Siete días apasionantes en el África Austral

Un fantástico grupo de lectores de VIAJAR, junto a Javier Reverte, Tino Soriano y Mariano López, ha protagonizado la primera Expedición VIAJAR. Esta es la crónica de su gran viaje.  

Mariano López
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Foto: Tino Soriano

DÍA 1: De Madrid al Kruger

El comandante del vuelo de Iberia con destino a Johannesburgo ha saludado a los pasajeros de la Expedición VIAJAR y ha invitado a Javier Reverte a pasar a su cabina. “Es un honor para mí tenerlo a bordo, señor Reverte –le ha dicho–, he leído todos sus libros”. Ocho mil kilómetros después, la Expedición llegaba a Johannesburgo, recogía las maletas y volvía a los cielos. Dos aviones privados, distinguidos por dentro y por fuera con los sellos de la Expedición VIAJAR, conducían a los viajeros hasta el aeropuerto internacional de Mpumalanga, a menos de una hora en autobús de la puerta sur del Parque Kruger: Numbi Gate. Una larga jornada que, ya en el Kruger, iba a concluir con un precioso broche final: una copa de vino en la cima de la colina más alta del sur del Kruger. Un maravilloso lugar para ver y compartir el primer atardecer de la Expedición, la luz de los cielos de África.

DÍA 2: En busca de los “Cinco Grandes”

Clayton, el guía del primer coche que parte del campamento Nkambeni para iniciar el safari, cree que tenemos posibilidades de completar el Big Five. “Podemos ver a los Cinco Grandes –dice–, pero solo si tenemos suerte”. Las puertas del Kruger se abren y los coches de safari de la Expedición se dispersan por los caminos del parque. Todos los coches están conectados por radio, pero cada uno disfruta de su propia experiencia de safari. Nada más salir, el coche de Clayton se topa con un grupo de jirafas y, más adelante, con una manada de búfalos. El sol se eleva y la temperatura –ligeramente fría a primera hora de la mañana– se va calentando conforme avanza la mañana. Cerca de Skukuza, el campamento donde paramos a comer –y a comprar biltong, la sabrosa carne seca típica de Sudáfrica–, encontramos un grupo de perros salvajes, los soberbios y llamativos licaones. Solo quedan 90 ejemplares de esta especie en el Kruger. La culpa de su desaparición, explica Clayton, la tienen los furtivos que entran a matar rinocerontes. Emplean perros adiestrados que han contaminado con sus enfermedades a los licaones. 

A 25 kilómetros del lugar donde hemos contemplado a los licaones, uno de los grupos de la Expedición ha avistado un leopardo. Mi grupo ha tenido también suerte: hemos podido retratar una familia numerosa de elefantes; una hiena amamantando a su cría; la carrera de un antílope sable y tres rinocerontes blancos –todo un lujo– al borde de la carretera. Al anochecer, son muchas las historias del día que se intercambian junto al fuego, en la boma, la empalizada al aire libre del campamento Nkambeni. Para cerrar la noche, un grupo de músicos shangaan canta a coro, en la boma, la canción que une a los pueblos del sur de África: Nkosi sikelele africa (Dios bendiga a África).

DÍA 3: El Gran Cañón Verde

Dos autobuses nos esperan para iniciar la ruta por el cañón del río que los boers llamaron Blyde, que en afrikaans significa alegría. La idea es explorar el cañón, uno de los más largos y profundos del mundo. La primera parada, las cataratas Lisboa, sorprende a la mayoría de los viajeros, que apenas tenía referencias de este lugar, hasta hace poco casi inaccesible. Las Chimeneas de Bourke, la siguiente etapa, deslumbran al grupo con el esplendor de sus formas. La última etapa, con las vistas más famosas del cañón, se llama La Ventana de Dios. Es el rincón que el pastor bosquimano protagonista de la película Los dioses deben estar locos consideró el fin del mundo. Cerca del cañón se encuentra el pueblo de Pilgrim’s Rest, una de las primeras localizaciones del oro en Sudáfrica. En el hotel con más personalidad de Pilgrim’s Rest, el Hotel Royal, paramos para comer. Luego, la carretera es larga –e interesante– hasta Johannesburgo. La noche se cierra junto a la estatua de Nelson Mandela, en Mandela Square, y en un nuevo hotel, el Sandton Sun. Mañana comenzaremos la jornada visitando, precisamente, la casa de Mandela, en el 8115 de Orlando West.

