Pompeya, un viaje en el tiempo al Imperio Romano

El yacimiento más fascinante de Europa quedó sepultado por las cenizas como en una cápsula del tiempo. Por eso hoy se mantiene inquietantemente bien conservado.

Noelia Ferreiro
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Se puede deambular por sus calles de gastados adoquines e imaginar el trasiego de la Antigüedad entre comerciantes y filósofos. O visitar el anfiteatro romano, el más antiguo del mundo (150 años más viejo incluso que el Coliseo) que llegó a acoger a unas 20.000 personas. O descubrir las Termas y sus frescos eróticos que dan cuenta de tiempos más permisivos, de un abierto sentido de la sexualidad que vino a desmitificar aquella vida ejemplar que se les suponía a los nobles pobladores del Imperio. 

Todo esto es posible en Pompeya, unas ruinas fantasmales que constituyen el yacimiento mejor conservado de Europa y una de las experiencias arqueológicas más apasionantes del mundo. Porque nada se parece a este conjunto que es un crudo recordatorio de las fuerzas voraces que subyacen en la tierra y, al mismo tiempo, el reflejo exacto de una ciudad romana al completo, donde es fácil adivinar como discurría la vida miles de años atrás.

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Pompeya es aquella ciudad que asistió a la ira del Vesubio en el siglo I de nuestra era. Este volcán, a cuyos pies se extiende hoy la ciudad de Nápoles, nunca fue tan devastador como aquella mañana de verano del año 79, cuando estalló en una erupción brutal que acabó con la vida de unos dos mil habitantes. Una tragedia de la que dejó constancia por escrito en mismísimo Plinio el Joven: “Volvieron las tinieblas y otra vez la ceniza, densa y espesa”.

Pero lo curioso, lo que da valor hoy a este recinto, es que la ciudad entera quedó sepultada bajo una capa de lapilli (fragmentos candentes de piedra pómez) que actuó como un sello hermético. De este modo, fue borrada del mapa durante miles de años, y sin embargo, se conservó perfecta bajo la ceniza.

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Tuvo que llegar el año 1594 para que el arquitecto Domenico Fontana se tropezara con las ruinas mientras cavaba un canal. Y tuvo que llegar el año 1748, con Carlos III de Borbón, para que dieran comienzo las verdaderas excavaciones, que ni siquiera hoy pueden darse por concluidas: de las 66 hectáreas de la ciudad original apenas se han descubierto 44 en este yacimiento al que la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad.

De orígenes desconocidos a ciencia cierta, sí se cree que Pompeya había sido fundada allá por el siglo VII a. de C. y que había caído en manos de los griegos y los samnitas antes de convertirse en colonia romana. Los mandamases del Imperio, creyendo que el volcán estaba apagado, erigieron allí un entramado que seguía el modelo de su famoso urbanismo pero que alcanzaba, además, altos niveles de refinamiento. Un trazado que giraba en torno a las dos calles principales perpendiculares, el cardo y el decumanus, en cuya confluencia se situaba el foro con los edificios más importantes.

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La visita a estas ruinas inagotables podría llevar un día entero, por lo que se recomienda estructurar el recorrido sobre el mapa. Porta Marina, Piazza Esedra y Piazza Anfiteatro son las tres entradas posibles. A partir de aquí, hay que perderse por las callejuelas donde han quedado impresas hasta las huellas de las ruedas de los carros. También hay que colarse en las casas, donde puede apreciarse el sorprendente lujo de la época: los muros y los suelos ricamente decorados; los patios y los jardines plagados de esculturas. También hay que recorrer los templos y lo que parecían ser restaurantes, y el teatro y el anfiteatro, y las termas… y hasta aquello que podría considerarse un preludio del barrio rojo: el lupanar, pintado con motivos eróticos que también aparecen en los murales y mosaicos encontrados en algunas domus (casas particulares de familias pudientes) como la del Fauno, la del Centenario o la de Cecilio Giocondo.

Claro que luego queda lo más tristemente morboso: los moldes de yeso de trece personas en el momento de debatirse con la muerte. Ojo que no son cuerpos ni momias como se ha dicho algunas veces. Son moldes realizados rellenando el hueco que la descomposición de la carne dejó en el estrato de ceniza. Están en el Jardín de los Fugitivos y son realmente espeluznantes: hombres, mujeres y niños encogidos por el miedo, asistiendo impasibles a la catástrofe o agonizando en contorsiones terribles.