San Agustín, el bosque de los misterios

Un enorme batracio de piedra, llamado “la rana de Codazzi”, por el arqueólogo italiano que trabajó en San Agustín en 1857, muestra su boca feroz. Hasta las ranas tienen colmillos en este gran Parque Arqueológico de Colombia. Pero son muchos más los misterios que guarda. 

Luis Pancorbo
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Foto: Luis Pancorbo

Un sendero serpenteante conduce a la Fuente de Lavapatas, un extraño remanso de pozas y petroglifos donde, hoy como ayer, se dispara la imaginación. ¿Qué rituales se hacían en ese lugar privilegiado de San Agustín? ¿A qué cultura pertenecían aquellos indígenas del Alto Magdalena capaces de hacer canales, hipogeos y, sobre todo, estatuas llenas de intriga y majestad? El conjunto de San Agustín se alza como la perla arqueológica de Colombia. Aún faltan datos, no así abundancia de monumentos, y principalmente estatuas de una talla y un empaque que no dejan indiferentes. El jaguar es evocado en la mayoría de los tres centenares de estatuas de la zona. No se trata, como en las obras olmecas (México), o como en las de la cultura Chavín (Perú), de jaguares esculpidos de manera explícita. Los escultores de San Agustín pretendían humanizar al jaguar, y de esa forma divinizarlo en macizos cuerpos de jefes, guerreros, sacerdotes... Lucen casi todos ellos bocas felinas, y muestran por lo general dos pares de colmillos cruzados sobre los labios. Una manera imaginativa de evocar al gran depredador, el sol de la noche en la cultura maya, y el rey indiscutido del mundo y el ultramundo en la soledad de los valles del Alto Magdalena.

Tal vez la cuestión que puede intrigar al viajero moderno sea la de quiénes fueron realmente aquellos constructores de estatuas. La respuesta oficial es que pertenecían a un pueblo precolombino inscrito en una no bien precisada cultura agustiniana. No sale ahí el nombre de una etnia, de una tribu, los chibchas, los muiscas... Un pequeño asentamiento, llamado San Agustín por la fugaz visita en 1589 de Fray Agustín de La Coruña, a la sazón obispo de Popayán, ha servido para denominar un periodo de no menos de dos mil setecientos años con un florecimiento artístico continuado. Tampoco se saben las variaciones poblacionales que hubo en las varias ciudades ceremoniales del Alto Magdalena. Ni por qué todo ese esplendor, aunque casi siempre fuera mortuorio, en homenaje a unos ancestros deificados, un día declinó hasta desaparecer. Lo cual ocurrió de todos modos siglos antes de la conquista española.

Se evoca así en San Agustín ese tipo de ocaso enigmático, como el de los mayas de Yucatán, que ha provocado tanta especulación. O como el derrumbe de la civilización de los constructores de moai en Isla de Pascua. En San Agustín miras las estatuas con asombro, ya estén custodiando hipogeos, diseminadas en campos de césped esmeralda, presidiendo montículos o incluso metidas en bosques llenos de sombras y lianas. Uno dirige su atención a los guerreros, eso si no fueron chamanes, los que tienen una boca felina. Apenas se esboza una sonrisa. Ni siquiera hay lágrimas de cocodrilo en los rostros, aunque no faltan los caimanes esculpidos. El dolor ni siquiera se intuye en San Agustín. Probablemente no hacían ascos al sacrificio humano. Alguna figura sostiene entre sus manos lo que podía ser una víctima, un niño acaso.

