 13.000 años, originó un talud de 35º de inclinación, 800 metros de desnivel respecto a las aguas del Tirreno y 450 de ancho en la cumbre, que van en aumento cuesta abajo hasta alcanzar los 900 en su fusión con el mar: la Sciara di Fuoco –algo así como la Senda del Fuego–. En suma: un canal con márgenes de escoria solidificada, colector de los diversos materiales volcánicos eyectados; un peculiar río de caudal incandescente y destellos luciferinos, rasgo geológico distintivo del Stromboli, perceptible desde considerable distancia. El fenómeno, constante desde hace siglos, actúa de linterna natural para la navegación y quizá fueron los contemporáneos de Hannón y Piteas los que le adjudicaron el apodo de Faro del Mediterráneo. Recientes estudios batimétricos indican que la Sciara se extiende por debajo de la superficie marina hasta una profundidad aproximada de 1.700 metros.

Escalar el volcán

En la actualidad, desde el puerto de Scari, en San Vincenzo, parten barcas todas las noches para que los turistas, con las aguas de por medio, se refocilen con un espectáculo terrestre que tiene tanto de formidable como de ominoso. Porque la silueta del volcán, cuando uno se acerca a Stromboli viniendo en el ferry, se impone poco a poco a la vista de manera masiva, compacta y por momentos colosal, cuando no avasalladora. Y también como un desafío cautivador y estimulante. Prioritariamente para quienes desembarcan en la isla con la idea fija de pisar su cima. Una meta que ambicionan unas ¡20.000! personas cada año venidas desde todas las partes del planeta. La aventura da comienzo cada tarde a eso de las 18.00 horas en los aledaños de la plaza de San Vincenzo, centro neurálgico de las agencias locales cuyos servicios es obligatorio contratar. La prohibición de las iniciativas independientes tuvo lugar en 2002 en aras de una seguridad a ultranza exigida por una sociedad cada vez más puntillosa al respecto y, fundamentalmente, dado el incremento en progresión geométrica del turismo potencialmente intrépido, con miras al simple –y hoy muy lucrativo– negocio del trekking sobre lavas y detritus de las calderas de Pedro Botero (cada ascensión le supone al cliente un desembolso de unos 30 euros).

Javier Sánchez

El plan consiste en hacer cumbre de noche para contemplar las efervescencias del volcán en toda su magnificencia. Cada guía se hace cargo de un grupo no superior a veinte personas. Hace ya años que los avisos y alertas son cotidianos, por lo que, una vez autorizada, la ascensión puede darse por exenta de peligros. Eso sí: un cartel, al inicio de la subida, advierte sobre el de permanecer más de una hora inhalando el anhídrido sulfúrico de las emisiones telúricas. En cuanto a la dificultad, no se trata de una escalada, pero tampoco de un paseo sencillo cuesta arriba. El desnivel a superar –casi 1.000 metros– y la duración del recorrido –de cuatro a seis horas– no son aptos para gente con sandalias y pantalón corto, especialmente en el último tramo, donde las cenizas y el lapilli consiguen que se retroceda un paso por cada dos avanzados.

Alcanzada la arista cimera, con la noche en ciernes, el espectáculo está pronto a sobrevenir. Y, ya en la cumbre, a 926 metros de altitud, todos, incluso los veteranos guías, retienen la respiración cuando el Stromboli, con el lenguaje del fuego sin cortapisas –el que mejor conoce– expresa su sentir, el cual repite cada 20 minutos con regularidad insistente. Tal es el ritmo al que se suceden sus fulgurantes estallidos, indefectiblemente anunciados con intimidantes retumbos subterráneos y cuyas emisiones lávicas alcanzan con frecuencia los 200 metros de altura. Desde aquí respira la Tierra. Y, alrededor de su aliento, el universo es una paleta de esplendores geológicos en dos únicas manifestaciones cromáticas: el rojo hipnótico del magma en dispersión arropado por el negro azabache de la montaña estremecida.

Javier Sánchez

Cinco historias curiosas sobre Stromboli

1. En su novela Viaje al centro de la Tierra, Julio Verne hizo retornar al profesor Lidenbrock y a sus acompañantes a la superficie a través del cráter del Stromboli. Los prosélitos del escritor galo sostienen que esta ha sido la única ficción suya que no se ha cumplido a modo de profecía astrológica.

2. A los nostálgicos del celuloide les interesará visitar la Casa Rossa, en San Vincenzo, entre cuyos muros vivieron su incipiente historia amorosa Roberto Rosellini e Ingrid Bergman en 1949 mientras rodaban Stromboli, terra di Dio, la película que reveló al mundo la belleza salvaje y conmovedora de la isla y la convirtió en parte de esa Italia fílmica en la que el neorrealismo puede transformarse en realismo puro y pragmático.

3. Entre la gente célebre y acaudalada asidua a Stromboli y que prefiere pasar inadvertida se encuentran los diseñadores milaneses Domenico Dolce y Stefano Gabbana, dueños de una residencia veraniega. Light blue living Stromboli es el nombre del perfume masculino que ambos estilistas le han dedicado a la isla.

4. La erupción estromboliana es, para los vulcanólogos, arquetípica. Define uno de los cuatro tipos en que estos, atendiendo al grado de fluidez de la lava, de mayor a menor, clasifican el fenómeno eruptivo global: hawaiano (del volcán Kilauea, en Hawaii), estromboliano, vesubiano (del Vesubio, en Nápoles) y peleano (del Mont Pelée, en Martinica, Antillas Menores). 

5. El 28 de diciembre de 2002 comenzó un flujo de lava que se prolongó hasta el 22 de julio de 2003. A los dos días de iniciarse, el 30 de diciembre, a las 13.15 h y 13.22 h hubo dos deslizamientos a lo largo de la Sciara di Fuoco. El gran volumen de roca arrojado al mar provocó dos tsunamis que golpearon San Vincenzo y Ginostra, dañando edificios y barcos e hiriendo a varias personas.