Samarkanda, la ciudad de todas las leyendas

Los ásperos territorios de Asia Central parecen condenados a brillar en lapsos de su historia para volver a diluirse en el más absoluto misterio, aunque Samarkanda, uno de los epicentros de la Ruta de la Seda que canalizara el intercambio de mercancías y saberes entre Oriente y Occidente, nunca se haya distanciado de ese mapa de geografías míticas que suena como música para el oído del viajero.

Elena del Amo

No es fácil estar a la altura de un nombre como Samarkanda, tan infl ado de mito que se corre el riesgo de perderle la pista por los vericuetos de esas geografías imaginarias que arrancan en la Atlántida y ponen rumbo a Shangri-La o el país de las amazonas. El suyo, sin embargo, es a la fuerza un mito muy con los pies en la tierra, porque durante siglos se las ha visto y deseado para sobrevivirle a los altibajos que le tenía reservado el destino.
Como el resto de la hoy llamada Asia Central, Samarkanda ocupa la región del planeta que está más alejada de cualquier mar. Cercada de altas montañas, estepas y desiertos de temperaturas pavorosas que pasaron de ser una ruta obligada para el comercio entre China y el Mediterráneo a convertirse en una barrera en cuanto, a partir del siglo XV, la Ruta de la Seda comenzó a languidecer lentamente al imponerse las rutas marítimas para mercadear con Oriente.
Europa le dio entonces la espalda a estas tierras de clara herencia nómada, y no volvió a dirigirles mayor atención hasta que británicos y rusos, ya en el siglo XIX, se enzarzaron en un pulso por extender su infl uencia entre los 3.000 kilómetros que separaban las fronteras zaristas de la India colonial.
Hoy, tras décadas de aislamiento comunista, el Uzbekistán surgido como país independiente al desmembrarse la Unión Soviética en el año 1991 vuelve a asomarse a la escena internacional debido a las muchas implicaciones que tiene la proximidad de vecinos que, como China, Afganistán, Rusia o Irán, tampoco resultaban fáciles en los días de la Ruta de la Seda.
Al calor de las caravanas
Es sobre todo su rol de nudo caravanero el que alimenta el mito de Samarkanda, aunque desde luego no es éste el único que le ha tocado asumir a esta ciudad que, con sus recién celebrados 2.750 años, es una de las más antiguas del mundo aún habitadas.
Sometida a los persas aqueménidas de Darío, era capital de la satrapía sogdiana cuando la conquistó, en el 329 antes de Cristo, Alejandro Magno, quien le regaló uno de esos piropos que larga a la primera de cambio todo guía local que se precie: "Cuanto he oído sobre la belleza de Samarkanda es cierto, salvo que es todavía más hermosa de lo que podía imaginar". Aunque cuando lo dijo el macedonio ésta era todavía la Marakanda que se elevaba sobre la colina de Afrosiab, abandonada finalmente para fundar a sus pies la ciudad actual.
Fue mucho después de Alejandro cuando comenzó, ya sí, su apogeo como bisagra esencial de la Ruta de la Seda. Como la Petra de los nabateos o la Palmira del camino hacia Antioquía, Samarkanda floreció como un foco comercial de primer orden entre los siglos VI y VIII al calor de las idas y venidas de mercaderes que les despachaban a romanos y persas las sedas de Oriente.
Pero además de este preciado tejido -un secreto tan bien guardado por las dinastías chinas que durante siglos se amenazó con pena de muerte a quien osara dar pistas sobre su elaboración-, por los bazares de Asia Central también pasaban de mano en mano rumbo a Europa porcelanas, lacas, jade y hasta inventos chinos tan cruciales como la pólvora o el papel, mientras que las alforjas de camellos y yaks emprendían el camino de regreso repletas de oro, plata y marfil, de perfumes o de vidrio, el gran secreto entonces de los europeos.
Tan decisivo como aquel fenomenal trapicheo, por las peligrosas sendas de la ruta terrestre más larga y legendaria de todos los tiempos fueron también filtrándose saberes, religiones y nuevas formas de pensar que hicieron de Samarkanda un polo cultural que bebía de las infl uencias turcas, árabes, persas y de cuantos pueblos la dominaron. Pero incluso aquellos días de gloria fueron superados en esplendor cuando, tras ser devastada completamente en el año 1220 por Gengis Khan, resurgió de sus cenizas medio siglo más tarde convertida en capital del imperio que Tamerlán expandió desde Delhi hasta Estambul. Cuanto queda hoy de lo que fue Samarkanda data sobre todo de esta época, en la que Tamerlán y sus sucesores la hicieron brillar trayendo a ilustres artesanos para que engalanaran las mezquitas y las medersas en las que impartían clase grandes maestros de todos los saberes conocidos.
