Sintra, cuentos de reyes

Sus bosques encantados han enamorado a reyes y reinas y a la más refinada nobleza lisboeta; sus jardines mágicos han robado el corazón de escritores y poetas; hasta la Unesco cayó bajo su hechizo cuando en 1995 declaró la sierra y el casco antiguo de la ciudad Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad. Hoy los misterios y las leyendas de Sintra siguen cautivando al viajero que visita Portugal.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Karol Kozlowski / iStock

Érase una vez en un país muy, muy, muy lejano… –bueno, quizá no tanto… a fin de cuentas, Portugal está aquí al lado–. Érase una vez, en un país muy lejano, pero no tanto, reyes y reinas, príncipes azules y princesas encantadas… de sofocar los calores del estío en Sintra, villa irisada en la serranía lisboeta donde la nobleza gustaba de retirarse en sus segundas residencias. En medio de la naturaleza, era el lugar ideal para descansar del ajetreo de la capital; además, les quedaba cerca, aunque entonces aún no existiera la Estación de Rossio ni trenes que salieran cada media hora desde Lisboa dirección Sintra, llenos de viajeros sin hidalguía conocida. Los mismos que se pedirán un menú turista en uno de los muchos restaurantes que rodean el Palacio Nacional da Vila. Todos los camareros se conocen la leyenda del castillo en que solían veranear Joao I y doña Filipa, incluso en las cartas aparece escrita, entre el bacalhau á brás y las sardinhas.

Ocurrió hace muchos, muchos años atrás, cuando la reina pilló a su marido besándose con una doncella. “Foi por bem”, es lo único que se le ocurrió como explicación al rey –algo así como “esto no es lo que parece”–. Era un tiempo en que las relaciones ilícitas no estaban mal vistas, por lo que la esposa fiel y mansa se limitó a lanzarle una acusatoria mirada. A los pocos días, el rey y su “Foi por bem” eran la comidilla de las damas de compañía. Las habladurías volaban de la Sala dos Cisnes a la Sala dos Brasões, pasando por la capilla hasta llegar a la cocina y salir despedidas por las monumentales chimeneas del castillo a toda Sintra. Molesto por las burlas, el soberano decoró una estancia con 136 urracas, tantas como cortesanas chismosas graznaban en el alcázar. Es la Sala das Pegas, una de las tantas remodelaciones emprendidas sobre la fortaleza original, levantada en el siglo X bajo dominio musulmán.

También el Castelo dos Mouros data de los reinos de taifas. Vigila la villa desde lo alto de un macizo, y cuentan quienes han osado adentrarse en las entrañas de la tierra que un túnel secreto lo conecta con el pueblo. Pasadizos prohibidos donde princesas moriscas se perdieron buscando a sus disparatados amores cristianos en cuentos. Para evitar accidentes parecidos, solo espeleólogos acreditados pueden coger estos atajos, sin tener la certeza de que les lleven a algún lado. Es preferible subir a la colina por un bosque fortificado: los troncos son atalayas; en las garitas vigilan las hadas, las flechas siempre tensas en las ramas; un trino alerta del invasor; la Historia se parapeta tras la floresta. ¡Rendición! El viajero se entrega ante la Belleza.

Castelo dos Mouros  | SeanPavonePhoto / iStock

Fue Fernando II quien arregló el monte a su gusto. Digamos de antemano que el rey consorte estaba casado con María II de Portugal y que era alemán, solo para justificar que decorara la sierra con cascajos de la época medieval, porque a los románticos del XIX también les gustaba lo vintage. Demoledoras escenografías en ruinas y bosques donde crecen más de quinientas plantas diferentes.

Como si fuera una especie exótica más, aflora, encaramado a una peña, el Palacio da Pena, otro delirio romántico que ordenó construir en el año 1836 el soberano germano. Su confusión de estilos rosas y amarillos atrae a los turistas como a mosquitos. Hacen cola en la taquilla, sin hacer caso a lo que les dijo José Saramago: “En general, los castillos son para verlos por fuera, y este, tan amanerado y tan cuidadito, requiere la distancia para ser visto así: emblemáticamente”. Mejor observarlo desde el Chalet de la Condesa, una casita tirolesa rodeada de camelias, rododendros y azaleas donde Fernando II vivió una bonita historia de amor.