DÍA 4: Soweto y la Cuna de la Humanidad

Tormenta eléctrica en Johannesburgo. La lluvia es escasa, pero el espectáculo de rayos y relámpagos es único. Cruzamos Johannesburgo para adentrarnos en Soweto. De camino a la casa de Nelson Mandela rendimos homenaje al estadio de fútbol de Soweto, al gol de Iniesta. La casa de Mandela está relativamente cerca del estadio. Es una vivienda sencilla, humilde, con más espacio casi en el jardín que la circunda que en el solar de sus habitaciones. Cuando Mandela salió de la cárcel dijo que lo primero que quería hacer era viajar a su hogar, a la casa donde vivió con Evelyn, su primera mujer, y luego con Winnie, su segunda esposa. Desde 2009, la casa es un museo. Una hora después –el tráfico no perdona– alcanzamos Maropeng, la Cuna de la Humanidad. Sus dos museos –uno de ellos muy, muy didáctico, casi para niños– explican la evolución del género humano desde el australopiteco africano hasta el homo sapiens. Es un lugar especial, donde ha aparecido uno de los dos únicos restos fósiles existentes de la especie homínida de la que descendemos,  donde se han encontrado las primeras huellas del uso del fuego por un homo, y donde se sabe que nació el primer ejemplar de nuestra especie, el homo sapiens, que, con certeza, era negro. A Pretoria llegamos a la hora del ejercicio. Decenas de vecinos con camisetas de colores practican una mezcla de zumba y tai chi en los jardines donde suelen retratarse las parejas de novios. Para cenar, el buffet ofrece carne de impala, kudu, cocodrilo y avestruz. La noche atrae de nuevo a la tormenta. Relámpagos y rayos. Poderosos, siempre, los cielos de África.

DÍA 5: Encuentro con las Cataratas

El vuelo al aeropuerto internacional de Victoria Falls, desde Johannesburgo, dura poco más de hora y media. Volamos con la compañía British Airways. A bordo, nos sirven una pequeña comida que nos sorprende. Ya no es habitual este servicio en vuelos tan cortos. Pero aquí, en el África austral, todo parece estar tocado por la varita mágica de la amabilidad. La aduana, en Victoria Falls, por ejemplo, que cruzamos entre sonrisas, o la llegada al maravilloso The Victoria Falls Hotel. Hay algo en este hotel que le eleva por encima del resto. Quizás sea su salón eduardiano, presidido por dos grandes cuadros al óleo de Jorge V y la Reina María, la célebre Queen Mary. O sus pasillos, salpicados de cuadros y fotografías que recuerdan su construcción, en el año 1904, para alojar a los ingenieros que levantaban una línea férrea que soñó con atravesar el continente y llegar desde Ciudad del Cabo hasta El Cairo. Un sueño del que queda un testigo: el puente de hierro que cruza la primera garganta del río Zambeze tras las Cataratas Victoria y une Zambia con Zimbabue. Por el jardín del hotel Victoria Falls se pasean grupos de monos y de pangolines. Es un jardín pulido, brillante, con césped de campo de golf que contrasta con la vegetación casi selvática del entorno de las Cataratas. Desde que se inauguró, a principios del pasado siglo, seguro que muchos lo han visto como el último lugar civilizado donde te pueden servir un gin tonic antes de entrar en la selva. Desde este jardín se divisa el humo de las cataratas. También llega hasta este hotel su sonido, el rumor del trueno. Pero es el puente de hierro el que termina por atrapar todas las miradas, el puente y el arco que parecen sujetar las dos enormes paredes de piedra en cuya base se encajona el río. 

Merece la pena disfrutar de este hotel y de su memoria. Aquí durmió la Queen Mary a principios del pasado siglo, cuando los viajeros necesitaban baúles para cargar con sus equipajes y el hotel les acercaba hasta las Cataratas en rickshaw. Hay que explorar cada rincón de este hotel, pero antes vamos a tomar un barco, un crucero, para contemplar una gran maravilla, aquí cotidiana: la enorme, preciosa, intensa bola roja que se funde, todos los días, con el lecho del río: es la hora del atardecer y vamos a disfrutarlo navegando por el Zambeze.

De noche, cenamos en The Boma, un recinto al aire libre no muy lejos de las cataratas que convierte la cena en una fiesta. Tambores, vestidos, pinturas en el rostro y diplomas para los que se atrevan a comer gusanos del árbol del mopane, que crujen en la boca como chapulines. Un brujo de Mozambique adivina el futuro de los que se exponen al azar de sus tabas y huesos. A Tino Soriano le pronostica una gran fortuna y a mí amor, mucho amor. Es un tipo sabio. Mi pronóstico, sin huesos, es que llegará lejos como brujo.