Actualmente la ciudad, con el medio millón de habitantes que ya tenía cuando fue arrasada por las hordas mongolas, muestra sus inigualables tesoros deslavazados a lo largo de desangeladas avenidas por las que renquean ladas y moskvich entre edificios de nítidas hechuras soviéticas.
Imposible abstraerse del barniz aún fresco de siete décadas de comunismo que ni siquiera el tenebroso presidente Karímov ha conseguido eliminar a través de su particular campaña de reinvención de la historia, que obligó a desterrar de un plumazo el cirílico de las escuelas y favoreció entre una población eminentemente laica el Islam como elemento diferenciador de la identidad uzbeca. Ésta había de construirse a marchas forzadas, y como símbolo por el que sustituir las imágenes de Lenin se resucitó a Tamerlán como gran héroe nacional. Poco importó que el conquistador no fuera pre cisamente uzbeko. A fin de cuentas, tampoco lo son Samarkanda o la igualmente caravanera y bellísima ciudad de Bukhara, que conservan su herencia tayika -es decir persa, es decir iraní-, y sólo las maquinaciones de Stalin al delinear las fronteras de Asia Central hicieron que quedaran en Uzbekistán.
Su majestad el Registán
Es cierto que en Samarkanda no quedó un casco viejo homogéneo después de que los rusos, para dar realce a los monumentos que iban restaurando, arrasaran sus empobrecidos barrios colindantes. Sin embargo, antes de sentenciar si este fabuloso cruce de caminos está o no a la altura de lo mucho que evoca su nombre, será mejor plantarse frente a su Plaza del Registán a ser posible al atardecer, cuando destellan las geometrías de los mosaicos turquesa y lapislázuli de sus pórticos, cúpulas y alminares, y las vendedoras, con sus aires cíngaros y cejas tiznadas, comienzan a recoger sus baratijas al ir flaqueando los clientes. Basta este vis a vis con esta plaza, que desde siempre ha sido testigo de la vida pública de ciudad, para entender mejor por qué ha merecido la pena viajar hasta tan lejos. Y es que ella sola se basta y se sobra para hacerle justicia a la Samarkanda de leyenda. La monumentalidad de cuento oriental de las tres medersas que cercan el Registán fijaron el modelo de arquitectura islámica que se impondría desde el Mediterráneo hasta la India. La primera fue la de Ulughbek, sabio y nieto de Tamerlán, que albergó en el siglo XV la mayor universidad de su época, donde además de religión y derecho musulmán se estudiaban disciplinas como Astronomía, Filosofía y Matemáticas. Dos siglos más tarde se erigieron las de Sher Dor y Tilla-Kari, cuyos patios e iwanes serán capaces de retenerle a uno una mañana entera.
A un buen trecho del Registán, a orillas del mercado en el que Samarkanda recupera su bullicio de ciudad oriental, se alza Bibi Khanun, su mezquita más elegante y la mayor de Asia Central, construida para la esposa favorita de Tamerlán y todavía medio en ruinas. A una distancia parecida del lado contrario a la plaza asoma la opulencia del mausoleo en el que reposan los restos de Tamerlán. Y agarrándose a las faldas de la colina de Afrosiab, de la que los arqueólogos rescatan los despojos más viejos de aquella primera Samarkanda, el Observatorio de Ulughbek, en el que este rey astrónomo observaba las constelaciones, y la emocionante necrópolis de Shah-i-Zindah, entre cuyos mausoleos es posible buscarse una discreta esquina desde la que espiar el ir y venir de los peregrinos llegados del Uzbekistán rural para que el mullah les dedique una sura.
Un "gato" en la Corte de Tamerlán y su pionero libro de viajes
El 21 de mayo del año 1403, el madrileño Rui González de Clavijo, a las órdenes del monarca Enrique III de Castilla, largaba amarras en el Puerto de Santa María rumbo a Samarkanda con el peregrino propósito de aliarse con Tamerlán en contra de los turcos que amenazaban a toda Europa. Aunque su embajada no dio unos grandes resultados, el mero hecho de haber vivido para contarlo ya resultó toda una proeza. De su peripecia quedó una descripción bastante exhaustiva de los fastos de la corte timurida en su "Embajada a Tamerlán", uno de los primeros libros de viajes en la España medieval.
Cuánto cuesta...
Comer: casi siempre menos de 3 €.
Una cerveza Baltika (rusa, mejor que la local): 1,50 €.
Un refresco: 30 céntimos.
Autobús: 2 € de Tashkent a Samarkanda.