Figura de Tritón en el Palacio da Pena. | Burcin Tuncer / iStock

El encanto de la “prima donna”

Cuentan que el rey llevaba siete años viudo cuando la conoció; que solo verla en el Teatro Sao Carlos de Lisboa se enamoró. Daban una de Verdi; su nombre figuraba en el cartel: Elise Hensler. ¡Qué voz!, ¡qué mujer! Además de actriz y cantante de ópera, era escultora, ceramista y pintora, viajaba, hablaba siete idiomas y compartían sangre sajona; a los dos les apasionaba la música, el arte y la botánica; si se llevaban veinte años, qué más daba; ella tenía una hija bastarda de su época de prima donna en La Scala, pero qué importaba si se amaban. Al rey nada, pero sí a la aristocracia. Cómo osaba casarse con esa plebeya con título recién estrenado de Condesa de Edla cuando solo, ¡solo!, hacía dieciséis años que la reina de Portugal les había dejado. La boda fue un escándalo, pero el rechazo no impidió que los tortolitos se amaran en esta cabaña alpina acurrucada en el Parque Natural de Sintra. La misma Elise diseñó este nidito de pasión con parras de madera y corcho y dio forma al exótico jardín de helechos y magnolias que se hacen carantoñas, unos junto a las otras. Cedros de Japón, almácigas de Filipinas, ginkgos de China... Se han adaptado al clima y a la estética lisboeta, con sus cortezas desconchadas y la melancolía de las raíces perdidas. Y uno se pregunta qué tendrá este país para que los extranjeros se aclimaten tan bien aquí. Lord Byron visitó Sintra en 1809 –“¡Glorioso Edén!”–; se alojó en el hotel Lawrence, el más antiguo de la Península Ibérica, y cantó las bellezas del Palacio de Monserrate, “el primer y más lindo lugar de este reino”. Cuando lo descubrió, ya no vivía allí William Beckford. Rumorean que fue el joven inglés más rico y excéntrico de su tiempo, que llegó a Portugal huyendo de enredos, que subarrendó la finca a un tal Gerard de Visme, y que era más conocido por sus caprichos de coleccionista y constructor de rarezas libertino que por Vateck, el cuento oriental que había escrito. La finca estuvo abandonada al vandalismo y al pillaje hasta que Francis Cook –otro millonario británico– reconstruyó la quinta para pasar los veranos con la familia, dándole un toque morisco a las ruinas y plantando fantasías exuberantes en 33 hectáreas de parque.

Pozo iniciático de la Quinta da Regaleira con la cruz templaria al fondo.  | SeanPavonePhoto / iStock

El pozo del diablo

Mil y una leyendas más se podrían contar de Sintra: Vasco de Gama regresando por el horizonte de India, piedras misteriosas con extrañas formas en el Cabo da Roca, fuentes mágicas, pastorcillas despistadas, masones y templarios, monjes capuchos tentados por las atractivas curvas de un diablo –a los infiernos se llega bajando por el pozo iniciático de la Quinta da Regaleira, todo recto, a la izquierda–… Pero, como todos los cuentos, este también llega a su final, con un… “Y los viajeros fueron felices y comieron queijadas y travesseiros de Sintra en la centenaria pastelería de La Periquita”. (Aviso: el local es muy concurrido y a menudo hay que esperar, así que el final del cuento se puede demorar).

Convento dos Capuchos de la Sierra de Sintra. | JoseIgnacioSoto / iStock

La Sintra de Hans Christian Andersen

El famoso escritor de cuentos danés estuvo en Sintra en 1866; del 16 de julio al 8 de agosto se hospedó con su amigo José O’Neill en la Calçada dos Clérigos, nº 9. Prueba de ello es la placa sobre la casa rosada y el diario de su viaje por tierras portuguesas. Visitó el Palacio Nacional da Vila, el Parque da Pena, el convento de los Capuchos (en la foto) y quintas como la de Monserrate y la de Seteais –hoy hotel de lujo y restaurante–. Y afirmó: “Se dice que toda nación encuentra en Sintra un pedazo de su patria: yo he descubierto aquí Dinamarca”.

Dulces típicos portugueses. | garuti / iStock

Dulces con leyenda

No hay que marcharse de Sintra sin probar los travesseiros, milhojas rellenos de almendra, canela, yemas de huevo y azúcar con forma de almohada –que es lo que significa este hojaldre en español–, y las queijadas, pequeñas tartas a base de queso fresco, huevos, azúcar y nata. Son los dulces típicos de Sintra y la especialidad de La Periquita, donde llevan elaborándolos con la misma receta desde hace más de 150 años. Cuenta la leyenda que hay un ingrediente secreto que no conocen ni los mismos pasteleros; lo guarda enigmáticamente la familia en un libro de cocina.