Piran… ¿una Venecia en Eslovenia?

Sus casitas de colores sobre el mar y su pintoresco casco histórico, uno de los mejor conservados del Adriático, convierten a este rincón de la costa eslovena en un reflejo de la ciudad de los canales.

Noelia Ferreiro
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Foto: kasto80 / iStock

Tiene ese romanticismo decadente que destila la ciudad italiana, tan melancólica y alegre al mismo tiempo. Fachadas mordidas por el salitre, callejuelas retorcidas y esa atmósfera atrapada en el tiempo a la luz de los faroles nocturnos. Piran es la pequeña Venecia de Eslovenia, la ciudad predilecta de este país del corazón de Europa con apenas 47 kilómetros de costa.

Asentada al borde de un promontorio, su nombre, cuentan viejos documentos, proviene del vocablo griego pyr (fuego), en alusión a las hogueras que se encendían en tiempo inmemorial para guiar a los barcos. Hoy esta joya de la arquitectura gótica es una de las ciudades históricas mejor conservadas del Adriático y la más monumental de este litoral esloveno que ocupa solo un 7% de la península de Istria (perteneciente en su totalidad a Croacia, salvo una diminuta porción italiana).

Casa Veneciana de Piran. | fotofritz16 / iStock

¿Pero de dónde le viene a esta ciudad semejante inspiración veneciana? Pues a nada menos que a 500 años de dominio desde el siglo XIII, cuando Piran fue el principal proveedor de sal, un elemento crucial en su desarrollo. Fue el periodo de mayor esplendor, en el que se levantaron los edificios más sobresalientes y esa fortificación medieval cuyos restos están hoy protegidos como monumento cultural-histórico.

Su casco viejo, con esas casas pegadas que descienden desde la colina hasta el mar, es una auténtica delicia. Y su plaza, ovalada y pavimentada en mármol, una de las más bonitas del Mediterráneo. Aquí nació Giuseppe Tartini, compositor y violinista barroco que da nombre a este espacio neurálgico que antaño ocupaba el puerto –desde las viviendas se accedía directamente a las barcas- hasta ser rellenado en 1864. Hoy el recuerdo de este músico, la más célebre figura de la ciudad, se exhibe en una escultura y en su propia casa natal que es, además, una popular sala de conciertos.

Plaza Tartini. | 00Mate00 / iStock

En la plaza, flanqueada de terrazas soleadas donde degustar un pescado fresquísimo, está la iglesia de San Pedro, los tribunales y el edificio porticado del ayuntamiento. También está la Casa Veneciana, del siglo XV, una de las más llamativas por su tono rojizo, sus ventanas de tracería y su balcón. En su fachada, una inscripción en latín alude a una anécdota curiosa: la de aquel mercader veneciano enamorado de una muchacha, que se convirtió por ello en foco de las habladurías. Lassa pur dir (Déjales que hablen) fue su respuesta al pueblo.

Pero en Piran no hay actividad más placentera que la de dejarse llevar sin rumbo por la propia intuición y perderse por sus callejas antiguas. Así se dará con la Catedral de San Jorge, de estilo renacentista y barroco, con su campanario independiente que sigue el modelo de San Marco. O con el Museo Marítimo, que recrea el peso que la navegación ha tenido sobre este rincón. O con la Plaza Vieja, con su laberinto circundante de pasajes abovedados y patios con arcadas. O con el puerto deportivo, con las típicas casas sobre el agua, donde está el Café Teater, que es el local para ver y ser visto.

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Y aunque en los alrededores existen curiosas excursiones como las Salinas de Secovlje (que, además de su innegable interés, es un agradable Parque Natural), o Portoroz (la más turística de las ciudades costeras, a la que se puede llegar bordeando el mar en un camino de tres kilómetros); no hay nada como acercarse a la llamada Punta. Allí donde yace la parte más antigua de la ciudad, los restos de una fortaleza ejercen de mirador perfecto: la ciudad abigarrada con sus tejados cobrizos y, al fondo, el perfil de Croacia e Italia. Cuentan que, en fin de año, incluso se ven los fuegos artificiales que se lanzan desde Venecia.