Serra de A Capelada, las vistas más bellas del mundo

Al norte de A Coruña, frente al mar, se alza la Serra de A Capelada, un bravo territorio de la comarca de Ortegal. Esta tierra celta, cargada de ritos paganos y devoción cristiana, ofrece unas vistas de ensueño entre mágicos acantilados y mar bravío.

Irene González
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Foto: ISTOCK

Con una extensión cercana a las doce mil hectáreas,  la Serra de A Capelada propone una vertiginosa panorámica desde los acantilados más altos de la costa atlántica europea, tras los fiordos noruegos. En Serra de A Capelada, el salitre mima la piel y  el rugir del viento y los acantilados infinitos convierten al paraje en un lugar de ensueño, tan bello que parece irreal. Sus agrestes costas ofrecen la mejor panorámica del océano Atlántico, quizá, la más atractiva de todo el litoral europeo. Desde Cedeira hasta el mítico Cabo de Estaca de Bares nos introducimos en la magia y la bravura de este territorio gallego. ¿Nos sigues?

Cedeira

A 4 kilómetros de la espectacular playa de dunas de Vilarrube, está la villa de Cedeira, el  lugar donde, según cuenta la leyenda, los hombres y mujeres que vivían en esta costa fueron en sus orígenes hijos de las ballenas y de los peces. Y es que la antigua Cetarea fue uno de los puertos más importantes de captura de ballenas en la Edad Media y también una importante ruta de bucaneros ingleses, franceses y argelinos. Rodeada de altísimos acantilados de más de 600 metros de altura, la pequeña ría de Cedeira tiene un gusto salado, sabe a mar generoso y bravo. En su puerto, donde se alza un original monumento a la mujer del pescador, hay que detenerse en el Museo Mares, la evidencia de la memoria marinera de la villa. En el Museo Mares se percibe la simbiosis entre el mar y los cedeireses,  siempre rodeados de barcas,  garlopas, gubias, sargentas, boyas y aparejos, las herramientas que sustentaban a las familias. En las cercanías está la ermita de San Antón de Corveiro y, a unos siete kilómetros, la Punta Candieira donde se alza su faro, de principios del siglo XX.

San Andrés de Teixido. | Irene González

San Andrés de Teixido

En un pequeño valle a 140 metros sobre el nivel del mar, está San Andrés de Teixido, un diminuto pueblo blanco con apenas 30 viviendas. Desde hace miles de años, en San Andrés de Teixido se rinde culto a los muertos tal y como atestiguan los numerosos enterramientos prerromanos que aquí se han hallado. Según la mitología celtibera, aquí se encuentra la puerta del más allá de los celtas. Y debe ser cierto ya que, a pesar de su complejo acceso y de sus reducidas dimensiones, recibe cientos de visitantes por la devoción hacia su Santuario, sus impresionantes vistas y su espléndida belleza.  El antiguo santuario de San Andrés de Teixido se construyó en el  siglo XII y pertenecía a la Orden de Malta. Más tarde, pasó a manos de la orden de San Juan de Jerusalén y siglos después fue propiedad de los Andrade de San Sadurniño, que controlaban las riquezas que generaba este centro de peregrinación. En San Andrés se mezcla el culto católico a San Andrés,  con los ritos paganos y las tradiciones precristianas. Lo cierto es que este santuario es uno de los más venerados de Galicia, donde se asevera que a San Andrés  “va de muerto el que no fue de vivo”. El entorno de San Andrés está cuajado de claveles marinos, conocidos como las hierbas de enamorar por la supuesta influencia que ejercen en la afectividad entre las parejas. Además del santuario de San Andrés, resultan muy interesantes la Fonte do Santo y el mirador natural de Vixía de Herbeira.