Los indios de estos parajes debieron ser derrotados por los elementos naturales, tanto en San Agustín, en el Departamento del Huila, como en Tierra Adentro, en el contiguo Departamento del Cauca. Terremotos, inundaciones, agua y lava que cambian la vida y el paisaje. Hay numerosos conos volcánicos en San Agustín y en la cercana localidad de Isnos, que recuerdan que la tierra del Macizo Central colombiano sufrió una historia geológica muy convulsa. Con la posible añadidura de hambrunas, enfermedades, revueltas por temas teológicos, luchas por el poder... Nos quedan las hieráticas caras de una multitud de personajes. Forman una increíble galería de lo grotesco, y eso por supuesto antes de que ese tipo de arte hubiese sido inventado en Europa con fines ornamentales. En San Agustín lo grotesco fue empleado con fines mortuorios. La inmensa mayoría de las estatuas guarda los grandes sepulcros. Cientos son las estatuas que hacen de cariátides para aguantar las lajas de un dolmen fúnebre. Vigilan la muerte o la resurrección. Aunque nada cierto se conoce sobre sus ideas religiosas o escatológicas.

Luis Pancorbo

Los pioneros

El primer europeo en contemplar las estatuas de San Agustín fue Juan de Santa Gertrudis, fraile mallorquín. En 1576 vio un sarcófago de piedra y varias efigies, entre Almaguer y Timaná, y no tuvo empacho en declarar: “Son obra del diablo”. Las menciona en Maravillas de la naturaleza, un libro suyo publicado tan póstumamente como en 1970. La interpretación de fray Juan estuvo acorde con la estrecha visión imperante en su tiempo. No se entendían, ni se admitían, las fusiones de hombre y animal, nada se diga del resultado de cruzar eso y un dios. Ya muy al final de la colonia española, en 1797, se reconoce como pionero en los yacimientos del Alto Magdalena a Francisco José Caldas, un independentista y estudioso colombiano que publicó un informe en 1808. El geógrafo francés Eliseo Reclus, que viajó por Colombia de cabo a rabo entre 1875 y 1890, vio “groseras esculturas de rostros humanos y animales”. Luego vinieron otros difundiendo hipótesis aún más fantasmales: como que fueron los extraterrestres llegados en ovnis quienes esculpieron las estatuas de San Agustín. Asunto arreglado.

El doble yo

Otra cuestión que no pierde su intriga es la edad de las estatuas. No se maneja una fecha demasiado fiable. Hay estatuas de varios periodos, pero si hablamos del fundamental, el Clásico Regional, ocupa al menos los primeros novecientos años de nuestra era. Y además hay formas arcaicas, como los postes efigie, estatuas romboidales, las más primitivas. Pero ya digo que eso no termina la controversia. Por ejemplo, algunos arqueólogos defienden la existencia de una civilización agustiniana en pleno apogeo desde el VI a.C. al X d.C.

Los siglos no han hecho mella en la dureza de las piedras volcánicas. Ni en los ojos vacíos, pero muy penetrantes, de los monarcas o de los brujos que mandaron en la hoya del Magdalena. En el Alto de los Ídolos se encuentra la mayor concentración de estatuas y tumbas, con una secuencia de construcción que va desde el 1000 a.C. al 1530 d.C. Al arqueólogo alemán Konrad Theodor Preuss se debe la acertada denominación de alter ego (doble yo) para muchas de las estatuas sanagustinianas. En efecto tienen dos caras, una humana y otra felina, pero su dualidad va más allá. Hay como una evocación de lo femenino en personajes masculinos, especialmente por unas bocas de labios sugerentes y al mismo tiempo felinas. Era la época del doctor Freud, y Preuss coincidió en su etiqueta con una idea del psiquiatra vienés, aunque en su caso para nombrar unas estatuas preñadas de dualismo. Porque además del doble yo se encontraban otras alusiones: día-noche, águila-serpiente... Todo eso abunda en los montículos de San Agustín, Isnos, Alto de las Piedras, Alto de los Ídolos, los sectores por donde se diseminan los restos del misterio hecho piedra.