DÍA 6: Safari en el río Chobe

Dejamos el hotel casi de madrugada, con el pasaporte en el bolsillo. Vamos a salir de Zimbabue y a entrar en Botsuana, lo que obliga a formar cola en dos aduanas y rogar por que los funcionarios sean ágiles y rápidos a la hora de estampar –con fuerza, siempre– sus sellos en el visado. Estamos en un lugar especial: la cuádruple frontera donde se unen Namibia, Botsuana, Zambia y Zimbabue. Hay muchas posibilidades de que todo se complique y todo se resuelva. Así es África. Los trámites fronterizos, finalmente, son rápidos. Suerte. En Botsuana cambiamos dos veces de vehículo hasta llegar al río Chobe. El paisaje es precioso. El río se abre en canales que rodean unas islas de vegetación verde y rala, marismas flotantes que se bambolean con las leves olas del río. En el centro de las marismas dormitan los búfalos y los antílopes acuáticos; en las orillas, los hipopótamos. Tratamos de reconocer las especies de los pájaros que buscan comida al límite de la marisma. Casi imposible: son decenas. Destacan la cigüeña de pico amarillo, el tántalo africano, las dos clases de ibis, el pájaro de pico de espátula, el feo marabú y la estilizada garza real. Vemos a un martín pescador lanzarse en picado para obtener comida. Reverte ha visto un cálao trompetero, el pájaro que parece tener un yunque sobre la cabeza. Es un paraíso, para los pájaros y para la vista. Verde y azul, con las nubes incrustadas en el cielo, atentas, quizá, al espectáculo de las marismas. 

Un varano se mueve lento, sinuoso, palpando la tierra con su lengua bífida. Hace calor, mucho, pero el movimiento de la barca y la humedad del río nos refrescan. Un grupo de hipopótamos se desplaza con brusquedad al vernos. A lo lejos, en una de las orillas, sobre una loma, una familia de elefantes inicia lo que parece el regreso a casa después de beberse su ración diaria del río. Comemos en un restaurante –el Look Out Café– con impresionantes vistas al puente y a la primera garganta del Zambeze después de su salto por las Victoria. Luego, entramos en el Parque de las Cataratas con la ilusión de quien ha soñado con este momento. Estamos en uno de los lugares más bellos de la Tierra. Saludamos a la estatua de Livingstone, nos hacemos fotos con Javier Reverte, celebramos que el paisaje siga siendo casi idéntico al que asombró a Livingstone. No se ven construcciones, ni barcas, ni rastro de humanidad. Solo el río, el bosque, la selva, las Cataratas, el humo que truena y, ahora, el arco iris. Livingstone creyó que esto era el Edén y un siglo y medio después nosotros compartimos su fe. Por la noche, cenamos en el salón donde bailó la Reina María de Inglaterra. Es el salón de gala del hotel Victoria Falls, que no se mueve porque, si lo hiciera, creeríamos que estamos cenando en el Titanic. La orquesta presta sus micrófonos a Javier Reverte, que nos habla de Livingstone y del lugar donde está enterrado su corazón. Hay baile. Es la última noche, que algunos quieren que sea breve para que llegue pronto la mañana y con ella la hora de volver a las Cataratas.

Día 7: El vuelo de los ángeles

Livingstone dijo que los ángeles deberían detener su vuelo para contemplar un espectáculo como el de las Cataratas. Parte de la Expedición se apunta a ver cómo se desploma el Zambeze desde el aire. Para algunos, será la primera vez que se suban en un helicóptero. Impresionan el ruido, las hélices, la altura, las Cataratas y el cañón por el que continúa su curso el río, después de su caída. El vuelo permite ver y comprender qué le ocurre al río antes, durante y después de las Cataratas. Desde el helicóptero también se avistan animales: un grupo de antílopes acuáticos y una manada de búfalos. Ninguno parece sorprendido por la ruidosa presencia del helicóptero. Un gran lujo contemplar desde el aire el lugar donde parece que late, que siempre ha latido, el corazón de África. 

Cruzamos en pequeñas furgonetas el puente de hierro sobre el Zambeze, el puente que atrapaba nuestras miradas en el Victoria Falls Hotel. Llegamos a Zambia, que nos estampa un sello enorme en el pasaporte, y poco después de entrar en el país de las sabanas y las minas de cobre subimos a un nuevo avión en el aeropuerto de Livingstone. Desde las ventanillas de estribor del avión se divisa, al despegar, la tierra rota de la que brota el humo de las Cataratas. Hora y media después llegamos al aeropuerto de Johannesburgo, donde ya casi espera el avión de Iberia con destino a Madrid. Ha sido un gran viaje, que muchos quieren que continúe, este 2017, con una nueva Expedición. ¿A dónde? Una de las expedicionarias, Maribel, me dice “por favor, que volvamos a África”. Se lo comento a Javier Reverte, que sostiene que quizás hayamos inoculado con este viaje un poderoso virus viajero. “Ya verás –me dice– cómo serán muchos los que deseen volver. Es inevitable. Ya te habrá dicho el brujo que esa es la gran magia de las Cataratas: que ya no podremos dejar de escuchar, lo que nos quede de vida, la llamada de África”.

Y al día siguiente, en el vuelo de Iberia, llegamos a Madrid.

Premio Olympus a la mejor fotografía

Durante el viaje se propuso a todos los expedicionarios una concurso con la colaboración de Olympus en el que Begoña Malgor González resultó vencedora gracias a la fotografía realizada a una preciosa vista del lado oeste de las Cataratas Victoria. ¡Enhorabuena!

Begoña Malgor González