Cariño

Casi en el punto más al norte de toda Galicia y a unos 600 metros sobre el nivel del mar pese a ser costero, está Cariño. Este importante puerto pesquero, que conserva entre sus calles empinadas casas multicolores de esencia marinera, es un remanso de paz alejado del turismo. Su evocador nombre proviene, según cuenta la leyenda, de un gran señor que habitaba estas tierras y de la más bella de sus hijas que falleció y fue enterrada en este paraje. Cuando el gran señor se enroló en una expedición con un hijo del rey celta Breogán, se despidió de la villa con un “adiós cariño”. En los 33 kilómetros de costa de Cariño confluyen gran variedad de playas salvajes y de pequeñas calas a las que solo se accede por barco, lo que las confiere un encanto especial. Es ineludible visitar el poblado romano de San Xiao Trebo, un templo construido sobre los restos de las antiguas ciudades del imperio romano y, como no, su capilla de la Virgen del Carmen. Otro enorme encanto de Cariño son sus excelentes percebes, para muchos los mejores del mundo, que se pueden degustar en cualquier bar,  taberna o restaurante de la pequeña villa marinera.

Cabo Ortegal

Desde la celta Cariño se accede al Cabo Ortegal, un imponente paraje de acantilados donde reina su vistoso faro rojo y blanco, de casi trece metros de altura. Desde su mirador sobrecoge la belleza de Os Agullons, rocas punzantes que emergen del mar y en las que rompen las olas con toda su fuerza. Desde aquí se contemplan  las rías de Cariño y Ortiguiera, y la punta de Estaca de Bares en todo su esplendor. Para los antiguos, este lugar era tierra sagrada, el fin del mundo. Y para los científicos, es el punto más antiguo conocido, donde se funden el Atlántico y el Cantábrico en las formaciones rocosas más arcaicas de la península. Solo en Terranova, Polonia y Australia hay rocas tan longevas como las de Ortegal. De hecho, existen teorías sobre que los cuatro puntos geográficos  estuvieron unidos y formaban un solo continente, Pangea.

Acantilados de Loiba. | Irene González

Acantilado de Loiba

Al este de Ortegal, en la parroquia de San Julián de Loiba, que a pesar de su cercanía al mar es eminentemente agrícola, se encuentran los Acantilados de Loiba, uno de los más bellos paisajes del mundo, según la Unesco. Loiba es naturaleza en estado puro, sabe a mar y suena a oleaje, es el lugar perfecto para perderse. Sus acantilados, perforados por cuevas o furnas, son espectaculares.

Hace unos diez años, Rafael Prieto, un vecino de la parroquia, colocó un asiento de madera con vistas al infinito y ahora se ha convertido en uno de los mayores reclamos turísticos del litoral norte gallego. Y desde luego hay que sentarse en este banco declarado  como  “el mejor banco del mundo”. El lugar es privilegiado, ya que desde él la vista acapara los cercanos islote de Gavioteira y la playota de Coitelo, además de los siete kilómetros de rompeolas espumeantes que se suceden unos tras otros hasta perderse en el infinito. El Acantilado de Loiba huele a océano y a cielo infinito.

Estaca de Bares. | Irene González

Estaca de Bares

Hacia el este se encuentra Estaca de Bares, el punto más al norte de la Península.  Su célebre faro, que controla el tráfico marítimo desde 1850, y su ubicación hacen que este lugar sea único en la península. Bares, con sus míticas puestas de sol, es lugar de paso de miles de aves migratorias en su desplazamiento del norte de Europa hacia África. Por su privilegiada situación fue utilizado durante muchos años como punto estratégico militar. Prueba de ello son las cercanas ruinas de  bases militares estadounidenses,  británicas y francesas, que hace años  vigilaban este paso estratégico. El centenario faro que se encuentra a casi 100 metros sobre el nivel del mar,  se electrifico en 1939  y se instaló una sirena y un radiofaro. La belleza del paraje hace que pertenezca a la Red Natura 2000, pero mucho antes, en tiempos de la República, fue declarado Sitio Natural de Interés Nacional.  En los alrededores no hay que perderse la antigua central eólica y el conjunto de los molinos de Bares. Al bajar del acantilado de Estaca de Bares es obligatorio pasear por Vila de Bares y por Porto de Bares, una interesante localidad de origen prehistórico  que conserva un enorme puerto, al parecer del VII a. d C., construido por los fenicios.