Luis Pancorbo

Según Preuss, aquellas esculturas fueron “resultado de un gusto bárbaro”. A partir de su primer viaje a Colombia en 1913, Preuss dedicó seis años al estudio de San Agustín, aunque también visitó a los huitoto, coreguaje y tame, etnias amazónicas, y a los kogi de la Sierra Nevada de Santa Marta. Sobre las estatuas y tumbas de San Agustín, Preuss pensaba que constituían el lazo de unión de grandes culturas precolombinas del norte y del sur de América. Eran una especie de eslabón perdido, algo que relacionaría mayas y olmecas con pueblos preincaicos como el de Chavín de Huáncar. Otra cosa es que Preuss se llevase a Berlín hasta 35 estatuas, y ahí siguen, en el Museo Etnológico de la capital alemana, sin que de momento haya servido la documentada denuncia, pidiendo su restitución a Colombia, del escritor David Dellenback.

La bestialidad de facciones de esas esculturas, sin un solo punto de contacto con los cánones hispanos, y por ende grecorromanos, nació en las mentes de un singular pueblo amerindio, del que además nunca más se supo. Eso lógicamente llena aún de perplejidad. El recorrido al atardecer por el Bosque de las Estatuas semeja una gran película inmóvil por la que pasan 35 fotogramas imborrables, 35 estatuas, siempre 35 en San Agustín. Esas estatuas antes andaban dispersas por el pueblo y alrededores. Desde el año 2014 han sido colocadas en un bosque como si fueran parte integrante de la vegetación, sugiriendo ser unos faunos de piedra que en cualquier recodo lanzan su no tan hueca mirada.

La estrella fluvial

Pero por si supieran a poco los reclamos del arte precolombino, San Agustín se enclava en un valle espectacular del Macizo Colombiano. Ahí se juntan dos cordilleras, la Central y la Oriental. La región tiene una altitud entre los 1.500 y los 3.800 metros sobre el nivel del mar. Los saltos de agua (Bordones, Mortiño...) parecen las colas de gigantescos caballos blancos que acaban de recibir un latigazo. Es además donde nacen los grandes ríos de Colombia, los que parten desde la llamada estrella fluvial hacia el Atlántico, el Pacífico y el Amazonas. Un lugar donde perderse, o mejor dicho, donde explorar, teniendo 35 lagos de montaña. El número no falla. Las rocas volcánicas, toba y andesita, parecen clamar a un artista imaginario que las talle, que las libere del dios o del monstruo que llevan en potencia. ¿Cómo transportaron esas piedras de varias toneladas hasta las explanadas de los templos e hipogeos sanagustinianos? ¿Cómo pasaban los barrancos de sus bravos ríos, el Magdalena, el Cauca, el Caquetá, para llegar con tanta estatuaria a los páramos de Lavapatas, Naranjos, Sombrerillos, Ovejeras, Quinchana...? En todos esos sitios el agua corre y se fracciona en infinidad de corrientes y arroyos. Una telaraña líquida entre picachos, y unas laderas verdes donde los indígenas tenían y tienen que asombrarse ante el espectáculo de su naturaleza. Pues todo, en esta parte del Huila, queda envuelto en una película de humedad constante, torva, neblinosa, que muchos días parece querer empañar la realidad.

Luis Pancorbo

Acaso la intensidad del culto a la muerte sea el mayor rasgo de las antiguas culturas del gran valle colombiano. Las estatuas puntúan y jalonan las cámaras donde colocaban los sarcófagos. Cuerpos de alta casta, sin duda, porque no toda la población tenía el honor de recibir post mortem un trabajo tan colosal. Hay estatuas de más de dos metros de altura. Hay tumbas cuyas losas han sido esculpidas como gigantescos caimanes. Y es inagotable el homenaje a los animales considerados, no ya hermanos al estilo franciscano, fratello sole y sorella luna, sino a la parte mejor de la persona, la parte más poderosa, incluso la más divina. En realidad es puro nahualismo lo que cuentan y entrañan las estatuas sanagustinianas, una ósmosis, más que una síntesis, entre naturalezas distintas, amén de un rendido homenaje de los hombres a los micos, a las lagartijas, a las serpientes, a las ranas, y siempre al jaguar, que debió ser el rey de todos a un tiempo, de los dioses, de los animales y de los hombres.